“(…) no hablaréis tan bien de los hombres, porque los habréis conocido. Fue su ingratitud lo que secó mi corazón, su perfidia lo que destruyó en mí esas virtudes funestas para las que, como vos, acaso había nacido. Ahora bien, si los vicios de unos vuelven en otros peligrosas estas virtudes, ¿no es hacer un servicio a la juventud ahogarlos en ella a tiempo? ¿Qué me dices de remordimientos, amigo mío? ¿Pueden existir en el alma de quien no reconoce el crimen en nada? Que vuestros principios los apaguen si teméis su aguijón: ¿os será posible arrepentiros de una acción de cuya indiferencia estéis profundamente convencido? Desde el momento en que no creáis que hay algo malo, ¿de qué mal podréis arrepentiros?”[2]

 

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Odalisca
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Por: David Jiménez González

Así como la obra de Descartes se dirigía a un público que no fuera conformado exclusivamente por teólogos, novelas como “Las Amistades Peligrosas”, “La Nueva Eloísa” y “Justine” quisieron llevar el pensamiento y la duda por “lo humano” a los nuevos ciudadanos, a la burguesía ascendiente que se organizaría triunfalmente en la época posterior a la Revolución Francesa. En la obra de Donatien Alphonse François, Marqués de Sade, no tenemos una alegría abierta, una confianza heroica o una filosofía del mediodía -tres características reunidas en la obra de Nietzsche, con quien muy inapropiadamente se le compara-.

El universo de Sade es un universo carcelario, solipsista en el sentido más concreto de la palabra, tanto por saberse dotado de una curiosidad desbordante como por sus inclinaciones a contrapelo de los gustos de su sociedad. Desde su muy atribulada juventud, Donatien reconoció que su posición social, a pesar de su educación y de sus deberes maritales y militares, era frágil, tanto por su propio carácter como por el relativismo de las culturas humanas.

Durante el S. XVIII, con el enciclopedismo, se generalizó un sentido de la sospecha, de hallar una base real en el conocimiento, pensando también en quien se lo apropiaba: el hombre. Con impulso cartesiano, se pone a juicio a quien realiza la duda: ¿Quién o qué es el hombre? ¿Qué lo distingue de otras formas de existencia? ¿Es el europeo del S. XVIII el ideal de “hombre”? ¿No existen en otros lugares, en otras civilizaciones, seres que puedan ser llamados, igualmente, “humanos”? Famosa es la expresión de Joseph de Maistre sobre la inexistencia de hombre: solo hay franceses, alemanes, ingleses y <<gracias a Montesquieu, también podrían existir hoy en día “persas”>>.

El clima, la tierra y la historia separan a los pueblos, así como los recuerdos, las familias y los deseos separan a los individuos, dentro de una comunidad. No hay por qué poner en duda a toda una sociedad por los caprichos de una persona, si estos no amenazan a aquella. Pero, ¿qué sucede en caso contrario?

El miedo del joven Donatien al escarnio público, tras una aventura prostibularia como escape a un matrimonio desgraciado –aventura demasiado extravagante para ser conocida en aquel entonces y sobre la cual, si seguimos a Simone de Beauvoir [1], aun se ciernen demasiadas sombras–, despierta su impulso transgresor. Posteriormente, episodios como el de Rose Keller –una mendiga que es seducida por el mismo marqués y quien, durante una orgía, es sometida a ser azotada-  o la bacanal flatulenta –en donde Sade obligó a algunas cortesanas a ingerir “semillas de anís y mosca española”, como principio de la velada– pasarán del rumor al escarnio y, con el tiempo, hacia la leyenda.

La constante disputa con su suegra, la ingratitud a la que sometía a su esposa (a pesar de comportarse ella casi como una cómplice) sus largas estadías en Lacoste y en Vincennes y su encierro en La Bastilla son sucesos biográficos que tienen una fuerza que los marca a todos: la imposibilidad de una revolución colectiva, la soledad a la que el marqués, por su propio carácter, fue forzado a padecer; él mismo, por sus propias inclinaciones, era su propia prisión. La obra de Sade, síntoma de tal actitud vital, le sumará un fuerte pesimismo pascaliano al método moderno.

La libertad monomaníaca de Sade, en un mundo cuyas estructuras sociales están desapareciendo, es un capricho refinado, un egotismo manifestado en el choque físico de los cuerpos y las ofensas. El otro, más que un objeto, es un cuerpo apasionado, empujado igualmente, por la violencia de sus deseos y por los desastres del tiempo, a actuar tiránicamente sobre otros cuerpos, sobre otras voluntades que se reconocen como individuos, a través del dolor. Es la desesperación la que alimenta la imaginación, puesta al servicio del crimen: la alegría no es posible sino por medio de la servidumbre; no sobre la igualdad, cruel burla “sádica” y, a la vez, reflejo de lo obsceno de la Revolución (El sufrimiento, la furia jacobina al buscar una nueva ciudadanía por medio de la sangre y de la apostasía, como el “nacimiento de la felicidad”, recordando a Saint-Just). Sade contemplaría a la “felicidad revolucionaria”, manifestación del apetito de Cronos, siendo el encargado de la picas, una oficina adscrita a la Salubridad Pública, durante el Terror. En este periodo de su vida, casi en la miseria, Sade toma distancia de los sucesores de Robespierre, terminando como un aristócrata descastado, un revolucionario desengañado –pues el origen de la nueva república, el ascenso de Napoleón y la reimpresión de sus obras durante el Primer Imperio le han recordado su lugar sobre la tierra: el encierro, siendo el hospital psiquiátrico de Charenton, su última morada–. Su espíritu es “criminal”, pues su insurrección no es hacia el individuo, sino contra las entelequias en el poder, que atan las ambiciones del talento y de la imaginación.

Sin embargo, para Sade, ante el inevitable triunfo de las renovadas estructuras sociales, la felicidad no existe, más que en el egoísmo hedonista, resultado de un materialismo a ultranza –influencia del Barón D’Holbach- y del pesimismo que inspira el ser humano. No solo es la relatividad de las culturas, es también la desconfianza de vivir con otros. Las  palabras de Dolmancé reflejarán el estado final del pensamiento de Sade: “(…) no hablaréis tan bien de los hombres, porque los habréis conocido. Fue su ingratitud lo que secó mi corazón, su perfidia lo que destruyó en mí esas virtudes funestas para las que, como vos, acaso había nacido. Ahora bien, si los vicios de unos vuelven en otros peligrosas estas virtudes, ¿no es hacer un servicio a la juventud ahogarlos en ella a tiempo? ¿Qué me dices de remordimientos, amigo mío? ¿Pueden existir en el alma de quien no reconoce el crimen en nada? Que vuestros principios los apaguen si teméis su aguijón: ¿os será posible arrepentiros de una acción de cuya indiferencia estéis profundamente convencido? Desde el momento en que no creáis que hay algo malo, ¿de qué mal podréis arrepentiros?”[2]

 Abandonado el hombre a sí mismo, en Sade hasta la compañía de Dios es negada, siendo esta un engaño para que los individuos no se encuentren sino bajo la férula de las instituciones. La blasfemia, así como la historia del origen de las religiones –aporte de Voltaire– son maneras de invocar el “Regreso de los dioses”: la nobleza, el honor y la sabiduría transmitidos entre los individuos. “No es ni ante las rodillas de un ser imaginario ni ante las de un vil impostor ante lo que un republicano debe arrodillarse; sus únicos dioses deben ser ahora el valor y la libertad.”[3] Este horizonte antiteísta, visto desde la existencia de Sade, será un imposible: la ley, como fuerza abstracta, casi mística, que combate a la naturaleza de los individuos, se impondrá a la fuerza. El sentido de la legalidad es el supuesto desde donde se justifica la represión de los ciudadanos, a pesar de sus sentimientos, donde la transgresión, la violación y el derramamiento de sangre adquirirán un aura “sagrada”, envuelta por una noción falsa de justicia. Veríamos en Sade, finalmente, a un precursor de Kant: tanto en el aplastamiento por parte de la Ley “universal” –el cumplimiento del deber sobre el goce de los individuos[4]– como en la resignación rebelde y gozosa ante cualquier sufrimiento: ante el desorden del tiempo y de los sentidos, entregarse sin desesperación al dolor, mientras subimos hacia el cadalso, es un acto revolucionario: en el círculo de fuego en el que todos somos torturados, desde una perspectiva hedonística y filosóficamente aristocrática, el que pierde gana… Mientras tanto, parafraseando al Duque en “Saló”, veremos a quienes se apoderen del estado como “los verdaderos anarquistas.”

 

Dos figuras reclinadas en un paisaje Imagen tomada de: http://pintores.vtrbandaancha.net/Matisse1/images/Paisaje%20con%20dos%20figuras%20reclinadas-1921_jpg.jpg

Dos figuras reclinadas en un paisaje
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[1] De Beauvoir, Simone: “¿Hay que quemar a Sade?” Traducción de Francisco Sanpedro. Madrid, Editorial Visor. 2000.

[2] Sade: “La Filosofía en el Tocador” Traducción de Ricardo Pochtlar. Barcelona, Bruguera, 1978.

[3] “Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos” en Ibíd.

[4] “Lo qué nosotros encontramos aquí es la actitud propiamente perversa de adoptar la posición del puro instrumento de la voluntad/deseo del gran Otro: no es mi responsabilidad, no soy yo quién está haciéndolo efectivamente, yo soy meramente un instrumento de la más alta necesidad histórica…”concluye Slavoj Zizek en su ensayo “Kant y Sade: la Pareja Ideal”