El hombre casto y la mujer lujuriosa

“Does that make me a Saint?” enquired Antonia;
“Bless me! Then am I one?”

Matthew Lewis

Por: Gustavo Osorio

De dónde proviene la virtud, cuál es el camino que puede llegar a declarar a un hombre o mujer virtuosos, y cuál el obstáculo para que no lo sea. El monje, novela gótica de Matthew Lewis (Londres, 9 de julio de 1775 – Monterrey, 14 de mayo de 1818), se adentra en las dualidades del alma, o bien las dualidades de la concepción del mundo.

La realidad es una apariencia, el reflejo y la sombra no son la cosa en sí misma, por eso pueden deformarse, alterarse y desaparecer. Igual pasa con la visión del mundo; un abad es virtuoso o no acorde a quien lo mire, pero esa mirada tiene una guía, una ideología que la impregna y le permite crear un juicio de lo que ve y lo que existe para esos ojos.

En cuanto al libro de Lewis, se puede decir que la guía con la que se encuentra el lector es la religión, de manera específica la de la tradición grecorromana. Es a través de este dios, con profundas raíces en la tradición clásica de occidente, que los personajes viven y forman su realidad, esto queda claro desde la primera escena hasta la última, bien sea para exaltar la nobleza del espíritu o para hablar de la corrosión del mismo, todo existe en función de esta divinidad y sus enseñanzas. Entonces qué es lo que hace virtuosos a los hombres si la visión del mundo es relativa a las creencias de quien lo mira. Los primeros indicios y quizá el más claro está solo a unas páginas del comienzo, cuando don Cristóbal brinda la descripción de Ambrosio:

Ahora tiene treinta años, y cada hora de su vida la ha pasado en estudio, completo aislamiento y mortificación de la carne. (…) En el curso de toda su vida, jamás ha infringido una sola regla de su orden, ni se ha descubierto la más leve mancha en su persona; y se dice que es tan estricto observador de la castidad que desconoce en qué consiste la diferencia entre el hombre y la mujer. Así que las gentes le tienen por un Santo.

Se puede decir que la vida en Ambrosio a los ojos de Madrid, o bien a los ojos de don Cristóbal, es la de un ser virtuoso. Fotograma de la película El monje (2012), dirigida por Dominik Moll y con Vincent Cassel como Ambrosio.

Es cierto que en la descripción no se le menciona como virtuoso explícitamente, pero cabe recordar una de las definiciones que da la Real Academia de la Lengua a la palabra Santo: “De especial virtud y ejemplo”. Por tanto, se puede decir que la vida en Ambrosio a los ojos de Madrid, o bien a los ojos de don Cristóbal, es la de un ser virtuoso.

Es decir, una persona que ha consagrado su vida al estudio de la palabra de Dios, que se ha negado la posibilidad de conocer el mundo, y sobre todo, lo creo así porque es el punto más recurrente, se ha negado la posibilidad de los placeres de la carne.

La castidad es quizá uno de las decisiones más importantes en cuanto a la virtud se refiere. Reconocemos casi por inercia cultural que en la negación del placer se encuentra un rasgo de pureza, y que a través del desconocimiento del mundo sensorial se alcanza un puesto en la grandeza del espíritu. Sin embargo, ¿puede en realidad el hombre juzgarse virtuoso por caer en un momento de placer, y será posible que un hecho a todas luces natural puede considerarse el pecado máximo para alguien consagrado a la palabra de Dios? Dice sobre esto el Marqués de Sade a través de uno de sus personajes en Justine:

¿Qué les importa a los hombres o a Dios que esta parte se conserve intacta o no? Diré más: siendo designio de la Naturaleza que cada individuo cumpla es este mundo las miras para las cuales ha sido creado (…) Esta quimérica castidad, de la cual han hecho absurdamente para usted una virtud, y que desde la infancia, lejos de ser útil a la Naturaleza y a la sociedad, ultraja ostensiblemente a ambas, no es más que una obstinación reprobable de la que una persona inteligente como usted debería verse libre

Grabados inspirados en Justine del Marqués de Sade.

Pero no se muestra así en El monje, hay una negación al encuentro con el placer y el adentrarse en este supone romper las cadenas o desviar los caminos que conducen a Dios:

¿Recordáis los horrores de las llamas? ¡Pasado mañana seréis una víctima más de la hoguera! ¿Qué será entonces de vos? ¿Aún os atrevéis a esperar vuestro perdón? ¿Aún os dejáis seducir por esas falsas visiones de salvación? !Pensad en vuestro crímenes! ¡Pensad en vuestra lujuria, en vuestro perjurio, inhumanidad e hipocresía!

El placer es antítesis de la virtud, un momento de fogosidad que nos aleja de la tranquilidad eterna:

Había pasado el momento de transporte: la concupiscencia de Ambrosio estaba satisfecha. Huyó el placer, y la vergüenza ocupó su puesto en su pecho. Confundido y aterrado por su debilidad, se apartó de los brazos de Matilde. Ante sí veía su propio perjuicio.

Solo unas líneas más adelante Lewis se adentra en su personaje, le hace hablar para fijar en el lector la perspectiva de Ambrosio, Matilde se convierte en el objeto de su aversión:

¡Mujer peligrosa! -dijo-. ¡En qué abismo de miseria me habéis hundido! ¡Si se llegase a descubrir vuestro sexo, mi honor, incluso mi vida, pararían el placer de unos momentos! ¡Qué loco he sido al fiarme de vuestras seducciones! ¿Qué puede hacerse ahora? ¿Cómo podré expiar mi culpa? ¿Qué reparación puede obtener el perdón de mi crimen? ¡Desdichada Matilde, habéis destruido mi paz para siempre!

¡Mujer peligrosa! -dijo-. ¡En qué abismo de miseria me habéis hundido! Fotograma de la película El monje.

Mientras Ambrosio nunca es capaz de sobreponerse a su juicio divino, Matilda sí emprende un cambio, si bien no se aleja de la concepción de la castidad como virtud, si comprende, o al menos eso se alcanza a vislumbrar, que las promesas de un placer mayor al terrenal son inciertas:

He vendido una felicidad incierta y lejana por otra segura y presente. He preservado una vida que de otro modo habría perdido en la tortura. ¡Y he conseguido el poder de procurarme todas las dichas que pueden hacer la vida deliciosa!

Tanto el libro del Marqués de Sade como en el de Matthew Lewis, las aberraciones nacen de la carne y el placer del sexo. Sin embargo, la diferencia entre Justine y Matilda es que la primera, al igual que Ambrosio, considera esto un pecado, mientras que Matilde termina por disfrutar el hecho mismo de pecar. Aquí también cabe entender que Justine es obligada a corromperse y Ambrosio lo hace a voluntad, a pesar de esto, en ambos sigue presente la culpa y la búsqueda por la expiación:

Matilde, vuestros consejos son peligrosos: no me atrevo, no quiero seguirlos. No puedo renunciar a mi derecho a la salvación. Mis crímenes son monstruosos. Pero Dios es misericordioso; así que no quiero desesperar del perdón

Y aún tras todo este constructo sigue haciéndose presente una visión aún más radical del pecado, la castidad es condición de virtud, y dicha virtud se quebranta ante los placeres mundanos. La razón misma de este pecado no es el deseo en sí mismo, sino la mujer, se plantea en ambos libros que la mujer es la razón por la cual el hombre peca: “las mujeres solo existen para el placer de los hombres” (Sade). Por tanto, se recurre a la reconstrucción del mito de Adán y Eva. Matilde descubre ante Ambrosio la lujuria; Eva descubre ante Adán el fruto prohibido. Y no se retracta de su condición lo que lleva a ambos a la perdición. Mas esta condición corresponde a lo ya dicho: una visión del mundo permeada por Dios, por un constructo grecorromano.

Por algo escribe Rafael Argullol en Visión desde el fondo del mar: “el ojo del universo no puede diferenciar entre el bien y el mal.”. Fotografía / Getty Images

Cuenta Hesse, en su libro Siddhartha, que el joven una vez pasado por varias vicisitudes para encontrar el Nirvana, llega a donde Kamala, la cual lo instruye en los placeres del mundo a los cuales se había negado. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede con Matilda, cuando Siddhartha se entrega a Kamala y olvida las razones del espíritu encuentra las del corazón. Es decir que en Kamala encuentra el camino hacia una forma de amor diferente a la que siempre le habían enseñado. Pero este éxtasis bajo la visión de Hesse solo es una transición del espíritu, mas no su fin, es decir, que al abrir el espectro o bien al tomar en consideración otro punto de vista, aún cuando la mujer conserva su condición de lujuriosa, el hecho se convierte en una razón de sentido para la vida. Por algo escribe Rafael Argullol en Visión desde el fondo del mar: “el ojo del universo no puede diferenciar entre el bien y el mal.”.

En tanto el hombre esté bajo esta mirada, la mujer será objeto de perdición, y la sexualidad un pecado. Pero el encuentro consigo mismo es necesario, la represión, se nos demuestra con este libro de Lewis, solo lleva a la desmesura del ser; y aunque se puede adoptar un estado de relatividad frente a los hechos, lo cierto es que el equilibrio no está en la privación de cada sentido sino en la armonía del todo y el reconocimiento del otro. La virtud se convierte, entonces, en un estado relativo, y por tanto es virtuoso aquel que actúa de acuerdo a sus ideales, al contrario de lo hecho por Ambrosio.