Durante un tiempo, Gustavo empezó a utilizar manillas porque una novia, en plena locura de días, le regaló una. Poco a poco, como un acumulador, comenzó a amarrarse manillas en la muñeca izquierda.

El hombre que no usa móvil

De espíritu verde, es decir, campesino, Gustavo en un día cualquiera se acuesta a las ocho de la noche: no ve televisión, porque la pasividad lo duerme. A veces, pareciera, es el deseo de huir de las falsas distracciones, por eso mismo nunca ha tenido teléfono celular.

Apalabra el mundo de una manera particular: cuando toma la palabra tiene la facilidad de nombrar las acciones, una a una, de manera precisa.

Por: Andrés Felipe Yaya

@andresyaya

 

Años atrás, cuando terminaba el bachillerato, escudriñando en los estantes de la biblioteca de La Virginia tomé, llevado por un extraño impulso, el libro Rituales, cuyo autor en ese momento era para mí desconocido.  Abrí, pues, por azar el libro y apareció el poema Epitafio a Cioran. El poema, entonces, me reafirmó las lecturas hedonistas del filósofo rumano. Pensé, por un momento, que a través de esa cadencia de versos silenciosos, encontraba la pieza para comprender, como criterio para formar mi interpretación, ciertos silogismos. Cerré el libro mientras en la portada aparecía el nombre de Gustavo Colorado. Este encuentro furtivo, quizás, me llevó más adelante a leer sus crónicas y ahora, entonces, a conversar.

Gustavo, nombrado entre sus amigos como “Tavo”, viste con la simplicidad de una llovizna que cae a destiempo. Sus ropas, desde la distancia, reflejan a un hombre descomplicado con el mundo, un hombre que, desde sus espacios, goza la vida repartiendo el tiempo entre sus obsesiones, sin ataduras ni estereotipos. Camina, a veces, apurado, como llevando una realidad que día a día nace y su misión, entonces, es atraparla como el niño que caza las luciérnagas entre los matorrales. Toma cada detalle de la realidad: apunta, observa, escucha, cada minucia es el punto de inicio para inventar otra vez el asombro por lo simple. De tiempo en tiempo observa detenidamente, dotado de una capacidad para encontrar el detalle en los escollos de las cosas. Sosegado, entonces, camina por las calles cuando apenas el sueño, casi rudimentario, toca los párpados de los mendigos: madruga como madrugan los campesinos, para impartir en la tierra el sueño que trae las noches, sin luces ni ruidos. Él, en el fondo, es un campesino: tiene la tradición del campo en las manos, garrapateada en el espíritu. Lleva, desde luego, la añoranza por la tierrita. Vive cerca al campo, a la sombra de las ceibas quizás, más allá de la ciudad y cerca de la música que arrastra las quebradas, bajo un cielo claro que, a todas horas, restaura los jardines, mientras deja un olor a lavanda por los corredores.

Apalabra el mundo de una manera particular: cuando toma la palabra tiene la facilidad de nombrar las acciones, una a una, de manera precisa. En un principio toca fondo, viaja, pero vuelve al punto de partida, sin dejar cabo suelto. Deja entrever, por momentos, su fascinación por la palabra. Cada gesto, efectivamente, preside el equilibrio entre la voz, las manos y la palabra. Tiene la capacidad, con el lenguaje, de desordenar las cosas y al mismo tiempo de llevarlas a su sitio, bajo actos tan simples como hablar desde el corazón. Recoge, una a una, cada letra, y escribe en el viento, como quien perfuma las calles desde un balcón.

En el colegio, un profesor típico, Alfonso Mahmud, fue el culpable de llevarlo, por esos días, a la palabra escrita.

Proveniente de familia antioqueña: sus abuelos maternos, venidos de Antioquia, colonizaron parte del departamento de Risaralda. Pasaron por Quinchía, Belén de Umbría, Apía y llegaron hasta Montenegro, Quindío. Algunos afirman que es de Sonsón, otros de Sabaneta; a él, en consecuencia, no le importan los regionalismos y cree que uno es de donde hace la vida, en este caso, su vida se construye en Pereira. Pero, a pesar de su trasegar, conserva toda una tradición antioqueña que desata en cada conversación, en su enorme generosidad cuyo eco deja perplejo al mundo. Sonríe con una sencillez plena, con un corazón donde crecen, a cada momento, las hortensias que roban los azules al alba.

A los 10 años, advirtiendo una curiosidad, su primo Pacho puso en sus manos el primer disco de rock. Ese gesto, desde luego, afinó sus oídos para sentir la rítmica de las guitarras, cuyas cuerdas tiemblan, momento a momento, en un solo que llega a los oídos reconcentrado y adentro explota, dejando una extensa polvareda de estrellas. Testigo, sin alarde, de los arpegios de Jimmy Page con una guitarra que, pulsada con destreza, deja en el aire un sonido fosforescente. Siguió con la cabeza un par de redoblantes, casi en medio del alboroto, hasta sentir la descarga, la perplejidad y el delirio. En algunas noches, quizás, duerme bajo los compases de Lep-Zepelin, pulverizando los sueños, sin tropiezos, mientras la realidad queda pasmada, vuelta seda.  Peludo, en efecto, asistía a los conciertos de rock en el Coliseo Menor, donde el pogo era su baile —porque no baila— y sacudir la cabeza de forma que el mundo se hacía pedazos en cada compás. Recuerda, como buen rockero, un concierto de La Pestilencia en Pereira, donde sacudió la cabeza, trastabillando por una música cuyos ecos en desorden, a raudales impetuosos, crujían en el aire dejando ceniza.   

En el colegio, un profesor típico, Alfonso Mahmud, fue el culpable de llevarlo, por esos días, a la palabra escrita. Cierto día dejó en las manos de Gustavo una edición de la Cándida Eréndira. Y le dijo: “vea, lea estos cuentos”. Acción que, efectivamente, realizó de principio a fin. Días después Alfonso lo llamó y sentados en una de las escalinatas del colegio, Gustavo le contó sus impresiones. Desde esa vez quedó fulminado. Allí, recuerda, comenzó a gestarse su fascinación por la palabra escrita: acción que luego se manifestaría en la escritura que, efectivamente, apareció tiempo después, cuando tenía 15 años, en el periódico del colegio. Su pensamiento comunista lo llevó a pasar por varios colegios: hacía parte de las revueltas en los años setenta, donde la represión estaba acentuada. Su primera publicación fue un plagio de un texto sobre rock que encontró en una revista. Lo plagió con título y todo: “Del rock al disco, de la rebelión a la indiferencia”. La publicación fue un éxito, porque era un joven de 15 años escribiendo como un experimentado crítico musical de 40 años —afirma mientras sonríe, porque es la primera vez que lo confiesa—.

Durante un tiempo, Gustavo empezó a utilizar manillas porque una novia, en plena locura de días, le regaló una. Poco a poco, como un acumulador, comenzó a amarrarse manillas en la muñeca izquierda.

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Gustavo Colorado estudió Economía política en la Universidad Libre de Pereira, pero nunca ha ejercido su profesión: no le gustan las finanzas, ni las estadísticas, ni las cantidades. Su ámbito está en la creación, en el descubrimiento de procesos que sacudan las entrañas, como es la cultura. Así fue, entonces, como llegó a Comfamiliar Risaralda en la década de los años noventa. Allí laboraba María Victoria Ocampo, una socióloga que llegó de Medellín al área de Servicios y desarrollo a la comunidad. Él por esos días trabajaba en la logística del Primer Festival Iberoamericano de Teatro Infantil que luego desapareció. Cierto día María Victoria lo llamó y le dijo:

—¿Usted quiere trabajar aquí?

—¿Haciendo qué?, contestó Gustavo.

—A inventar cosas— respondió María Cristina.

Desde ese momento no ha parado de inventar cosas. Una de ellas fue el Área cultural de Comfamiliar Risaralda, donde el cine y diferentes procesos culturales, desde entonces, apoyan y difunden expresiones artísticas. En el camino, entre tantas acciones, conoció a Maurier Valencia Hernández, director administrativo que, según afirma, ha sido un profundo cómplice en todo el quehacer de Cultura y Bibliotecas.

Durante un tiempo, Gustavo empezó a utilizar manillas porque una novia, en plena locura de días, le regaló una. Poco a poco, como un acumulador, comenzó a amarrarse manillas en la muñeca izquierda. Durante 12 años, alternando formas y colores, su antebrazo tomó una blancura inusual, porque no se las quitaba. Un día, en compañía de Pablo Granada, fueron a la cárcel a visitar a su amigo Wilmar Vera. En la entrada, como un sol poniente, un guardia le dijo que no podía ingresar con las manillas. No encontró tijeras, entonces su compañero, con la ayuda de los dientes, lo despojó de ellas una a una, dejando ver una piel donde la luz por años nunca había entrado. 

Como acumulador de objetos, desde hace años recolecta piedras que, bien miradas, le parecen a veces tan humanas que guarda en su casa y en su oficina.

Cada piedra es, en el fondo, una historia cuyo lenguaje se extiende por el resto de sus días. Sus amigos cercanos, conocedores de sus aficiones, le llevan piedras de lugares cercanos, lejanos, piedras que sencillamente, por alguna razón, recogieron de un camino cualquiera. Encuentra en las piedras, ásperas y fuertes, un mundo remoto, una silueta ancestral que, en su ámbito, parecen fantasiosas, porque dejan el consuelo de un mundo borrado al derecho y al revés.

 

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De espíritu verde, es decir, campesino, Gustavo en un día cualquiera se acuesta a las ocho de la noche: no ve televisión, porque la pasividad lo duerme. A veces, pareciera, es el deseo de huir de las falsas distracciones, por eso mismo nunca ha tenido teléfono celular. Inicia, entonces, su día a las dos y media de la mañana, donde en primer lugar lee, escribe, corrige textos y revisa el correo electrónico, bajo el resplandor de un alba que ahí mismo despierta. A las cuatro de la mañana sale hacia el trabajo, poco a poco llega a unas calles donde la madrugada se deletrea y deja caer sus encajes cerca de él. Camina bajo una soledad casi sonámbula, seca, desdibujada de un presente, mientras con sus pasos despabila el sueño de los fantasmas. Madruga al trabajo para adelantar sus oficios, a veces bajo el ritmo de rock o llevado por los versos de Serrat. Toma aromática que, a su vez, nombra como el tequilita. Trabaja hasta pasada las seis de la mañana y marcha hacia la radio, otra de sus obsesiones. Allí analiza noticias, habla de cultura y narra la realidad a través de la voz. La emisora Ecos 1360 lo acogió como un regalo, porque en él, simplemente, está el hombre tragaldabas de cultura que apalabra el mundo con la humildad de quien siembra la tierra. Regresa, sigue con sus ocupaciones hasta pasadas las once: hora sagrada para el almuerzo. Al mediodía, cuando todo está en calma, escribe o se sienta en el corredor del Área Cultural a leer, entre el sueño y el orden silencioso de las cosas. Se marcha pasadas las cuatro, cuando la tarde se estampa en las paredes y su luz nos enceguece.

 

Durante los fines de semana, como de costumbre, semejante a aquellas caminatas de Beethoven por el campo, camina como forma de hacer su misa dominical. El verde, desde luego, lo alivia. Recorre largos trayectos desde temprano, antes que el sol, alegre y vivaz, estalle en el camino. Camina solo, porque allí está parte de su vida, es decir, un bastón, una gorra y un camino son esa forma de su felicidad. En ocasiones camina acompañado por Rigo, un amigo de años, cuya amistad es profundamente humana, casi de hermanos. Ambos, desde la década de los noventas, encontraron en el otro la habitación donde dejar parte del mundo que les pertenece, donde sembrar las heliconias cuyos colores nunca envejecen. Otra de sus amistades, desde la infancia, es Julio César González, “Matador”. Cuenta que su madre y la madre de “Matador” eran amigas y ambas, entonces, amantes de las plantas; salían los fines de semana a robar flores de los antejardines: una sostenía a la otra, mientras cometían el ilícito. Desde ahí la amistad de ambos comenzó a crecer. “Matador” vivía en el piso de abajo y subía al cuarto de Gustavo a leer revistas y a escuchar sus discos. El culpable, en efecto, de envenenar a “Matador” de rock es Gustavo. Crecieron, casi semejantes, pero creando formas de narrar el mundo distintas, pero que, en el fondo, se encuentran como los dos mares interminables que son.     

 

La enorme generosidad de Gustavo Colorado proviene, pues, de sus abuelos Martiniano y Ana María, los viejos que lo criaron. Él, dice, era la ñaña de Ana María: dormía, incluso, en el rincón. Creció en un ambiente donde la ética era acentuada en cada momento. Viejos que, desde su escasez, cubrían las necesidades ajenas sin ningún miramiento. Ana María, como presentimiento de vieja, le dijo a Gustavo que antes de morir quería un whisky. Acción que, efectivamente, Gustavo, contra toda regla religiosa cumplió, porque era su palabra, porque era, por lo tanto, la vieja que le entregó las ruedas de la vida. No le importó, en ese momento el mundo, quería que la vieja descubriera los vientos con el corazón de siempre, con el tiempo suficiente para soñar. Gustavo lleva tan vivo, tan limpio, el recuerdo de su abuelo Martiniano cuando en la cantina, ebrios todos, detenía la música y tomaba un taburete, donde se ponía de pie y comenzaba, en ese instante, a narrar cuentos que, años después, descubrió que hacían parte de Las mil y una noche. Esa imagen vive en el hombre que escribe, semana a semana, en un blog, en el hombre cuyo gusto por los dulces, las crispetas y el tequila, se conserva mientras sonríe desde el corazón.