“Es quizás la gloria de Napoleón Bonaparte la que produce una metamorfosis completa en Bolívar, despertando su propia vocación heroica ‘yo lo adoraba como al genio de la libertad, como a la estrella de la gloria’ ”

Develado el verdadero rostro de Simón Bolívar. Fuente: El Espectador

Por: Diego Firmiano

Al “Hombre de las dificultades”, que después sería “el hombre de América”, la vida le había quitado lo esencial: su padre murió cuando este tenía 3 años, y a los nueve años su madre. Pasa a la tutoría de su abuelo, quien muere un año después que su madre. Es criado por la negra Hipólita, a quien considera como madre, y adopta como padre en cierto sentido, a un joven maestro, filósofo y pensador, que se encargaría de formarlo para la vida.Curiosamente, el primer ciudadano del mundo fue Simón Bolívar, según la carta en la cual el general Alejandro Lameth  le saluda con beneplácito sobre la gesta del libertador y su influencia en casi todo el continente suramericano. Su extenso nombre ‘Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco, fue reducido a sólo Simón Bolívar; y es que el libertador, el emancipador y el general osado, el romántico, es el prototipo de hombre moderno, educado para ser un hombre libre.

Aun en vida su madre Doña Concepción y su abuelo Don Feliciano Palacios y Sojo, es entregado a los 7 años en manos del maestro y hereje criollo Don Simón Rodríguez, quien viene de Europa cargado de la intelectualidad que le arrojó la ilustración, aunque también desencantado de la razón. Este maestro tenía 21 años, era extravagante pero un pensador original, apodado “El pedagogo andino”. Fue un fanático de Juan Jacobo Rousseau, y acuña la frase que definiría después su actividad libre y viajera: “No quiero ser como los árboles, que echan raíces, sino como las nubes, que viajan”.

Sin embargo, este educador no se declaraba maestro del libertador, sino su compañero de armas; tenía un gran afecto por el “hijo del espíritu”, como le llamaba. Cuando la América se vio dominada por los españoles, que impedían consolidar la obra del libertador, la de unir el continente bajo el ideal de libertad, Don Simón Rodríguez, escribió uno de los libros más originales sobre Bolívar “Defensa del Libertador del mediodía de América”.

A los príncipes los educaban para ser reyes, pero a Bolívar lo educó Don Simón para vivir libremente. Con Don Simón Rodríguez, Bolívar desarrolla una revolucionaria concepción de lo que debe ser el modelo educativo de las recientes naciones americanas. El maestro sueña con una redención del continente por medio de la instrucción; el discípulo tiene un sueño de una regeneración social y justa para América.

“El ajedrez es un juego útil y honesto, indispensable en la educación de la juventud”.

A los once años Simón quiere que le envíen a España, pero su abuelo que era un hombre “achapado a la antigua”, piadoso y muy conservador, se lo impide. El tutor legal, se mostraba adverso a que sus nietos fueran a España a educarse, pues según él, España estaba llena de herejías y de novedades políticas contagiosas. Es por esto que solo a la muerte de su abuelo, 5 años después, puede viajar a Madrid a formarse intelectualmente. Por aquella época, conoce también a una bella dama llamada María Teresa Rodríguez del Toro, dos años mayor que él, con quien contrae matrimonio. Pero a su regreso a Venezuela, su esposa se contagia de la fiebre amarilla, la cual le sega la vida.

La muerte prematura le arrebata su primer y único amor formal. Viudo a los diecinueve años, después de diez meses de matrimonio, cae en la más negra melancolía producto de la pérdida. Entonces, renuncia al matrimonio de por vida, y es fiel a su sentencia. “Quise mucho a mi mujer, con la que me casé sinceramente enamorado, y a su muerte juro no volver a casarme” (Diario de Bucaramanga).

Renunciamiento

Experimenta la desesperación Kieerkegana, de donde brotará una sensibilidad aguda por la vida: Persigue el fantasma de María Teresa por América y por Europa, recorre los lugares donde se enamoraron. sufre una paranoia temporal. Algunos dice que fue una temporada existencialista del libertador.

En una publicación de 1845 en el diario  “El Faro Militar” el joven Dervieu, hijo de una amante de Bolívar, decía: “Mi padre –entiéndase padrastro- habitaba en Vaugirad. En una casa donde había un gran jardín. Cuando Bolívar se paseaba en él, destrozaba todo lo que encontraba: ramas de árboles, yemas de la viña, flores, frutas etc…. Mordía todas las peras, sin concluir ninguna…. La casa no estaba tampoco al abrigo de su manía destructora: arrancaba las franjas de las cortinas, desgarraba con los dientes los libros que estaban en la mesa, descomponía la chimenea con las tenazas”.

Luego, viaja a París pero no llena su corazón, se aburre, y en una carta de 1804 diría “París no es el lugar que pueda poner término a la vaga incertidumbre de que estoy atormentado. Sólo hace tres semanas que he llegado aquí y ya estoy aburrido”. Sin embargo, intenta distraerse en el teatro de París y acude asiduamente al Paláis Royal, donde el juego y el amor no le dejan indiferente. Por primera vez Bolívar se sumerge en la vida bohemia y su vida toma otro rumbo. Las mujeres parecen arrastrarlo a un mágico círculo de amor. Pero por coincidencia, en está metamorfosis que estaba teniendo el libertador, de ser un romántico, caballero, gentleman,  a transformarse en un bohemio, conoce en París a una mujer joven de 28 años llamada Fanny, que lo comprendía, y que fingía llorar con él la prematura viudez que le atormentaba. Era una mujer mundana y coqueta, hermosa y espiritual. A quien Bolivar bautiza como su difunta esposa “Teresa”.

“En el orden de las vicisitudes humanas no es siempre la mayoría de la masa física la que decide, sino que es la superioridad de la fuerza moral la que inclina hacia sí la balanza política”.

Fanny, o la “Teresa de París”, no logró esclavizar su espíritu libre de un joven educado para la libertad como lo fue Bolívar; y entre sus viajes  y ella, él escoge el destino, el de seguir deambulando por Europa, quizás embargado por esa incertidumbre de la vida. Decide entonces, buscar a Don Simón Rodríguez, su maestro, y lo encuentra en Viena. Viajan por casi todo el viejo continente, presencian la coronación de  Napoleón Bonaparte en Milán como rey de Italia y Roma; y es quizás la gloria de Napoleón Bonaparte la que produce una metamorfosis completa en Bolívar, despertando su propia vocación heroica “yo lo adoraba como al genio de la libertad, como a la estrella de la gloria”, decía sobre el cónsul.

Promesas de cambio

Cuando Napoleón traiciona la república y se proclama emperador de los franceses, Bolívar lo mira como un tirano hipócrita, oprobio de la libertad y obstáculo al progreso de la civilización. Vuelca entonces sus ojos hacia George Washington. Napoleón lo contagiaba con el amor de la gloria y Washington de la gallardía en la batalla; un biógrafo de Bolívar, Blanco-Fombona diría “la excelsitud de Washington y de Napoleón encendieron los anhelos fervientes en el espíritu del libertador”.

Desde el desencanto de la coronación de Bonaparte como emperador y traidor de los ideales de la república -acto que presencia con su maestro Don Simón Rodríguez-  empezó con su maestro las charlas sobre el estado de su alma, respecto a sus fracasos personales y al futuro de América. En una tarde, después de comer, se dirigieron hacia una de las siete colinas de Roma, al Monte Sacro. Sentados en las ruinas de las antiguas glorias, la sensibilidad de Bolívar se acrecentó.

Hablaba con su maestro sobre el mundo antiguo y su gloria, y miraban todo ese fulgor representado tristemente por meras ruinas. Luego hablaron de su tema favorito: ‘la emancipación de América’. Bolívar azuzó sus ánimos; cuando el maestro termino de hablar, dice Don Simón Rodríguez que sus ojos estaban húmedos, su pecho le palpitaba, y con un ánimo fervoroso le hizo el juramento que definiría su actitud y su gesta más adelante.

Sobre las ruinas del Monte Sacro dijo “Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor, juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que se hayan roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español” (Relación de Don Simón Rodríguez). Toda la historia de Bolívar, la emancipación de América de las cadenas de los españoles, la historia del fin de la esclavitud, de la implantación de naciones unidas bajo la justicia, el amor, toda su historia política, se reduce al cumplimiento de aquel juramento.

“Sí, al sepulcro… Es lo que me han proporcionado mis conciudadanos… pero los perdono”.

De ahí, luego en París,  una conversación con  Alexander Von Humboldt sobre el porvenir político de América, le despierta esta sed de gloria.  Humboldt le dice que América estaba madura para la independencia y agregó literalmente “pero no conozco el hombre capaz de acometer semejante empresa”. Ese día, sin sospecharlo Humboldt, Bolívar acababa de entrever el objeto hacia el cual habían de tender sus energías. Ahora tenía el objeto de su gloria y de su valentía guerrera; desde ahí inicia su pasión y su sed de gloria.

De vuelta a América, enardece a sus ejércitos para que busquen esta gloria por la gloria, no como Washington y Bonaparte que arengaban sus grandes ejércitos en nombre de los intereses propios, sino en luchar por el peso excelso de la gloria inmortal. Tanto creció su pasión por la gloria, que en una carta de 1824 al general Sucre, le escribió que el único tesoro que poseía y que temía perder, es la gloria. La cuidaba como un avaro, incluso sus persecuciones y difamaciones le ayudaron a construir esta gloria hasta el día de su muerte ¡Imbéciles! Hasta sus persecuciones aumentarán mi gloria”.

Un hombre que perteneció a todos los lugares, pero a la vez a ninguno. Venezolano de nacimiento, pero americano por destino. Transformado, de niño a libertador.