En medio de una clase política y un ecosistema de medios de comunicación que suelen ignorar los acontecimientos internacionales, resulta valioso el interés de Gustavo Petro por inscribirse dentro del movimiento progresista global…

 

Por Edgar Quintero Herrera

Entre los políticos con aspiraciones presidenciales, Gustavo Petro es quien hace un mayor esfuerzo por integrar los acontecimientos internacionales a su discurso, interpretando sus claves bajo el proyecto político que tiene para Colombia.

Dos ejemplos recientes.

El 14 de enero celebró en su cuenta de Twitter la foto del primer Consejo de Ministros del nuevo gobierno de coalición en España, conformado por el Partido Socialista, la tradicional formación socialdemócrata, y el partido de extrema izquierda Unidos Podemos. La histórica imagen le sirvió para atacar a Sergio Fajardo por negarse a apoyar su candidatura en la segunda vuelta presidencial del 2018 y frustrar, según su lectura, un gobierno progresista en Colombia.

Los devastadores incendios australianos también fueron objeto del discurso político de Petro. La denuncia sobre los efectos del cambio climático y la necesidad de transitar hacia un modelo de energías limpias son pilares fundamentales de su propuesta política. Las trágicas imágenes que circularon por las redes sociales le permitieron enfilar sus críticas contra la política minero-energética del país.

En medio de una clase política y un ecosistema de medios de comunicación que suelen ignorar los acontecimientos internacionales, resulta valioso el interés de Gustavo Petro por inscribirse dentro del movimiento progresista global y su capacidad para identificar los problemas nacionales con poderosas corrientes mundiales.

Dentro de la particular relevancia que el principal político de la izquierda colombiana le da a la política internacional, quisiera destacar dos hechos que provocaron un gran despliegue de su aparato discursivo y que involucran a dos países centrales en la política exterior del Estado colombiano: el asesinato del general iraní Qasem Soleimani por órdenes del gobierno de Donald Trump y la fallida reelección de Juan Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela.

Desde el 3 de enero, el día que el poderoso militar del régimen de los ayatolas fue asesinado por el Ejército de los Estados Unidos, Gustavo Petro interpretó el escalamiento del conflicto bajo el lugar común de los críticos de la política exterior de la superpotencia norteamericana: la supuesta voracidad energética que determina sus incursiones militares en Oriente Medio, ávida de los millones de barriles de petróleo que se producen en la región.

La sed petrolera de los Estados Unidos como el norte de su política exterior es una interpretación que Petro ha formulado en diversas ocasiones, como cuando afirmó, el 23 de enero del 2019, mientras un desconocido diputado se autoproclamaba presidente interino de Venezuela, que la sorprendente jugada de Juan Guaidó y su amplio reconocimiento internacional se reducían a “una lucha frontal por el control del petróleo”.

El tiempo, pese a que el conflicto entre Irán y los Estados Unidos le restan, con seguridad, una serie de episodios críticos, ha demostrado las erráticas interpretaciones de Petro. Fotografía / Excelsior.

Vaticinios que no se cumplen

En paralelo, Petro decretó el inicio de la Tercera Guerra Mundial y afirmó, haciendo uso de un análisis prefabricado y periódicamente empleado, otro lugar común, que el asesinato de Soleimani responde a la política interna norteamericana, marcada por el juicio político que se adelanta contra Trump y las elecciones presidenciales en noviembre. Una cortina de humo que atice el nacionalismo y le allane el camino a la reelección.

El tiempo, pese a que el conflicto entre Irán y los Estados Unidos le restan, con seguridad, una serie de episodios críticos, ha demostrado las erráticas interpretaciones de Petro. No se ha desatado un conflicto internacional y diversos analistas observaron en el posterior ataque iraní a una base aérea norteamericana en la región, así como a la mesurada respuesta de Donald Trump, una forma de apaciguar los ánimos entre los dos países.

Si, además, se rastrean las múltiples declaraciones de Trump en contra de la participación de los Estados Unidos en conflictos internacionales, o las promesas de campaña a su electorado de tendencias aislacionistas, el manido argumento de la cortina de humo se resquebraja.

Gustavo Petro, claro, es un político de izquierda y no un riguroso analista de política internacional. Me temo, sin embargo, que para demostrar un interés tan destacado por el mundo emplea, sin imaginación, los tópicos del anti-imperialismo latinoamericano.

La impredecible política venezolana y el caos institucional provocado por el autoritarismo del gobierno de Nicolás Maduro, fue el segundo hecho donde Petro concentró su arsenal ideológico.

El 5 de enero, una operación política dirigida por un sector de la oposición y apoyada por la minoría chavista en la Asamblea Nacional impidió la reelección de Juan Guaidó como presidente del órgano legislativo y proclamó al opositor disidente Luis Parra, denunciado por hacer parte de una sofisticada red de corrupción que incluye a empresarios cercanos al régimen chavista.

Después de las imágenes lamentables que llegaron desde el centro de Caracas, que incluyeron el frustrado intento de Juan Guaidó por saltar un muro para ingresar al hemiciclo, Gustavo Petro lanzó, básicamente, tres mensajes.

El primero, su respeto por el procedimiento que la coalición de Luis Parra empleó para proclamarlo como nuevo presidente de la Asamblea Nacional, pese a las múltiples irregularidades denunciadas por el grupo de diputados que acompañaron a Juan Guaidó. De hecho, el fuerte control policial que desplegó el Gobierno sobre el hemiciclo, y que impidió el acceso de Guaidó, fue para Petro un simple error que luego fue utilizado para deslegitimar la votación.

El segundo, su oposición a la condena que el gobierno colombiano expresó frente a los acontecimientos del 5 de enero. Una condena que fue secundada, entre otros, por los gobiernos de México, partidario de una mesa de diálogo que solucione el prolongado conflicto político en Venezuela, y de Argentina, presidido por el político progresista Alberto Fernández y donde tiene asiento, como vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, una aliada histórica del chavismo.

Finalmente, tachó como fracasada la política del Gobierno de Iván Duque frente a Venezuela y sugirió cambios profundos en su formulación. Entre estos, la normalización de las relaciones con su institucionalidad, incluidas las nuevas autoridades de la Asamblea Nacional elegida, según él, de forma legítima. La promoción del establecimiento de un diálogo en Venezuela y una política de exportación de alimentos para frenar la masiva y creciente inmigración de venezolanos.

Los cuestionamientos de Petro al chavismo se han concentrado, sobre todo, en la elección del modelo económico venezolano, basado en las rentas petroleras. En la imagen, Juan Guaidó y Luis Parra. Fotografía / Cortesía.

Ambigüedades petristas

La posición de Gustavo Petro frente a Venezuela y la deriva autoritaria de su gobierno siempre ha sido ambigua. Incómoda. Su entusiasmo inicial con el proyecto de Hugo Chávez, compartido, hay que recordarlo, por la mayoría de la izquierda latinoamericana, incluyendo, como no, a la colombiana, se fue diluyendo con el tiempo hasta transformarse en una posición crítica.

Los cuestionamientos de Petro al chavismo se han concentrado, sobre todo, en la elección del modelo económico venezolano, basado en las rentas petroleras. O en su incapacidad para superarlo y consolidar un modelo de desarrollo industrial, productivo y sostenible. Sin embargo, las decisiones políticas del régimen las ha puesto, de manera reiterada, en un segundo plano.

Según la interpretación de Petro, la emergencia política y social que actualmente vive Venezuela es producto, casi natural, del modelo rentista del país. Y me temo que el determinismo económico de Petro no sólo es una explicación simplista de la tragedia humana que padece el país vecino, sino una forma velada de matizar la responsabilidad política del chavismo. De exculpar a sus dirigentes de la concentración paulatina de los poderes públicos, la persecución a la oposición política y la instauración de un régimen corrupto y autoritario.

No puedo prever, ni advertir, que un eventual gobierno de Gustavo Petro adoptará, automáticamente, sus posiciones en materia de política exterior. Los intereses, los compromisos y las presiones del Estado colombiano superan los sesgos ideológicos de cualquier dirigente, incluidos y sobre todo los del Presidente. La relación estratégica con los Estados Unidos y la complejidad para gestionar una crisis sin precedentes como la de Venezuela, superan el anti-imperialismo y la complicidad velada de Petro con la dirigencia chavista.

No está de más, sin embargo, conocer los reparos de un firme candidato presidencial con el principal socio político y comercial de Colombia, así como su débil compromiso democrático en la peor crisis social e institucional del continente.