Nos quedó la palabra

“No quiero ser como esos intelectuales que son los títeres y que se juntan con los políticos y dicen qué es cultura y qué no es cultura… Yo no quiero eso ni estar con esos hijueputas, porque yo quiero ser yo mismo y que me dejen ser”

Manizales

 

Por Alan González Salazar

El ansia intensifica la luz. Entre curvas la ciudad parece parpadear a lo lejos. Fueron mías sus calles, su pobreza, el frío, el Cerro Sancancio desdibujado en la ventana, entre brumas; cada mañana fue mío como ahora, despejado, saluda y se apropia de la luz. No dejo de mirar de soslayo el reloj plateado de imitación Quartz, y a su corazón de tres agujas llamar con otro nombre mi vida. Me cuelgo entonces de El Cable. La geografía de Manizales es lo más parecido a un pañuelo arrugado. De todas las terrazas me despido, de la fábrica abandonada, de las máquinas de coser que hicieron polvo los huesos -y aún parece quedar en el aire el sonido del pedal oxidado de la rueda que chilla como las ratas-. La tarde de dedos rosáceos que acarician las mejillas de los niños también se despide de este mundo girador.

Abajo la vida cotidiana transcurre sin la euforia de las ciudades vecinas. De la Terminal del Cable el turista se deja guiar por las palmas de cera que bordean la escuela; en vano busco una palabra para la luz y su escarcha en las hojas agudas que forman sus melenas, allá arriba, hirientes. Salgo, miro en contrasentido la carrera en dirección a Chipre. Otro cigarrillo. En los bolsillos una llamada perdida. Ahora la hora del reloj. Medio día pleno ¡Corona la luz el hambre, ansia de vida! Uno se vuelve adicto a las falsas sensaciones de la urgencia. “Los nervios pueden hacer que pierda el apetito y es tarde”, -pienso ya en el taxi-.

En el Teatro Escondite la atención es exagerada. Delegan a Memo el acompañarme al restaurante, para luego encaminar los pasos hacia la Institución Gerardo Arias, en Villamaría, donde espera Julio César Correa. El auditorio multiplica cabezas por ojos. Julio César Correa eleva así su voz: “Del estómago / de un pájaro / el cielo de agosto”; los estudiantes se miran entre ellos en silencio, y “un gesto de asombro / se abre / y entra entonces la luz / Se adivinan largas noches de desvelo / Esferas dibujadas largamente / Colores sabiamente matizados / Se sabe de la mano alargada”.  Pájaro Recién Pensado –y en vuelo- es el título de la selección personal publicada en la colección de poesía ‘Tulio Bayer’. “Pero bien se sabe”, dice ya al cierre, “que el tiempo es agua / y se disuelve / como las imágenes que terminan / tragándose el pájaro / o las plumas / que ahora son el árbol y la fruta”. Los ojos mínimos de Memo saltan y anuncian la partida; diligente, organiza, va y viene. Después de los saludos de rigor, un auto y a caminar.

Desde la Plaza de Toros ascendemos al Palacio de Bellas Artes. El sol en su caída deja ver, a contra luz, el imponente cerro Tatamá. Fruto rojo de la noche en las labios de los amantes, “te bebemos por la mañana y al mediodía, te bebemos al atardecer; pasean también los ancianos con sus mascotas, van entrelazados unos y otros, ardiendo sobre el gran balcón.

A medida que oscurece descendemos a Chipre Viejo. Las palabras, a saltos, son las primeras en recibirnos. El Teatro Escondite rebosa de gente ¡Cuántos corazones se encuentran en el abrazo! Viejos amigos, libros nuevos, comunidades indiferenciadas del país en boca de sus poetas. Ahora se hace silencio. Luis Fernando Macías, de un horno invisible, en caliente toma y le confiere voz a ‘El libro de las paradojas’. “I. El silencio y lo inefable. / Si la música sublime / de los astros / en sus órbitas / se expresa / en el silencio / y en el destello / de tus ojos / es un canto de alegría / es porque lo otro / lo inefable / solo en el silencio / es manifiesto”.

literaturma

Necesito un café, otra taza, el suspiro fresco del Ruiz: “La nube suspendida / en el aire”. Se oye adentro: “La llama leve / del cocuyo en vuelo / La ciudad / como un tapete de adobe / sobre el valle / El río aterido / que cruza la ciudad… / Todo es espejismo / el desierto interior / poblado de imágenes”. Sílabas del viento.

Me despido a la madrugada, aquella noche sin neblina, de mi compañero de albergue Julián Chica; y como siempre me invade el miedo de morir cuando me acuesto solo. Siembro en los cabellos del sueño una triste tempestad.

El gallo del tendero vecino rompe el silencio de la mañana, su ‘kakareo’ es un redoble de campanas de sol. El agua del nevado se hace entonces necesaria para que se cierren los poros y las venas y las pupilas. Camino en derredor, espanto palomas. Las cortinas blancas, la luz oblicua, el ondular de la mañana en el salón principal del teatro hacen de la entrevista con Martín Rodas, el ‘Segundo Quijano’, un diálogo confuso. La mirada extática de Carlos Villegas y sus palabras: “El humo lánguido sube en volutas y trepa por su rostro pétreo y nietzscheano para luego dibujar amplias espirales que chocan contra las paredes y el cielorraso. Sobre la mesa redonda, una taza de café vacía y una hoja de papel completan el bodegón que ocupa la atención del artista”. Martín Rodas, con singular certeza, “se convirtió en el contertulio de las personas que también dedicaban gran parte de sus días a recorrer la 23 de arriba abajo, de las cuales yo hacía parte. Su oficio era el de artista ambulante”.

Al medio día, en el almuerzo, es claro como sus ojos al decir: “Es que la inmundicia se pone corbata y habita los salones y los recintos de la hipocresía, porque si usted los ve, actúan como muñecos de cuerda y sus rostros son máscaras inexpresivas y tristes, pero también temibles porque pueden aniquilar, y en efecto aniquilan a quien se atreva a ser diferente… Es que la sociedad es cruel y el mundo tirano, y por eso yo no creo en el sistema y me resisto a estar en el sistema y prefiero mi lápiz a cargar un fusil, y peleé con mi papá y hasta peleo conmigo mismo porque a veces pienso que hubiera seguido la carrera que mi familia quería para mí, pero no, no es eso, yo quiero ser yo mismo… no quiero ser como esos intelectuales que son los títeres y que se juntan con los políticos y dicen qué es cultura y qué no es cultura… Yo no quiero eso ni estar con esos hijueputas, porque yo quiero ser yo mismo y que me dejen ser

Al otro lado de la mesa Fernando Linero nos defiende del vacío, invocando ese beso que aún nos dura, luego tartamudea, afina el dolor. Sus gestos me parecen meditados, de una levedad y de una agudeza que mueven a la ternura, “debe ser el mismo corazón, rotundo e inevitable”.

La mañana del jueves resulta extenuante, a lo largo de la semana las horas de descanso han sido contadas y aquí está Uriel Giraldo, a las 6:05 de la mañana, con el motor en marcha ¡Buenos días! nos decimos al unísono. Debemos atender medios y el poeta en todas las entrevistas responde lo mismo: “No se entiende que el arte y la cultura es el mejor capital que tiene una sociedad, que desarrolla la creatividad y lo que más fortalece el tejido social y el civismo. Puede mejorarse la infraestructura de una ciudad, pero si no se acompaña de educación y desarrollo cultural, esa infraestructura es objeto de vandalismo”.

Volvemos al apartamento. No he parado de bostezar y lloriquear. A pesar de la irritación nerviosa puedo dormir hasta bien entrado el medio día. Ya en horas de la tarde nos encaminamos al área cultural del Banco de la República, donde Jorge Eliécer Zapata deja sentir ‘Los pasos por la casa’, en su libro “delineaba sexos transformados en frutas / y corazones rotos con forma de mujer”.

La misma franqueza tiene Enrique Santos Molano, quien con tranquilidad atiende al público, un público curioso por saber los pormenores de la novela histórica y en especial de su última obra, presentada por el periodista Fernando Ramírez, ‘Mancha de la tierra’. Ahora recuerdo que para la cena había llegado tomado de la mano, del murmullo de alas de Lucia Estrada y confieso que sentí envidia de no ser historiador, ni periodista, nada.

Llega de nuevo la noche y con ella la sensación del tiempo que se me antoja irreal. Gozo del espejismo que, las luces vacilantes de las calles, le otorgan a la muchedumbre ambulante ese vagar anónimo y sin objeto, dejándose agujerear por la lluvia, donde la neblina toma cuerpo y zarandea las palmeras, –bocanada del cañón-. No se ve a tres pasos. Todo es abandono. ¡Hechizo de la noche, quién me viese como yo luctuoso y aterrado! La canción caía de los árboles. Diez, once y nada que aparece mi compañero de cuarto con las llaves. La niebla vuelve la noche blanca, el espacio se satura de un extraño polvo lunar que oculta hasta la luz. Manizales duerme, solo los perros y yo vagamos perdidos en este cerro escarpado.