Nació en Urrao, Antioquia, hace 25 años. Seguramente buena parte del país lo desconocía hasta cuando se adjudicó la medalla de plata en los juegos Olímpicos de Londres 2012, en la prueba de ciclismo de ruta. No es la primera vez que este deporte trae resultados positivos para Colombia. Historia de un deportista cuyos momentos más complicados no pasaron precisamente al escalar un escarpado puerto montañoso.

Urán otorga a Colombia su primera medalla en los juegos Olímpicos. Foto tomada de: Eltiempo.com

Por: Juan Francisco Molina Moncada

No existían muchas expectativas. Si bien es cierto el ciclismo ha sido una disciplina deportiva que ha sonreído a Colombia, la presencia de los reconocidos ciclistas, aquellos que hace una semana deslumbraron en el Tour de Francia, ponía como favoritos, antes que a Rigoberto Urán, alrededor de unos 30, 40 y si se quiere, 60 corredores. Quizá solo una persona estaba convencida de que algo importante podría conseguir: él mismo, y lo demostró en el sitio donde se consiguen los éxitos, donde no vale nada la especulación. Urán no destacó en los periódicos. No. Urán sobresalió en la carretera.

Así, se podría considerar como una sorpresa, para unos agradable, para otros no tanto, y tal vez para muchos no más eso, una sorpresa, el ver que Urán, tras estar siempre en el grupo principal de competidores, se lanzaba, en los últimos kilómetros, en una fuga que le permitía escaparse, junto al kazajo Aleksandr Vinokourov, del pelotón.

Lo más seguro es que lo alcancen. ¿Será que ganará? Al final se desconcentra. Comenzaban a aflorar tales comentarios. Es probable que muchos televisores se hubiesen encendido, particularmente en Colombia, para observar algo que no muchos esperaban en una apacible mañana de sábado. Las medallas, o las expectativas de estas, estaban programadas para otro día. Y Urán parecía estar programado para ganar el oro. No veía el pelotón al que dejó detrás, parecía rebasar al mismo Vinokourov, hasta cuando un descuido, no faltando uno o dos kilómetros sino 400 metros, le hizo perder la que pudo haber sido la segunda medalla de oro en la historia de los juegos olímpicos para Colombia.

Ganó Vinokourov por experiencia. Ganó Urán por un esfuerzo, que a la fuerza, lo hizo considerar como favorito, así fuera no 3 días antes de la competencia, sino a unos 7 u 8 kilómetros antes de la meta. “Rigo”, como algunos lo llaman, fue segundo. Se colgó la de plata. Y quizá, durante la premiación, mirando hacia el cielo, rememoró aquel día en el que, casi por casualidad, se montó por primera vez en una bicicleta. No una suya. La que le prestó su tío.

Constante pedaleo

Su padre le indujo al deporte de la bicicleta, según reconoce “Rigo” en una entrevista concedida al Diario Vasco “El correo”. Fue algo casual. Los de la escuela de ciclismo de Urrao buscaron a Rigoberto Urán, padre, para proponerle que inscribiera a su hijo en una contrarreloj individual. “Ah bueno, hágale, vamos a montar en bici”, respondía Rigoberto Urán, hijo, como si se tratase de algo no esperado,  pasajero… y en realidad lo era. 

Seguramente muchas cosas pasaban por su cabeza, antes de pensar que unos años después viviría en Europa, en Pamplona, España, exactamente, siendo considerado además una de las promesas jóvenes del ciclismo, y que se adjudicaría, por ejemplo, el premio al mejor juvenil en el Giro D´Italia 2012, o bien, que lograría dicho premio, así fuera parcialmente en el tour de France 2011, competencia en la cual su primera participación fue decorosa, consiguiendo ubicarse en el puesto 24 de la clasificación general y siendo el mejor de su equipo el Sky Procycling.

No. Urán probablemente esperaba unas 758 cosas antes que eso, más cuando compitió sin saber lo que hacía. Sin indumentaria de ciclista. Con una bicicleta que le prestó su tío. En la entrevista citada anteriormente declaró no saber que una contrarreloj: yo ni sabía qué era eso. Pregunté y me dijeron: ‘Mira, nosotros te soltamos desde acá, tú vete lo más rápido posible. Y luego cuando llegues allá, parás’. Eso hice y gané. Iba sin ropa de ciclista, con un chándal corto y una camiseta”.  

“Rigo” sorprendía así a sus contrincantes, los cuales no tenían idea de donde había salido este corredor, quien una semana después ganaba una segunda competencia. El ser ciclista ya no era algo que venía después de las 758 cosas que antes esperaba Urán. Comenzaba a ser una posibilidad tangible, algo que por lo demás le comenzaba a apasionar, hasta cuando llegó la primera caída, y no de la bici precisamente.

Urrao, su pueblo natal, está ubicado a 2000 metros de altura, a unos 140 kilómetros al oeste de Medellín. Era el año 2001, época grave del conflicto armado colombiano. Rigoberto Urán, padre, fue asesinado en la calle, después de un tiroteo. “Supuestamente fueron los paramilitares. Un tiroteo. En aquel tiempo morían muchos inocentes”. “Rigo”, de 14 años entonces, le tocó responder por su familia tomando el trabajo de su padre, quien vendía cupones de lotería en la calle.

Era evidente que Urán después de esto iba a abandonar la bicicleta. No tenía tiempo para entrenarse, pese a la insistencia de la escuela de ciclismo para que continuara. Fue así, cuando ya a sus 16 años entre retirarse y seguir en la actividad deportiva, apareció su madre: firmaba ella un contrato con el equipo “Orgullo Paisa”. Así, “Rigo” podía cobrar y dedicarse a aquello a lo que su padre, aficionado del deporte, lo había impulsado. A los 19 años firmaba con el “Tenax” italiano. Pudo mandar arreglar la casa de su familia en Urrao y comenzar su carrera ciclística en Europa.

Ya radicado en Europa, Urán ha conseguido ir consolidando su figura como una de las promesas del ciclismo colombiano, y del juvenil en general. Ya se dijo que sobresalió en tal categoría en competencias importantes como el Tour o el Giro. Después del Tenax, “Rigo”, fue contratado por el “Caisse D´Espargne”, para  recalar, en el 2010, en el Sky Procycling, su actual escuadra.

Continúa pedaleando así Urán, montado en su bici para correr lo más rápido posible, con el fin de llegar a la meta, y allí, parar. Porque parar en el ciclismo a veces vale la pena,  y más cuando se trata de recibir una medalla olímpica bajo el tenue cielo londinense.