Mauricio Vanegas es un cremador que desea ser recordado por lo que fue y porque hizo las cosas bien en vida.
Por: Luis A. Candela Gómez
Su nombre es Mauricio Vanegas, nacido un 12 de junio de 1971 en Medellín. Trabajó como productor de papel higiénico en Propapel S.A, por siete años, hasta finalmente desempeñarse como cremador de cuerpos en el Parque Cementerio La Ofrenda de Pereira, cargo que desempeña.
Mauricio es casado. A sus 39 años de edad tiene dos hijos de 14 y 15 años a quienes quiere y por quienes vela. Se describe como una persona correcta a quien le gusta hacer las cosas bien, y así lograr que los demás se lleven una buena imagen de él.
La labor
Cuando Propapel fue cerrada y liquidaron el personal estuvo seis meses a la deriva; pero desde hace siete años, día tras día, es el encargado de convertir en polvo a cada resto humano sin vida que llega a él. El cuerpo primero pasa por un túnel proveniente de la capilla donde se le ofrece la última ceremonia, él lo recibe y luego lo traslada al horno donde va a ser cremado a una temperatura inicial que oscila entre 80 y 100 grados centígrados, y que se puede elevar hasta 700 u 800. Cuando el cuerpo se consume entre llamas y quedan las cenizas, recoge lo que ha sobrado del resto y pasa a ser pulverizado en un cremoledor, para finalmente ser empacadas en una urna donde serán entregadas a sus familiares.
Para Mauricio no es complicado hacer esta labor, porque cree que todo es asunto de costumbre, ya que al manipular cuerpos sin vida la cuestión es entrar en confianza con ellos y no tenerles miedo. “Nunca he llegado a sentir temor, porque se debe tener mucho carisma para este oficio, porque no cualquier persona es capaz de hacerlo”. Luz Nidia Cortés, administradora del Parque Cementerio La Ofrenda, dice que es una labor de admirar, porque es algo que se tiene que llevar con mucha ética como con sentido humano, pero sobre todo mucho respeto por la persona fallecida.
Vanegas hace un año terminó el bachillerato en el colegio Inem Felipe Pérez de la ciudad de Pereira y su mayor sueño es seguir estudiando. Es un apasionado de la mecánica industrial y todo lo que tenga que ver con ella, también le gusta la electricidad y de hecho las practica, el problema es que como él dice se debe tener un “cartón” para poder trabajar en una empresa.
Asegura además que si pudiese seguir estudiando, lo que siempre le ha gustado, dejaría su labor como cremador, “porque en la vida lo que se busca es un bienestar y un buen salario, pero principalmente que lo satisfaga algo que realmente le hace feliz”, dice mientras contempla el florecido panorama del cementerio.
Él llega todos los días a las 8 am a trabajar, se coloca su uniforme azul oscuro, casi gris por el tizne de cenizas, y comienza a laborar en algo que para muchos es de admirar, llegando a extender su jornada hasta las 12 o 2 am, incluso hasta el amanecer, porque en este oficio no hay un tiempo establecido para la muerte. Su número de cremaciones ya es incalculable, porque en el parque se creman aproximadamente de 100 a 130 cuerpos mensuales, entonces tener en la mente una cifra sería imposible.
Vanegas dice que no siente el dolor ajeno al estar tan empapado en el tema, pero de pronto si siente nostalgia cuando se trata de un niño, un bebé o un recién nacido que apenas está comenzando a vivir. De igual manera, él trata a los difuntos lo mejor que puede, y por las tantas creencias que hay sobre cremación, cosas que a uno no le gustaría que le ocurrieran, como que en estos lugares los cuerpos son llevados a otro lugar para ser comercializados investigados o para robar sus órganos, entonces deja pasar a cuatro de sus familiares para que observen que la persona sí será cremada, para que tengan la confianza de que las cenizas que se van a entregar sí son de sus seres queridos.
En su labor, Mauricio ha cremado a una tía y a varios amigos, y recuerda aquellos instantes de su vida como algo normal y sin dolor, porque considera que es un cuerpo que ya perdió vida y lo único que se puede hacer es llevarse los mejores recuerdos vividos con estas personas. María Alejandra Restrepo, secretaria del parque, asegura: “Pienso que los sepultureros y cremadores tienen una fortaleza y valentía grandísima, porque es una labor que cualquier persona no hace. Los compañeros son personas muy serias y muy éticas… mis respetos son totales”.
La familia
Mauricio se considera un hombre hogareño dedicado a su familia. Aunque no tiene suficiente tiempo libre, le gusta salir a caminar con su esposa y con sus hijos, jugar Play Station o sencillamente lavar su moto. Además le gusta ver partidos de fútbol cuando su trabajo se lo permite, porque es su deporte favorito y le gusta mucho. “Cuando era joven lo practicaba, pero ahora no porque se corre el riesgo de que lo accidenten a uno sin necesidad alguna”, dice Vanegas en medio de una pequeña sonrisa.
Prefiere no comentar nada sobre su labor con su familia, porque para ellos no es muy bueno. Además que sus hijos aún son muy jóvenes y es incómodo comentar sobre estas cuestiones. “De pronto preguntan mucho, pero es poco lo que se llevan”, dice mientras observa el horno que convierte todo resto humano en ceniza.
Le gustaría ser cremado, porque considera que es una forma en que la familia ya no tiene que sufrir más por esa persona, ya que normalmente los cuerpos que se sepultan, a los cuatro años de ser enterrados salen iguales o momificados, entonces lo ideal es la cremación para no tener que volver a sentir el dolor.
“Me gustaría que mis hijos, esposa, familiares y amigos me recordaran por lo que fui, porque hice las cosas bien y que me recuerden además por lo mejor que haya hecho”. Es Mauricio Vanegas, un hombre amable y de tranquila apariencia, con un fuerte compromiso ético por su labor, y sobre todo es un soñador que quiere grandes logros para su vida.




