Nació en Caramanta, Colombia, en 1959. Poeta, ensayista y cantautor. Libros de poemas: De viaje (1994), Hay que cantar (1998), La poesía es un viaje (2004) y El poeta es quien más tiene que hacer al levantarse (2008). En 2008 publicó también 13 entrevistas a 13 poemas colombianos [y una conversación imaginaria]. Los poemas publicados aquí pertenecen a los libros anunciados y a obras inéditas.

 

 

De la infancia

 

El abuelo enfermó en un cuarto oscuro y estrecho del que no salía. El parlante de un transistor sony de pilas, bien pegado a su oreja, le traía las noticias del mundo.

El dormitorio tenía una ventana con sus cortinas siempre corridas, la cama, una silla incómoda -destinada a las visitas-, y el mueble donde la lucecita del radio titilaba día y noche junto al velador.

Su comida enfriaba en las bandejas antes de ser probada, y en el cobertor, la bajo alfombra y alrededor de las patas de la cama, las migajas caídas de su plato.

Cuando aceptaba compañía, hablaba poco; después el silencio fruncía su gesto, daba el morro a la gente y se dormía.

Su cara permanecía siempre hinchada de agua, y su vientre hinchado de agua, y las plantas de sus pies y sus manos. La abuela le mojaba las comisuras resecas y cuarteadas con un trozo de hielo y el abuelo chupaba la escarcha con la prisa de un niño.

Desde entonces no meditó el balcón, ni paseó los corredores, ni subió a las terrazas. Se hacinó en su pieza donde, tosegoso, asfixiaba, pedía ayuda malhumorado y se quejaba con frecuencia del fuerte ardor de sus orinas. Se entregó a la medianoche interminable, acompañado apenas por las voces de los locutores de radio y mirando un punto fijo en el techo boca arriba con los ojos cada vez más ciegos.

Después de su muerte, el dormitorio permaneció cerrado, visitado apenas por la abuela que entraba con sigilo para asearlo y demoraba sacando trastos viejos.

Los niños seguíamos jugando en los corredores, y a veces oíamos, desde la pieza cancelada, quejas, toses, el verter del orín en una bacinilla y el ruido de una onda radial mal sintonizada, como si el abuelo no hubiera muerto y siguiera allí, anunciándonos que la infancia aún no había terminado.

 

Grafías

 

Esos nombres escritos por los enamorados

en la pintura de los asientos

de los buses

con una moneda

la punta de un lápiz

o el filo de una uña

Esos mensajes grabados toscamente

en un corazón

deforme

para que queden por mucho tiempo

a los ojos de todos

Esos amantes que sellaron así

una unión

quizá no se amen hoy

y éstas sean grafías mustias

de un tiempo de esplendor

Lo más probable

es que muchos de esos nombres se escriban

por separado

en corazones distintos

o solitarios

en otro asiento de otro bus que cruza triste

el anochecer.

 

 

Trabajan tanto los carpinteros de ataúdes en mi país

 

A mañana y tarde

en día laboral y festivo

sin vísperas

miden

trazan

cortan

Sin importar para quién

sin importar si es el propio

cofres lisos

unos

y ásperos

otros

Como peones al mando

del más severo Señor

taponan

pulen

empañetan

a prisa

En las noches oímos

sus garlopas que alisan

tabla a tabla

sus martillos que oprimen

clavo

a clavo

Con las manos llenas de polvo

con los rostros sucios de aserrín

cantan:

¿son más los de arriba?

¿son más

los de abajo?

 

De sol a sol trabajan

los carpinteros de ataúdes

en mi país.

 

 

Mudanza

 

Salieron los cubiertos y los manteles que nos atendieron en la diaria reunión de las voces, las repisas y las lámparas que decoraron el bajo cielo de la casa, los libros embalados en cajas de cartón, el polvo y los espejos, las plantas que dieron fiestas en las ventanas, los veladores y los sueños. Después cargamos las cosas más pesadas, el cansancio, lo vencido, dejando para el final a los muertos, que aferrados a las barandas o escondidos en los sótanos del patio, se resistían a salir por la puerta.

Más graves aún de peso, los trasteamos como pudimos entre todos.