ELOGIO DE IR A RUEDA

Rigo volverá al valle rodeado por las curvas del río. Se sentará en un café del parque y saldrá de nuevo en su bicicleta por las vertientes del suroeste antioqueño. Volverá a ir a rueda, por pasión y para repasar las lecciones del aguante. De eso no cabe la menor duda.

 

Escribe /Andrés Esteban Acosta – Ilustra/Stella Maris

 

Los asuntos filosóficos del aguante de Rigoberto Urán

 

El aprendizaje

Luego de una brega larga abrazando montañas, pasando alturas brumosas y ríos de orilla cálida, se abre el valle del Penderisco, una extensión de tierra apacible, donde se descarga la cordillera mientras el río avanza en curvas que trazan una danza tranquila y admirable.

Por estos rincones pedaleó Rigoberto Urán. Bajó al Cauca a quemarse el cuello y se empinó hacia alguna trepada de esas bravas que hay en el suroeste. Pasó destapados intransitables, probó carreteras recién pavimentadas y descolgó por vacíos de cafetales, plataneras y casas floridas de campo abismadas en sus vistas privilegiadas.

Rigo se asomó por cañadas y saludó a vacas que atisbaban el camino. Pinchó en el descuelgue a Urrao e infló pecho llegando a Betulia. Entre todo, lo más importante es que aprendió a apretar dientes, a cerrar los puños y a agarrarse de las trepadoras de la bicicleta, a templar el abdomen y a respirar hondamente, a doblar su espalda en posición de lucha contra la adversidad. Aprendió lo duro de vivir, o de montar en bicicleta, cosas tan concordantes que asusta.

Desde esas tierras de curvas cerradas, donde todavía se ven muladas llevando cargas de café y chivas atiborradas de racimos y bultos de naranjas y aguacates, se intuye el pensamiento del aguante, el esfuerzo y la resistencia. Por las carreteras que suben y bajan sin cansancio, se ven personas desparramando energía en sus bicicletas, como alguna vez Rigo, pensando que tal vez, si las piernas lo permitían, encumbraría hacia nuevos horizontes, menos propios, pero igual de difíciles y meritorios.

La evidencia

En pleno Tour de Francia de 2021, Rigo se mantenía firme en su actitud. Correcto en su trabajo, sin salirse del guion y de la lección aprendida en los carreteas quebradas antioqueñas. El aprendizaje del aguante queda como un recurso al que se vuelve siempre. Se tira de restos, con gesto marcado de inclemencia. Nadie dijo que sería fácil, sin dolencias ni contratiempos. Así lo recordó Rigo en la última semana del Tour. El aguante, ese aliado de los tiempos menos favorables, sostenedor de empeños que parecen desaparecidos, fue una defensa legítima de los esforzados y de los anhelos sufridos.

Alguna vez el aguante le sirvió a Rigo para ser subcampeón de un Tour. Persiguió a Froome hasta anticiparle sus cálculos; se le pegó como una pena al corazón, que no se va, que no se saca.

En el Tour de este año pasó algo similar. Aguante y más aguante, solo que con consecuencias distintas. A Rigo la última semana se le hizo larga para seguir el ritmo del triunfo, si por ello entendemos el lugar de privilegio reservado para uno solo entre tantos. Pero no fue larga para el aguante, ese tesón existencial que se forja cuando el tiempo curte el dolor y lo convierte en ánimo, en disposición para seguir tercamente, con el empuje del cansancio que no cesa en ser impulso de pedaleo, de vida.

Además, es una lucha del ciclista con la imposición del afán por el éxito. Lucha para nada alejada de la del ciudadano convencional que suda las jornadas aceleradas y extenuantes, motivadas por la promesa de la ganancia, por la selección de la suerte o por la exigencia del aplauso. Son los tiempos de la vanidad, la exposición y el elogio. Todo se ve con el lente del triunfo, sin contención ni espera para que la energía se concentre y se disponga hacia otros fines. Por eso, aguantar también es ir al paso propio, exigirse hasta el límite de lo posible, sin la obsesión estrafalaria por la victoria.

En el Tour, Rigo revivió el sentido de los ascensos que hay que dosificar, domar en cada curva mientras la sombra de los contendientes se escapa sin retorno. El fin se vuelve íntimo, abstraído de registros de tiempos y cuentas para ocupar un puesto más o uno menos. Se debe soportar el peso propio, la cabeza que quiere más y las piernas que detienen la marcha. Es una de las contradicciones vitales más notorias: el deseo contra el poder.

Hasta la etapa 17, Rigo pertenecía a los elegidos del podio. Era segundo y su aguante daba para esperar que se sostuviera hasta el día parisino. Sin embargo, durante esa jornada se transformó la ilusión, esa que tanto alienta cuando el camino es expedito, pero que tanto cuesta cuando las condiciones son adversas.

En la exageración del Col de la Loze, una subida de 21,5 kilómetros al 7,8 %, Rigo no pudo seguir los ataques de sus adversarios. A falta de 10 kilómetros, Urán aguantaba con brío las arremetidas y las emboscadas de la carrera. Se veía suelto, intrépido, capaz de atreverse a seguir cualquier rueda. Se notaba sin deficiencias, como si subiera luego de tomarse un tinto en Concordia o en Venecia, o como si pedaleara con conocidos por Las Palmas. Kilómetros adelante el ímpetu mermó. Empezó la pérdida de tiempo. Urán bajó su ritmo y vio que en las curvas se iban las ruedas que debía seguir. La tarea ya era otra. Aguantarse a sí mismo, sin cuestionamientos, sin reproches; encontrar el ritmo. Fieles a la sombra de Pogačar, el amarillo imbatible, Vingegaard y Carapaz, rastros cercanos de una lucha casi sentenciada, también se iban del lado de Rigo, lo dejaban a su suerte de aguantador hasta que la carretera terminara por ponerlo en su sitio.

Tal vez Rigo recordó los mangos de Sopetrán, el cardamomo de Jericó o las granadillas de su natal Urrao. O quizá pensó en su esposa y en su hija. Algo tuvo que pensar para que no se le rindiera el aguante, algo para ir a rueda, ya no de otros, esta vez de sí mismo, quizá una tarea mucho más difícil.  Ser obstinado con la vida, indignarse contra el ideal de vencimiento e insistir sin esperar una ayuda. Y si la ayuda llega, recibirla con agradecimiento, pegarse a ella y seguir a rueda, siempre para arriba, como los años cuando se hizo evidente la dureza de los caminos. Sergio Higuita fue el escudero, el faro, la guía. Higuita fue el consuelo y la entrega, compañía para mermar las pérdidas, con la valentía de no dar el brazo a torcer.

La etapa 18 encadenaba dos clásicos del Tour. El Col du Tourmalet, uno de los puertos por excelencia, que algún loco periodista deportivo, Alphonse Steinès, aprobó como paso para la edición de 1910 luego de perderse en medio de la nieve. Tras ser rescatado, Steinès lanzó una mentira heroica, que descubrió este puerto para el Tour: “Atravesado Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable”. Una de esas mentiras que exigen perdón, por supuesto. No ocurre lo mismo con los ciclistas que suben los 17,1 kilómetros al 7,3%. Ellos no pueden mentir. Hay o no hay piernas. Si no las hay, como fue el caso de Rigo, la obligación es resistir, atisbar la cima de vez en cuando y aguantar a una cadencia que permita salvar el paso montañoso.

Rigo descendió sin guardarse, sin miedo de la caída. Descendió sin poder conectar con el grupo de favoritos y llegó a Luz Ardiden, el puerto final de esa etapa, para soportar los últimos 13,3 kilómetros de ascenso al 7,4%. A aguantar sin impaciencia, con la tranquilidad que piden los momentos contrarios al deseo, firme en la necesidad de llegar y afirmar que eso también es el ciclismo: llegar vaciado y con el deber del esfuerzo. Otra minutada le vino encima y bajó al puesto diez de la general. El puesto del aguante, no cabe la menor duda.

La constatación

“Siempre París para soñar” dice la canción. París de sueños en bicicletas que ruedan por las calles para recibir el agradecimiento. El día de la premiación y de la luz de la tarde cayendo hasta despedir a la caravana en un cerco de melancolía por los días de empeño, imagen que trae a la mente unas líneas de Modiano concretas en descripción y poesía: “No me entra la melancolía a esa hora, ni tengo la sensación de que el tiempo huye. Sino de que todo es posible”.

Por ese París, Rigo lanza una sentencia sobre su desempeño en el Tour. La lanza mientras camina con Sergio Higuita, escudero hasta en las sentencias callejeras, lejos de las bicicletas y sin las señas de tortura en el rostro. Ironiza sobre los fines de éxito, se ríe y vacila, tal vez sin saberlo, de las premuras de los días. “No hicimos un culo nuevamente”.

Rigo volverá al valle rodeado por las curvas del río. Se sentará en un café del parque y saldrá de nuevo en su bicicleta por las vertientes del suroeste antioqueño. Volverá a ir a rueda, por pasión y para repasar las lecciones del aguante. De eso no cabe la menor duda.