Desde antes de llegar a la realización del estudio por internet había aprendido la lección clave y contradictoria del presente: que somos muy ciegos, tercos o flojos para tomar los saberes universales que están en la web y de los que nos separan unos clics.
Por: Andrés Agudelo
El domingo que me gradué de bachiller se estrenaba en todo el mundo, seis horas después del inicio de la ceremonia, el noveno episodio de la sexta temporada de Game of Thrones. Desde que salí para Bogotá el viernes por la tarde no pude sino pensar en eso.
Detenido en el tráfico durante una hora de camino al evento; poniéndome toga y birrete prestados mientras me movía por un salón oscuro bajo las órdenes de un equipo de fotógrafos; sonriendo rodeado de los extraños que supuestamente eran mis compañeros de promoción para la foto grupal; saludando a unas directivas que jamás había visto mientras me entregaban el diploma, no pude evitar ver el reloj, contar las horas y desear que no hubiera congestión en la carretera de camino a la ciudad donde vivo para poder estar a tiempo en casa y ver la batalla de los bastardos.
Mientras todos los graduandos oíamos desde el costado izquierdo del atril al rector de la institución citar a Albert Einstein, y sonreíamos de vez en cuando a los celulares y tabletas de nuestros familiares que nos tomaban fotos, me sentí culpable.
Miré a mis padres a los ojos, busqué en los rostros de mis compañeros algún vestigio de solemnidad o emoción que me pudieran contagiar, pero fue inútil; seguía viendo al reloj, contando las horas y añorando calles vacías para llegar a ver televisión.
No me importaba el evento porque sabía que en otras circunstancias, yo no merecería estar ahí; estaba finalizando mi bachillerato sin cansancio, satisfacción ni aprendizaje, después de haber hecho trampa para aprobar y de haberme mostrado a mí mismo varias veces, que al menos en mi caso, los beneficios de estudiar en casa eran, todos, una mentira. Dependiendo de qué tan grande se tenga la conciencia, lo anterior puede ser una ventaja o desventaja de estudiar por internet.
…
Empecé a estudiar online a partir de noveno, cuarto año de bachillerato en Colombia. Cuando enumero los grados que cursé a través del computador, noveno, décimo y once, trato de remendar en vano las cuentas inexactas de mis años de colegio. Después de sexto, o primer año de bachillerato, me cambié de ciudad. Pasaron cuatro colegios, tres años, una promesa olvidada de un internado y un tiquete nunca comprado de vuelta a la ciudad de donde venía para que terminara séptimo.
Lo siguiente que recuerdo es un positivismo incrédulo durante los primeros días de octavo, una gran mancha de desazón y aburrimiento el resto del año y una calidez reconfortante mientras me alejaba del edificio el último día de clases, producto de una determinación subconsciente de no volver a pisar una escuela en mi vida.
Para el siguiente año aún no podía sacarme de la cabeza la cara y las palabras de satisfacción de mis padres el último día de octavo, esperanzados en que las cosas serían normales a partir de ahí y dopados en orgullo por algunas adulaciones de cajón de la rectora.
Como siempre, las vacaciones exacerbaron mi procastinación y preferí creer que existía aquel colegio utópico donde me sintiera a gusto para lidiar con el entusiasmo de mis padres y cargar, por lo menos en ese momento, con la culpa de desbaratar el futuro que empezaban a imaginar para mí.
Recordé e inventé todo lo malo de todos mis anteriores colegios, y como si lo quisiera imposible de encontrar, dibujé para el nuevo un esquema de opuestos a cada pieza, mínima o grande, que componía la experiencia completa de la vida escolar. Empezamos a buscar y alcancé a sentirme optimista, tal vez este colegio ideal sí existía, y a medida que fantaseaba con él, la culpa se empezó a diluir llevándose consigo la decisión de no volver a pisar un aula escolar.
Ahora, como una revelación, me doy cuenta que no fue demasiado tarde para cuando llegamos al colegio X, sino que lo fue para el momento en que terminé séptimo. Entonces, a pesar de ser el tercer intento y de haberlo logrado a tropezones, mis padres habían empezado a sentir el alivio de que esa “etapa” podría estar próxima a terminar. Concluir octavo solo empeoró las cosas, y que para el instante en que parqueamos el carro y caminamos a la oficina del rector buscando un cupo para grado noveno, cualquier posible sacrificio, culpa, vergüenza, compasión o temeridad que me hubiera podido empujar a través de otro año lectivo, noveno, me había abandonado. Ya la determinación de dejar en colegio había emergido desde fondo de mi mente a mis planes más próximos, y nada me iba a detener. Es por eso que de todas las escuelas que visité, me quedé con la última, la peor. Sin importar cual fuese, la iba a abandonar.
Así fue, no volví después de unas semanas de clase. Si antes de empezar ya estaba más que dispuesto a irme, encontrar en mis nuevos profesores, compañeros, salones y libros remanentes de mi tiempo de estudio anterior a los diez años, me apuró a escapar antes que todas las cosas de la que estaba poblada para mí la vida de bachiller mancharan los recuerdos idílicos e infantiles que me quedaban del colegio; como quien busca en caricaturas viejas su niñez y se da cuenta que envejeció.
Me fui, y sentí paz. Ya no quedaban falsas ilusiones que destruir, ya no quedaba paciencia para rebosar; cualquier decisión que tomara a continuación era mía y como pocas veces en la vida, no había nada que empeorar ni había culpas o decepciones adelante. Tenía la libertad de hacer las cosas bien y así lo hice. Decidí estudiar por internet.
…
Estudiar online no fue una decisión meditada. Cuando llegó a mí, llegó con la ironía de estar repleta de adolescencia. Entonces, a mi vida, como a la de muchos otros de mi edad, el internet se había escabullido hasta un punto sin retorno que comenzó tal vez cuando creé mi primer Facebook, a los once años, y que no iba sino a expandirse.
Repleto de excusas y conclusiones amañadas podía pasar las horas frente a la pantalla, suficientes para sentirme mal en sacar la cuenta. Con el mundo entero frente a mí, mis propios mundos se erigían sobre rock, literatura, skating, instrumentos musicales, series, sagas de películas, comics o cualquier cosa que me hiciera alejarme lo más posible de mi propia vida para alcanzarla.
Inexperto sobre relaciones humanas, engañé sin saberlo a la inexperiencia de otros, a quienes convertí en pilares de cada uno de mis mundos, siendo yo, sin saberlo e implícito en el hecho de que me seguían la corriente, un pilar de los suyos.
Todo estaba, ¿o está?, en el internet: amistad, cultura, viajes, entretenimiento. Ahora me pregunto qué me impidió por tanto tiempo llegar a la conclusión natural de estudiar el bachillerato también por internet, y solo se me ocurre para aquellos que aún ignoran o se resisten a tal llamado de nuestra nueva naturaleza, unos mundos más grandes, de mayor fantasía y con pilares más fuertes; una vida real en la internet, de la que solo despiertan cuando van a una escuela de verdad verdad.
Desde antes de llegar a la realización del estudio por internet había aprendido la lección clave y contradictoria del presente: que somos muy ciegos, tercos o flojos para tomar los saberes universales que están en la web y de los que nos separan unos clics. Ciego, terco y flojo fui para seguir adelante, aun viéndola materializarse en mi desubicación frente a la pantalla los minutos antes de descubrir el estudio online.
Esperé paciente, con mi mente inmóvil y mis dedos y ojos perdidos sin interés entre perfiles desconocidos hasta que algo dentro de mí decidió, como ese algo dentro de los inventores de las primeras herramientas, que era momento de evolucionar. Escribí en el buscador bachillerato por internet y omití los resultados más obvios buscando algo que me guiara.
A mitad de página había un artículo del periódico El Espectador titulado Bachillerato a 45.000 pesos. Entré y busqué en el texto las palabras de color rojo, subrayadas, grandes o aisladas que contuvieran un enlace. Las encontré y el enlace se abrió en una nueva pestaña al tiempo que me devolvía al artículo, firmado con fecha del 2011, a leer con interés forzado lo que estaba allí escrito en un ritual primíparo y autoimpuesto de iniciación, pues este iba a ser mi primer año en este nuevo colegio y como acostumbraba a hacer con todos los anteriores que alcancé a disfrutar, me esforzaba por conocerlo lo mejor posible antes de comenzar.
La historia del colegio es la historia de un padre preocupado por un hijo problema. La sucesión de colegios que va recorriendo su hijo a medida que deja tras sí un halo de desadaptación y mal comportamiento lleva a su padre a tomar medidas que lo desvíen del fracaso que teme para él. El padre, un profesor de universidad, empieza a investigar hasta que en el 2007 crea el primer colegio online de Colombia.
Entonces, como ahora, me hizo sentir culpable que al mirar atrás, de cara a un nuevo comienzo, todo mi arrepentimiento estuviera en lo tarde que había empezado a estudiar online y no en los años que había perdido el dinero y la tranquilidad que les había quitado a mis padres.
Además de eso, leer sobre el colegio me hizo sentir bien. El día del grado, en lo poco que hablé con mis compañeros y lo que pude dilucidar con observarlos, quedé más que seguro que ellos, al igual que yo, después de leer el artículo o con solo saber que podían ser bachilleres desde casa, se habían identificado con la filosofía de este colegio de una forma que ningún otro colegio podría nunca inculcarle a sus alumnos. Una filosofía maleable, tolerante, justa, anónima, do it yourself; hecha especialmente a tu medida, para no chocar contigo, así seas un desadaptado, un vago, seas viejo, tengas que trabajar, vivas en el campo o sufras de alguna limitación física. Nunca, bajo ningunas otras togas, se vio jamás otro grupo de graduandos que hubiera llegado a la culminación de sus estudios a través de un camino más rápido, fácil y eficiente.
(continúa mañana)



