Lo que callan los santos

 

Santos02Grises

 

Texto: Elbert Coes

Ilustración: Conrado Barrera

 

II

 

Daniela me llamó el martes, para anunciar que regresaba a Washington por cuestiones de trabajo, y que las mujeres regresaban a su casa. El miércoles por la mañana un siquiatra encargado del caso de Amanda me contactó para que lo viera en su consultorio, a media hora del Orfeo. Supuse que Daniela le había dejado mis datos.

Jerome viajaría esa tarde a Los Ángeles para luego partir a Cuba. Le pedí que antes de irse me acompañara a ver al siquiatra. Como se le despertó la curiosidad, comenzó a hacer preguntas, y en el camino le conté la historia de Amelia Pérez.

—Tomé algunas fotografías de su cabeza —dijo el médico—, le realicé varios test y otros exámenes de rutina para determinar su condición. Por descarte también se los hice a su hija, en caso que tuviera alguna enfermedad hereditaria y que no pudiera detectarse en Amanda. Ya sabe usted que el cuerpo humano tiene sus cosas raras; portadores no contagiados y cosas así.

Algo tenía idea

—Todos los resultados fueron negativos —dijo.

—Y eso quiere decir…

Quiere decir que la señora está absolutamente bien. No tiene o padece afección alguna fuera del contexto de lo normal producto de las lesiones que ha sufrido en los últimos días.

—¿No es posible que ella misma se esté haciendo las heridas?

—Ciertamente en muchos casos el paciente suele lastimarse con tal de llamar la atención. Verá, señor Rice, este no es el caso. Para eso son los test. La mujer tiene tanto amor por sí misma como el que tiene por su hija —dijo—. No entiendo por qué, al igual que usted, qué es lo que le está pasando. Eso, sí, definitivamente Amanda tiene perfecto conocimiento de lo que le está sucediendo. Y puede decirlo, si no quiere que su hija lo sepa, por medio de escritura. Ella sabe escribir —dijo—. Esto ya no le compete a la medicina, señor Rice. La mujer no tiene culpa alguna, pero puede asegurarle que está bien. Así que mi diagnóstico es este: la paciente está en buena forma mental. Que esconda la verdad es otra cosa.

—Comprendo.

Me entregó la carpeta de los resultados y nos despedimos.

Después de dejar a Jerome en el aeropuerto regresé a Indicia Inc. Desde ahí llamé a la policía para preguntar por el caso. Insistieron en que nadie entraba o salía de casa de Amanda, que ya habían revisado unas cuatro o cinco veces.

A las 5:15 llamé a Daniela pero no respondió más que la voz de una computadora. Dejé el mensaje para que me llamara lo antes posible.

Esa noche en casa, abrí los resultados clínicos de Amanda y los repasé uno a uno minuciosamente. Todo estaba bien, tal como lo había mencionado el doctor Newville.

A la mañana siguiente, llevado por mis instintos, antes de ir a la oficina pasé por la casa de Amalia. La encontré llorando y golpeada otra vez. Las llevé a mi casa. Llamé al doctor Stevenson, mi médico personal, quien la revisó, le mandó analgésicos y antibióticos después de poner paños sobre los moretones. Luego se marchó.

Mientras Amalia dormía en uno de los cuartos del segundo piso, me llevé a la hija a la cocina, donde le di a comer leche y galletas.

Valentina llamaba a mi teléfono. La ignoré, con la idea de devolverle la llamada luego.

—Natalie, ¿sabes quién le hace esto a tu madre?

—Nadie —dijo—. Solo están ahí siempre.

—No te entiendo, ¿podrías contarme como fue esta mañana?

—Fue ayer —dijo—. Yo hacia mi tarea, luego fui a su cuarto. Estaba llorando y quejándose.

El teléfono sonó. Era el inspector de la policía, Ronald Méndez.

—Señor Rice —dijo—. Tengo entendido que usted se llevó a la familia Pérez a su residencia, ¿es eso cierto?

—Sí, así es, inspector, la señora volvió a…

—Bien, solo quería confirmarlo —dijo y colgó.

Subí a ver a Amalia. La encontré despierta y sentada en la cama. Tomé un lapicero de la mesa de noche de la misma habitación y una hoja de papel. Un cuaderno y lo puse junto a ella.

Arrastré una banquilla y me le senté en frente.

—Amalia. Sé que no quieres dejar a tu hija sola —le dije—, pero no podrás verla crecer si sigues permitiendo que alguien te haga estas heridas. Acabarán contigo en menos de lo que nos podamos imaginar. Sé que sabes quién te hace esto y necesito que me escribas su nombre en el papel.

La mujer me miró tranquila, de alguna forma a pesar de sus heridas reflejaba cierta paz. Tomó el lapicero y la hoja, y en el cuaderno escribió: Hernán, mi ex esposo.

Incrédulo, me levanté de la banca y comencé a dar vueltas. Sabía que ello no me competía, pero su situación me absorbía. Ello se reflejaba en los repetidos timbres del celular y ahora del teléfono. Contesté.

—¿Qué es lo que pasa contigo que no vienes a trabajar? —dijo—. Y si vienes, sales y entras como si fueras el del correo. ¿Pasa algo que debería saber? ¿Por qué no contestas?

—No es nada, Val. —Ya teníamos la suficiente confianza para poder tergiversar su nombre de esa forma—. Estaré ahí por la tarde, ya te explicaré.

Regresé con Amalia.

—Ya es momento de dejarse de burlas —le dije—. Trabajo con caricaturas no con casos como el tuyo ¿ves? No puedo dejar que esto me perturbe ahora. No eres mi responsabilidad, así que tienes que hablarme seriamente para saber a quién debo denunciar. Tienes que ayudarme porque Daniela al parecer salió huyéndole a esto, y sólo ella tenía la intención de solucionar tu problema. Y sé que eso es lo que quieres, que se acabe.

La mujer asintió moviendo la cabeza mientras las lágrimas rodaban por su mejilla. Luego comenzó a escribir otra vez. El timbre de la puerta sonó afanado.

Lo juro por Dios, es mi ex esposo. Escribió. Y decepcionado fui a atender la puerta.

Afuera había un detective, acompañado de dos policías.

—¿Jonathan Rice?

Asentí.

—Sí. Así es.

Me dio la impresión de que había violado alguna ley y venían por mí. Al fin.

—¿Algún problema?

—Soy el detective Cristhian Turner. Vengo de parte del Inspectro. Me dijo que tenía que mostrarle esto.

Un disco compacto.

—Una grabación —dijo.

—Está bien, lo veré en un rato —le dije—. Ahora tengo que ir a trabajar.

—No, señor, es menester que lo vea ahora. Tiene que ver con el caso de la señora Pérez.

—Debí suponerlo.

—Pusimos una cámara en la casa de la señora antes de dar por cerrado el caso. Lo habíamos olvidado. Esta mañana, muy temprano, pasamos a recogerla. La revisamos en la estación y…

Les dejé entrar y fuimos al estudio donde insertamos el disco en un DVD el cual comenzó a reproducirse. Estaba editado para correr lo que necesitábamos ver. A un lado de la pantalla estaban fecha y hora del suceso.

Ocurrió justo del día anterior…