CHARLAS DEL LUNES/ RAFAEL, PÁGINAS DEL VIGÉSIMO AÑO

En todo caso, cuando uno es joven, hagamos la distinción, pasa rápido sobre los defectos de la primera lectura; nos quedamos solo con lo que place. Sobre la novela Rafael, de Lamartine.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

29 de octubre de 1849

Bajo el título de Rafael, Lamartine ha separado de sus Confidences el asunto más considerable de su juventud, ese gran acontecimiento del corazón que sucede solo una vez y que, en la esfera de la sensibilidad y de la pasión, domina toda una vida. Al episodio de Graziella, la importancia y el interés que el talento del autor logró otorgarle, hizo evidente la composición artística. La simpática pescadora de corales napolitanos es en parte una creación. Después de todo, borra el cielo de Italia y los trajes de Procida, no es más que una aventura de grisette, embellecida e idealizada por el artista, con proporciones de belleza, pero es una de esas aventuras que no dejan más que pequeños trazos en la vida y que, más tarde, encontramos solo en la lejana memoria del pensamiento, cuando el poeta o el pintor sienten la necesidad de buscar de nuevo los temas de la elegía o del lienzo. En otro momento aparece la mujer que fue cantada bajo el nombre de Elvira. Hay de ese lado toda una destinación y casi una religión. Concebimos que el autor quiso tratar aparte ese único recuerdo para no confundirlo con la locura de sus reminiscencias.

Un relato exacto y simple, circunstancial y fiel, de esa pasión misteriosa que el poeta de las Méditations celebró apenas medianamente y que fue, parece, el impulso secreto a su genio, sería infinitamente precioso como estudio e interesaría seguramente como lectura. ¿Qué ganaría la memoria de Elvira? Esta vaga figura, que la pudimos entrever solo con la claridad de las estrellas convirtiéndose en algo más preciso, ¿continuaría siendo elevada y pura? ¿No sería mejor, puesto que es una emoción universal producida alrededor de un ser ideal, no acercarse tanto al objeto, y confiarse mejor al ensueño y a la imaginación para lograr, como nosotros no podríamos hacerlo, un resultado más fiel? Creo que sí; en lo que respecta a la verdadera Elvira, un relato fiel y simple, donde el hombre recuerde y hable de todo, sería, repito, aún de un estimado valor y causaría gran simpatía.

Aquí, en Rafael, vemos al principio que no se trató de un relato que el autor pretendía ofrecernos, o que debimos esperar. Disimulando ante una revelación directa y desnuda en una fecha todavía cercana, puso delante de su indiscreción alguna precaución ligera y alguna artimaña. Ya no es más él sino un amigo (el mejor y el más bello, es verdad: Rafael) que al morir deja un manuscrito. El velo, diríamos, es transparente. Pero velo, al fin y al cabo. Este relato se llama: Páginas del vigésimo año. En realidad, el hombre que amó, después de 1816, a la célebre mujer de nombre Elvira tenía al menos veinticinco años; o en todo caso estaba más cerca de los treinta que de los veinte.

Revelo estos primeros detalles para indicar que no podemos esperar de este relato en prosa el encuentro con toda la verdad o la realidad sobre un asunto que, simplemente expuesto, nos interesaría tanto. Habrá necesariamente una parte de la novela todavía mezclada con sentimiento vivos y reales. No sabemos entonces afectarnos leyendo esas páginas. A veces mezcladas con pinceladas calurosas y pensamientos hechos para la emoción, encontramos también otras artificiales, donde no se siente la presencia total del hombre. Con las Méditations teníamos la poesía pura: ¿aquí será la viva realidad? No; quizás una media-realidad, incluso de la poesía, porque es de segunda vena, es poesía al servicio de la novela.

Siento cuánto debo demandar de perdón por mi temeridad a muchos de nuestros jóvenes lectores y, sobre todo, de nuestras lectoras (1). Las páginas de Rafael encierran, en efecto, más gozos de los necesarios para seducir, en una primera lectura, a los espíritus y corazones que llevan en ellos la facilidad de la admiración y que no buscan más que un pretexto para ser encantadores. Rafael es un libro de amor con prodigiosos defectos; así como cualidades raras de la pluma más rica, abundante y flexible de este tiempo. Los defectos que ahí circulan y que frecuentes se desbordan, son precisamente los de nuestra época, es decir, aquellos para los que sus lectores ordinarios son los menos sensibles; de tal modo que algunos llegan a ser sensibles en un sentido inverso logrando captar belleza. En todo caso, cuando uno es joven, hagamos la distinción, pasa rápido sobre los defectos de la primera lectura; nos quedamos solo con lo que place, con lo que ofrece la expresión idealizada y más moderna de nuestros sentimientos, nuestra situación y nuestro deseo. Esas páginas, que no sirven todavía a ninguna otra generación precedente, y que parecen haber sido hechas express cada mañana para nosotros, las sentimos ya como propias e íntimas. Nos tocan más de una fibra, son sensibles como la piel. Con ellas termina el pensamiento de la vigilia y comienza el sueño de hoy; uno se entretiene regresando donde aconseja la lectura, hasta el punto de que el dedo guía las columnas que otra persona leerá pasada una hora. Es de esa suerte de obras de una generación, pues acoge su nacimiento, y hasta puede leerse de a dos, y con las cuales, por así decir, nos amamos, por eso son tan delicadas para el análisis; parece que la crítica, yendo y viviendo entre lo que la molesta y le desentona, se inmiscuye más o menos en los sentimientos particulares y queridos, y no faltan, claro, los aguafiestas. Lamartine lo sabe bien, pues hace mucho tiempo me aseguran haber entendido de él estas palabras: “¡Qué importa, digan todo lo que quieran: míos son las mujeres y los jóvenes!”.

Encantador y deseable auditorio sin duda, pero no definitivo; porque la juventud dejará de ser, y un cierto día, cuando reflexionen sobre la relectura quedarán sorprendidos. Rápidas pasan las generaciones; no se estancan en los mismos defectos que aman algunos, sobre todo en las costumbres y las maneras sentimentales. Es por eso que el libro solo se juzga con el peso del talento y del mérito, esfuerzos al que todo artista serio debe aspirar.

(1) Y también para mi amigo monsieur Arsène Houssaye, que se convirtió en su intérprete en el Constitutionnel [nombre del periódico donde aparecieron originalmente Las charlas del lunes de Sainte-Beuve] durante el primer momento de la publicación de Rafael. Al gracioso poeta de las rosas y la juventud le vendría bien perdonarme por ser menos joven e indulgente que él.

[Fragmento]

*Raphael, pages de la vingtme année”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).