Crónicas tras las rejas (X): confesiones de un ingeniero, perfeccionista y asesino

..Recogíamos frutas podridas en la mayorista porque los 10 pesos que mandaba mi papá no alcanzaban para las necesidades económicas. Me acuerdo que mi mamá lloraba mucho por las noches. Por eso, los hermanos mayores salieron de la casa a buscar algo de plata. Una hermana mía entró a trabajar en la casa de una profesora, la mamá de Pablo Escobar”…

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Por: Wilmar Vera Zapata

Ilustraciones: Chucho

“He matado de todo, hombres, mujeres, menores. Incluso policías en la época de Pablo Escobar, cuando los pagaban a 2 millones cada uno. ¿Sabe qué sentía al matar? Placer. Placer como cuando uno se tira por un tobogán. Se siente rico… ¿Por qué me mira así?”.

Confieso que mi profesionalismo como entrevistador me traicionó, no tanto por lo que me decía, sino por lo que recordé: en mi último empleo, en la Corporación Universitaria Lasallista, una alumna a punto de graduarse me contó que su padre era policía y fue asesinado a finales de los 80, en esa espiral de sangre que padeció Medellín y aún su sombra se perfila en mi ciudad.

-¿Por qué me mira así?

-No, por nada. Me acordé de algo que me dijo una alumna…

Quien habla es Francisco, de 49 años, nacido en Andes, Antioquia, hijo de padres antioqueños y cuyabros, antepenúltimo de 11 hijos, ladrón en su niñez, sicario desde los 10 años, autor de masacres, miembro de una oficina antes de la mayoría de edad, cumplió y sacó la cédula en la cárcel, fue exorcizado más de 40 veces, pasó por siete centros penitenciarios diferentes, terminó bachillerato y una ingeniería tras las rejas, viajó por América y Europa, fue detenido por inasistencia alimentaria por una suegra que lo odia y hoy estará libre reconstruyendo su vida, el resto de la vida que le queda sin infringir la ley. Al menos eso es lo que espera realizar, una vida normal con su familia, lejos de una época que prefiere dejar olvidada como un ángulo oscuro en su existencia.

 

Charles Bronson criollo

“Mi papá fue un papá ausente, porque él se iba a recoger café y por eso nos fuimos a Medellín. Con mi mamá y mis hermanos invadimos un sector en el barrio Santo Domingo, en los años 70. “Recogíamos frutas podridas en la mayorista porque los 10 pesos que mandaba mi papá no alcanzaban para las necesidades económicas. Me acuerdo que mi mamá lloraba mucho por las noches. Por eso, los hermanos mayores salieron de la casa a buscar algo de plata. Una hermana mía entró a trabajar en la casa de una profesora, la mamá de Pablo Escobar”.

Francisco habla suavemente y a un volumen moderado, no tanto por vergüenza de sus acciones pasadas, sino porque muchos no le creen, piensa que son mentiras. Hay momentos en que me mira sin mirarme, se concentra en un punto fijo al frente de sus ojos cafés claros, situado entre sus recuerdos y el presente.

“Veía televisión en la casa de un vecinito y comencé a personificar lo que veía. Me encantaba Charles Bronson, soñaba con tener mi “tuerto”, un Smith and Wesson, ¾ o un Colt caballo. Los celadores del barrio me prestaban sus armas y empecé a necesitarlas. Me enamoré del olor a pólvora.

Su alma de justiciero infantil salió a relucir, a los 9 años, en la escuela de Los Pomos, al nororiente de Medellín. “Iban a pegarle a un niño de 8 años, Joaquín, y les di con un palo con una puntilla. Desde entonces me conocieron como Pacho Garrote. Es que nunca me ha gustado la injusticia; por eso me gustan las armas: igualan y superan las fuerzas. Como Charles Bronson”.

 

Sicario Infantil

La oportunidad de saborear la venganza le vino a los 10 años, cuando con un revólver en mal estado, producto de una serie de robos en el centro de Medellín, hizo “justicia” con quien mató a Joaquín, su amigo de la infancia.

“Un tombo tenía en la terraza unas seis mesas de billar y las mantenía llenas de pelaitos de 7 a 12 años. Le decíamos “La Oficina” y él nos daba “Mango biche” o “Punto rojo”, aunque yo ya había fumado marihuana.

Una vez subí sin avisar y vi que lo estaba besando y me vieron, borrachos, y me dijeron que estaba todo bien, que como era el cumpleaños de Juaco le había regalado unos tenis chapulines, no dije nada y me fui. Cuando regresé a buscarlo vi que el tombo lo llevaba alzado como un bulto, con un reguero de sangre y me mordía la mano para no gritar de rabia. El tombo volvió y lo mató”.

Angustiado, el asesino clausura por unos meses el billar para acamparse mientras pasa la tormenta; sin embargo, Pacho no se quitaba la imagen de su compinche de juegos y fechorías inerte, enterrado en un solar como un perro. La experiencia con las armas y su amoldada mentalidad infantil con series de matones buenos que hacen justicia por su cuenta, unido a una meticulosidad fría y calculadora para planear, lo empujan hacia un camino que transitaría y configuraría su existencia. El primer muerto impacta; luego del segundo, envicia.Traslasrejas01

“Lo planee bien, cuando reabrió el billar llegué y le dije que quería hablar. “Venga a las 7:00 pm, que hay mucha ropa extendida”. Llegué a la hora convenida y empezó a tocarme y manosearme…

-Pórtese bien conmigo y le va bien, le doy lo que quiera.

-¿Y dónde está Joaquín? ¿Ustedes es que eran pareja o qué?

-Solo pasábamos bueno. Esa era la naturaleza del chino.

-¿Y yo qué?, ¿voy a ser uno más?

-No, usted va a ser el oficial…

“Quedamos de estar el sábado. Llegué y le pedí media de guaro para tranquilizarme. Guardé el “guayo” al frente, en un cafetal. El guaro me entró en reversa y le dije que iba a orinar afuera, me armé y subí”…

-Le doy lo que quiere si me dice qué pasó con Joaquín.

-Ese chino vino, me robó y se perdió.

-¡Mentiroso! ¡Usted lo violó! ¡Usted lo mató!

“Saqué el guayo y le disparé, primero en el pecho, luego en la cabeza. Lloraba. Sentía rabia. Sentía placer. Quedé bañado en su sangre”.

De nuevo su mirada viaja a ese remoto pasado, en su mente se proyecta su primer muerto que fue la venganza  por la pérdida de su primer amigo.  Ya había superado las barreras de respeto a la vida, ahora empezaba a creerse “ángel vengador”.

“Empecé a odiar a los tombos. Por eso los mataba y hasta gratis”

 

Asesino profesional

El tobogán que recuerda al evocar sus actos más parecía un túnel, largo, oscuro y abrumador, que lo transformó –según él– en una persona sin sentimientos, ansiosa por juzgar, condenar y ejecutar su particular modelo de justicia. Eran los años 80, la ciudad y el país vivieron uno de los más sangrientos capítulos de su historia, que contemplamos hoy con la sensación de ser sobrevivientes de una borrasca que arrasó con una inocencia para siempre perdida. Su relato de muertos, carros bomba, masacres, me parecían imágenes de una pesadilla que difícilmente se olvida y que hermana a una generación urbana que saboreó la sangre y se emborrachó con la pólvora. Como sobreviviente conocí a muchas víctimas, pero no había conversado con un victimario.

“Gracias a mi hermana conocí al Doctor, en Nápoles. Él era una mente brillante, me cautivó su don de mando, su forma de hablar, su voz. Son cosas imborrables. La gente no sabe, pero en Doradal, en el grupo que entrenó Klein, habíamos un ejército de niños, unos 400. El israelí era también imponente, hablaba a través de un intérprete. No tengo palabras precisas para describirlo a él y su forma de actuar. Intimidaba. La forma de matar era espectacular por lo preciso, disciplinado, puntual. Una mezcla de orden y eficacia militar con maldad, sin sentimientos. Una verdadera máquina letal”

Por su habilidad, con Tijeras (13 años), La Bruja (12 años), Piraña (10 años) y El Pulpo (12 años) conformó un pequeño comando que no ahorraba energías ni imaginación para saldar con plomo las rencillas y problemas del cartel de Medellín. Pacho Garrote murió con sus  primeras víctimas para dar paso a un apodo que reflejaba mejor su “profesión”: Ángel Negro.

A los 14 años, con alias El Diablo, deciden aspirar a volverse inmunes a las balas enemigas por medio del satanismo. Realiza un sacrificio infantil porque al demonio le gusta el sacrificio de inocentes.

“A uno le dan 100 demonios de poder. Uno sabe que están ahí porque se siente un frío como nitrógeno y un hedor que los rodea. Y cuando uno incumple, se le aparecen seres horribles, pequeños, como gárgolas, gritándome: “cochino humano ¿se te olvidó el compromiso?”. Y no dejan dormir. Cuando eso ocurría tenía que salir a matar 5 personas que era la cuota de sacrificio para Satanás”

A los 17 años cometió una masacre de ajuste de cuentas al narcotráfico, en Itagüí; la primera de muchas que atemorizaron a la población y demostró la degradación de un conflicto sin principio ni final. A esa edad fue detenido y condenado a 42 años de prisión. Un compinche de él se declaró inocente y la pena no le rebajó de 62 años. Ante el desespero se suicidó. Purgó 15 años físicos.

“Ocho hermanos míos fueron muertos por la guerrilla, los militares, los paramilitares. Mi mamá casi se muere, pero falleció en 2010, de 93 años. Solo quedamos cuatro hermanos, los menores”.

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Nueva vida

Francisco es un preso ejemplar. Ha trabajado en el “rancho” (cocina de la cárcel), preparando alimentos, y en talleres. Logró capitalizar a lo largo de su vida y está felizmente casado, con una hija rolliza y blanca lechosa como él. Juega ajedrez moviendo mentalmente las fichas antes de desplazarlas. Tiene tanta información de la época nefasta del “Doctor” que quisiera escribir un libro para decir muchas verdades de corrupción aún no destapada. Aún palpita en  él su espíritu de justiciero, así sea su versión retorcida y amañada, de arrojar gasolina para apagar una vela.

-He ido al psicólogo y me dicen que tengo doble personalidad. A veces siento ganas de sentir ese placer, otra vez.

-Una vez tuve una alumna cuyo papá fue policía asesinado por órdenes de Escobar… ¿Si la tuviera al frente usted qué le diría?

Estamos caminando por el patio, lo que llamamos “patinar”. Mira el piso, reflexiona.

-Tenaz… porque no importa lo que uno diga, no lo puedo resucitar. Pero es la ley del mal: el que dispara tiene derecho a que le disparen.

Por eso tiene expectativa y curiosidad de lo que encontrará en la calle. Aunque ya no es el mismo, sabe que su pasado lo sigue como una larga, larga sombra, de la que no puede huir.