Aunque su aspecto parecía una “locura”, lo protegía de la seducción de la élite y le haría convertir los sucesos más triviales de la ciudad en aventuras literarias,. El hombre siempre es un narrador de historias; vive rodeado de leyendas.

Por: Diego Firmiano

Comienzos culturales

Corría el nuevo milenio y lo único que unía culturalmente a muchas personas en Pereira era las exposiciones de arte y pintura en ‘La Cuadra’, creada en el año 2000 por un grupo de artistas locales y algunas entidades Bueno, la verdad yo a la Cuadra iba solo a oler pintura fresca, y al cineclub Borges a tomar capuchino y a ver alguna que otra película europea, pero aun así me inmiscuía entre las actividades literarias, artísticas, plásticas, y musicales de muchas personas que antes eras incógnitas y que hoy tiene un referente en la ciudad.


Siendo un amateur en las artes, hubo un personaje que siempre me causó curiosidad, pues sus barbas parecían mostrar que no era cualquier tipo de persona, además, su participación y colaboración era frecuente en este tipo de actividades. Su aspecto sugería que había alguien tras esa cara de facciones medio árabes, medio paisas.

Tal persona era Alejandro Buitrago, un escritor pop de la ciudad de Pereira, que supo desde el inicio de que no era el propietario de su talento sino que su arte pertenecía a todas las personas. Una suerte de metamorfosis lo transformó en lo que hoy es, un escritor, pues al inicio, como en una expedición, naufragó por todos los componentes espirituales del hombre: la pintura, la música, la artesanía, la poesía, el grito, el periodismo, el teatro y los libros. Sufrió una especie de metanoia con las letras. No se sabe si viajando por los países andinos, explorando su interior con ayuda de la madre naturaleza o con la música experimental; una frase en su propia opinión parece explicarlo todo: “Siempre ha estado conmigo la literatura”.

Alejandro Buitrago Arias. Foto Cortesía

En la ciudad

Yo veía a Alejandro montando bicicleta por la ciudad con sus amigos, al estilo Jeffrey Goines, haciendo un “high surfing” por plena octava, armando trancones, soltando globos, lanzando piropos en medio de taxistas pitando, policías corriendo, mendigos pidiendo y yo observando. Frecuentaba el bar El Pavo para tomar cerveza, y quizás escribir notas sueltas sobre la poesía del “Cronch” o sobre su posterior ensayo: “Del Big Bang al Big Band” o “Literosofía” o pensando sobre los cronistas pereiranos, no sé, yo solo estaba en ese lugar con algunos amigos tomando Póker y canturreando las melodías del Caballero Gaucho, las horas pasaban y mi vaso aplastaba contra la mesa de mármol un charco de cerveza amarilla donde flotaba una burbuja.

Algunos por su aspecto lo confundían con un mendigo pero parece que era una moda en Pereira, porque al entonces encargado del área cultural de la Cámara de Comercio de la ciudad, Andrés Gómez, me lo encontraba en la plaza de Bolívar con los zapatos rotos, lanzándoles maíz a las palomas y tomando tinto de 200 pesos.

Aunque su aspecto parecía una “locura”, lo protegía de la seducción de la élite y le haría convertir los sucesos más triviales de la ciudad en aventuras literarias,. El hombre siempre es un narrador de historias; vive rodeado de leyendas, ve a través de ellas todo lo que sucede y trata de vivir su vida como si la contara. Pero había que escoger: o vivir su vida o contarla.

Alejando decidió contarla y por eso hoy, es un hijo de la ciudad. se le veía conversando con la gente de la calle 13, allí bajo ese puente encontraba cien historias muertas, pero una o dos historias vivas. Anotaba las palabras de las chicas del parque de La Libertad bajo la trama de las sensaciones; registraba las voces de los combos del parque del infierno, conversando entre un olor a tabaco y agua estancada. historias macabras

La Plaza de Bolívar

En estas cabalgatas fantásticas por la ciudad, quería alcanzar la realidad, construir su literosofía con hechos. con una mirada juvenil, de soslayo, furtiva y satisfecha, observaba la estatua de Simón Bolívar, Sabía el nombre de ese gigante de bronce, y bien por su desnudez deducía que ese cuerpo perteneció a su esposa, sus cuatro amantes y a sus cuarenta y dos novias conocidas, también al gran mundo. Miraba la antorcha en la mano derecha, la mano izquierda, empuñada tomando la rienda de su caballo. es en cierto modo como si cualquier pereirano estuviera allí, sobre ese zócalo modelado en bronce.

Se abstrae en su literosofía y se le vienen a la mente toda esas estatuas y monumentos desnudos que hay en la ciudad: “En busca de la luz” de Jaime Mejía Jaramillo, “la bailarina” de Santiago Cárdenas, “Colombia” de Carlos Nickolls, y en su meditación solo concluye que quizás esta ciudad era alegre hacia 1950, con sus arboles de mangos y sus calles de ladrillos rosa, nada de mendigos, ni bancas orinadas, ni palomas cagandole la cabeza a las esculturas.

Obtura su aguda visión y en este parque ahora solo ve viejitos pálidos y frágiles como una porcelana, quizás viejos escritores, jubilados o simplemente desempleados. Toman café con la misma solicitud de un barco a vapor que necesita carbón para funcionar. Donde ve gente, costumbres, roles, sentimientos, verdades, falsedades, ve una historia y por eso nacen artículos como: “La arepa”, “el payaso boxeador”, etc. Le daba vuelta a todas estas narraciones como a una piel de conejo.

Este narrador contaba con toda objetividad un hecho perturbador, dejaba una posibilidad al positivismo: por extraño que fuese, el suceso debía de tener una explicación racional. Alejandro buscaba esa explicación, la encontraba, nos la presentaba lealmente pero en seguida empleaba su arte para que nos diésemos cuenta de la insuficiencia y ligereza de tal explicación.

Poesofía y Literosofía

Su propuesta de literosofía es una invitación a la fusión entre la vida y el sentido, es una aniquilación frontal del consumismo y una bienvenida al “Do Yourself“ literario y existencial. Con su literosofía, contradice el solipsismo al cual se ha marginado el ser humano en Colombia, extrayendo prosa de la vida de las personas, descubriendo que la mejor inspiración no viene escribiendo sino escuchando las personas que respiran, sienten y tienen historias que pueden ser descubiertas.

Por eso entre sus primeros escritos poéticos está “Cronch el apocalipsis de la galleta” Un libro de tapa rustica, donde se dejaba entrever pequeños pinitos de Poesofía, algo que lo definiría muy bien en tiempos ulteriores. Para este primer trabajo era común verlo reblujar las arcas literarias de Jaime Ochoa, buscando libros de Walt Whiltman, Verlaine, Rimbaud, Thoreau, Terencio, Racine Píndaro, Vila, Borges y Benedetti. Pero finalmente, todo parece indicar que “Hojas de Hierba” de Walt Whitman fue el que le inspiró para crear el “Croch”. Los que no le conocen, piensan que su creatividad le llegó después de comerse una galleta costeña con arequipe, una Oreo con leche, o una Wafer con aguapanela.

La biblioteca no lo fue todo, decía que “El viajero caminante, es el verdadero comunicador de los pueblos”, pero antes de pronunciar esas palabras y emprender sus andanzas foráneas, fue un transeúnte citadino que exploraba las ciudades y mundos que había en las personas de Pereira. Alejandro era un viajero sin billete, un mochilero que intuyó que su metamorfosis literaria provendría del contacto con la música andina, con los sonidos de la quena, la antara, el charango, la zampoña o el siku. Viajar fue su literosofía más profunda porque este estilo narrativo es una forma de vida, más que una manera de pensar.

Justo entre sus últimos ensayos está el llamado: “Literosofía”, su trabajo final en la maestría de literatura. Es una fusión entre literatura tradicional y una especie de filosofía sartriana; este estilo ya se venía desarrollando con Jean Paul Sartre en Francia, específicamente en un gran ensayo literario sobre la vida del poeta, dramaturgo y pedófilo Jean Genet. En Colombia al menos fue como dejar caer una bomba en el patio trasero de una escuela.

¿Quién es ahora Alejandro Buitrago Arias? Ahora es un hombre hecho de todos los hombres, y que vale por todos y lo mismo que cualquiera de ellos.