Es una visión personal y sé que causa resquemor; pero creo, en contra de lo que piensan algunos, que aún falta mucho trabajo para que la literatura que aquí se escribe tenga más trascendencia en el panorama nacional literario.

 

Texto / Jhonattan Arredondo Grisales – Fotografía / Santiago Ramírez M

Alejandro Velásquez León (23 de abril de 1985, Santa Rosa de Cabal) es un poeta de la contemplación. Las cosas que habitan a su alrededor, gracias a la manera con que mira el mundo, pronto regresan a la vida sin el velo que ocultaba su auténtica belleza. Su poesía es como un relámpago. Es decir, un breve trozo de luz, que en medio de la oscuridad nos permite entrever aquello que era invisible. De ahí que al leer su obra tengamos la sensación de asistir a la inauguración de un universo, uno primigenio, revelador, pero, sobre todo, libre de artificios que enturbien los lugares donde nacen sus frágiles composiciones.

Hablo del poemario Orilla (Tertulia literaria de Gloria Luz Gutiérrez, 2016), que mereció el segundo puesto en el VI Premio Nacional de Poesía Obra Inédita, uno de los más importantes en el país, aunque todavía sin la divulgación ni la calidad en las ediciones que amerita un certamen con tanto prestigio. En esa ocasión el jurado resaltó “una intensidad contemplativa y de elegancia poética que establece un diálogo entre la mirada personal y la naturaleza”. Esta apreciación fue bastante acertada, pues con fina y delicada sutileza, el joven poeta santarrosano circula entre esas dos posibilidades.

Sin embargo, llama la atención que una obra que recibió dicho reconocimiento, pase entre nosotros desapercibida. Un hecho que, si lo miramos con aplicación, advierte un cierto desinterés por los textos que se producen tanto en la ciudad como en la región. Es una visión personal y sé que causa resquemor; pero creo, en contra de lo que piensan algunos, que aún falta mucho trabajo para que la literatura que aquí se escribe tenga más trascendencia en el panorama nacional literario. Nuestra literatura, digámoslo de una vez, aunque goza de buena salud es una literatura en estado de gestación. Se trata, por un lado, de autores desconocidos y, por el otro, de creaciones que apenas se están consolidando[1].

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Es comprensible entonces escudarse en esta ausencia de madurez. No obstante, es preciso decir que algunas publicaciones no se salvarían del cadalso: hace falta ingenio y rigor en el oficio. ¿Escasez de valoraciones críticas, promoción lectora, reconocimiento por parte de las instituciones? Sólo sé que las buenas intenciones de algunos intelectuales (Jaime Ochoa, Mauricio Ramírez y Diego Firmiano) que visibilizan en diferentes medios, antiguas y recientes publicaciones, no son suficientes. El caso es que esto, particularmente, no parece interesarle a nuestro poeta. Él ha elegido estar fuera de cualquier agrupación, lejos de lecturas y festivales, quizá, para encontrar en el aislamiento y la serenidad el silencio necesario. Sospecho que la vanidad es algo que abandona a los juicios que concede el tiempo y decide esperar, libre de preocupaciones, esa “luz que es todo”.

 

Como un guadual bajo la lluvia  

 

Allí termina el mundo…

 y lo que empieza,

carece de tendencias y definiciones.

Es más bien

un paisaje de nubes

como un guadual bajo la lluvia

como un pájaro redondo,

como un tapir.

Y en el fondo

un azul que no puede irse,

una prisión que ya no huye,

un darle la espalda a todo.

Allí termina el mundo…

lo que sigue,

basta nombrarlo para que exista.

(Velásquez, 2016)

 

En un día luminoso de junio del 2016 el periodista Antonio Molina, en una entrevista hecha a Velásquez debido al premio que recién había recibido, dijo lo siguiente: “Es algo paradójico, pero Risaralda tiene un poeta de peso, con una obra inicial tallada en la labor acuciosa y sin aspavientos de un joven santarrosano que enseña en la actualidad en un colegio de Santuario”. Es cierto: su aparición —tratándose, claro, de un libro inicial— fue sorpresiva y digna de admiración. Entró, como se dice, “tocado por el dulce aleteo de un ángel”.

De izquierda a derecha, Alejandro Velásquez León, Octavio Escobar Giraldo y José Armando González Camargo. Fotografía / Archivo de la Tertulia Gloria Luz Gutiérrez.

También, en este mismo encuentro, el poeta cuenta cómo fue su despertar en la poesía: “Estaba en el proceso y leí un libro de filosofía del lenguaje de Danilo Cruz Vélez que se llama El misterio del lenguaje, lo leí con un artículo de Aurelio Arturo. Me remití al libro y me pasó algo particular con Aurelio Arturo: es que me daban ganas de escribir cada vez que lo leía”. Esta apertura en el universo de las letras, esta acentuación en el ritual de la escritura, es una de las experiencias más insólitas y significativas en la vida de un escritor: una puerta, que conduce al reino de la posibilidad, abre sus cerrojos para que el amanuense escuche una música antigua que invita al vuelo:

 

Cansado de la tinta

y los papeles

que desaparecen tras los años…

unió el índice, el pulgar y el corazón

de su mano derecha

y ensayó sus primeras palabras

en el aire.

(Velásquez, 2016)

Como apreciamos en el poema anterior, estamos ante un autor que opta por la brevedad. Sus versos denotan, para empezar, dos elementos característicos en el género: la precisión en el lenguaje y la búsqueda de exactitud. A su vez, encontramos un tono sin estridencias y una disposición abocada, como mencioné en un inicio, hacia la contemplación. Por supuesto, la fijación de la mirada sobre el “objeto” que “perturba” al poeta es algo que está presente en todos los libros de poesía. Sin esa pausa, sin esa concentración, aun si no se cuenta con el sentido de la vista, “la luz” simplemente se extraviaría. El creador, como el centinela que guarda turno en su garita, siempre debe estar alerta. Dice el gran poeta colombiano José Manuel Arango en un texto bellísimo que se llama “La bailarina sonámbula”: “Es sabida la posición de Lezama frente al surrealismo, hecha de atracción y de desconfianza, de aceptación y negación. Él no concebía el poema como fruto de abandonarse al sueño, como una ganancia en aguas revueltas. Quería la vigilancia, la búsqueda activa. La bailarina sonámbula lleva los ojos abiertos”.

Alejandro Velásquez, al igual que “la bailarina sonámbula”, tiene los ojos abiertos. Pero aquí hablamos de otro tipo de mirada: primero, una donde es necesario ver más allá: “Cada ventana/ es el abismo/ que se abre entre los hombres y el sueño”; segundo, donde hay un claro impulso por invertir las perspectivas: “Una colección de imágenes dormidas/ esperando abrir los ojos/ en la oscuridad”; y tercero, donde las heridas no son la génesis del poema, sino, más bien, la sosegada y transparente reconciliación con las sombras interiores: “Lo dejó todo,/ para mirar ese otro cielo/ hecho con el agua de los sueños/ que le había arrebatado a la noche.// Y dime/ de qué agua están hechos esos sueños,/ para que un hombre/ se los quede mirando/ por toda la eternidad”.

Hay en este poemario una nostalgia que asemejo con las pinturas de Chagall, con la Symphonie fantastique de Berlioz y con los boleros de Julio Jaramillo. Tal vez este efecto se deba a la cercana fascinación por la oscuridad y a la constante presencia de la noche que encontramos poema tras poema. Tal vez, pensándolo bien, la nostalgia que menciono se halle en una apreciación más profunda e intraducible: aquella certeza de que bajo ese manto negro astillado de estrellas todo se desvanece. Leamos a Vicente Gerbasi: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”. Y, más adelante, agrega: “Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,/ con volcanes adustos, con selvas hechizadas/ donde moran las sombras azules del espanto”. Velásquez, por su parte, nos consuela diciéndonos que a pesar de que lleguemos al límite, un límite donde termina el mundo, “lo que sigue,/ basta nombrarlo para que exista”.

 

Paraísos personales, los días invisibles

  

Un agujero insignificante en el techo

es un reloj de luz en la habitación,

una lluvia ahogada por una gota de agua

y un pedazo de cielo

que deja entrar una estrella en la noche

para que duerma silenciosa sobre nuestra cama.

(Velásquez, 2016)

 

Orilla está dividido en dos secciones: la primera, “Paraísos personales”; y la segunda, “Los días invisibles”. Curioso es que cada parte esté compuesta por el mismo número de poemas (26), porque permite evidenciar el interés del autor por encontrar equilibrio, solidez y unidad.

Es preciso mencionar que entre la primera y segunda parte se tejen exploraciones significativas. En ese indudable corolario está la tensión entre la luz y las sombras, la noche y el día, la exaltación de la naturaleza y la mirada sensible del caminante: “He caminado la noche/ de labios de papel, / pero ya no queda camino,/ solo mi boca que conserva el silencio/ solo la tierra abierta y el aire”. El mundo exterior se convierte en la orilla, en el borde, en el lugar invisible donde lanza la flecha, vibrante, que desaloja sus inquietudes. Cuando dice “solo mi boca conserva el silencio” y cuando cierra con “solo la tierra abierta y el aire”, Velásquez León también nos está hablando de la fuerza creadora de la poesía.

A estas alturas no es apresurado indagar sobre las posibles influencias que dejaron huella en su escritura. Como él mismo menciona, su encuentro con la poesía de Aurelio Arturo fue decisivo en sus inicios, además, como trabajo de grado para obtener el título de Licenciado en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, escribió una monografía sobre el poeta nariñense que llamó “La poesía como manifestación estética de la memoria”. ¿Quiénes más hacen parte de su universo poético? En la entrevista que cité anteriormente, Alejandro Velásquez sólo menciona a Federico García Lorca: “Me gusta mucho Poeta en Nueva York, me agradó cómo mirar las pequeñas cosas y de ahí partir para sacar poemas, como observaciones sobre la sombra”.

Quizá, podemos intuir de acuerdo con la factura de sus versos, que poetas como José Manuel Arango, Emily Dickinson o Friedrich Hölderlin podrían pertenecer a ese diálogo privado que los escritores realizan en su intimidad. En cualquier caso, quien se acerque a este libro, reconocerá una voz original, sincera y con toda seguridad prometedora. De hecho, el año pasado, fue finalista del concurso “La palabra, espejo sonoro” que organiza la Casa de Poesía Silva. Creo que la solicitud que hace en el último poema que compone su ópera prima se ha escuchado: “Noche/ llévate al hombre, pero déjame las alas”.

 

Una ligera sombra que la luz nunca pudo domar

  

Una mancha oscura

que se esparce

en el fondo del cielo

sin dejar huella.

Un agujero móvil

que le hicieran

a la mañana

para encontrar en ella

otra vez la noche.

Una ligera sombra

que la luz nunca pudo domar

y ahora,

de día en día…

se esconde en el aire,

como un pájaro.

(Velásquez, 2016)

 

¿Qué pensamos cuando miramos el mundo lejos del mundo? ¿Cómo es ese lugar que, misteriosamente, sin privaciones, empieza a descubrirse en nuestro interior para que veamos en una golondrina en vuelo “un agujero móvil/ que le hicieran/ a la mañana/ para encontrar en ella/ otra vez la noche”? Inmóviles, abstraídos, todo lo que vemos con detenimiento exige lecturas que necesitan la comprensión que nos concede el sentido. Hay cierta exigencia en hallar una respuesta a las preguntas que surgen cuando lo que está afuera, intraducible y oculto, pareciera tener mucho que ver con lo que está adentro. Es otra naturaleza la que brota, si en medio del caos alguien se detiene a observar desde lo más ínfimo hasta lo más extenso. Los ejemplos son innumerables, pero basta con decir que en el centro de una roca canta un corazón endurecido. La tierra que habitamos siempre será una incógnita en el inusitado mapa de las revelaciones. Antonin Artaud, el dramaturgo francés, lo dijo con claridad: “La vie est de brûler des questions”. Sí: vivir no es otra cosa que arder en preguntas.

@Jhonattan_1990

[1] Salvo algunas notables excepciones, a saber: Cecilia Caicedo Jurado, Rigoberto Gil, Gustavo Colorado, Susana Henao, Ana María Jaramillo, Luis Fernando Mejía y Eduardo López Jaramillo. Por supuesto, hay un grupo de escritores que anteceden a esta generación, pero, por una u otra razón, sus obras son de difícil acceso y es poco probable que sus lecturas llegaran a influir a los nuevos creadores. En cualquier caso, emitir este tipo de juicios, por ahora, resulta problemático.