En uno de los apartes del texto de Henao puede leerse: “No alcanzo a comprender cómo en el marco de la celebración del Día del Idioma, en la ciudad de Pereira se debe leer una novela de un escritor ajeno a nuestros intereses”.

Por: Gustavo Colorado Grisales
Acabo de releer por enésima vez mi ejemplar de hojas amarillentas de El mercader de Venecia y, como sucede cada vez que vuelvo a sus páginas, lo siento más propio que muchos libros en los que de manera deliberada y con espíritu proselitista se exaltan los valores vernáculos haciendo énfasis en una mal entendida concepción del color local. Como en todas las obras de Shakespeare, en la historia que nos ocupa se despliegan la ambición, el deseo, la codicia, las ansias de poder, el miedo, el amor y la crueldad. Es decir, todas aquellas cosas que, para bien o para mal, nos hacen humanos.

¿A cuento de qué viene la introducción? Adicto a la lectura de periódicos y revistas viejos, me encontré un texto firmado por Luis Jairo Henao, titulado: Por la inclusión de la literatura pereirana. Paranoico como vivo por la manía del lenguaje incluyente y políticamente correcto sospeché lo peor: Una cruzada para promover la perspectiva de género en poemas, cuentos y novelas o algo parecido. Ustedes ya saben: Todo eso de los jóvenes y las jóvenes, los ingenieros y las ingenieras.

Pero mis temores se quedaron cortos. En realidad se trataba de una diatriba contra las autoridades culturales de Pereira ¿El delito? Haber contratado para la celebración del Día del Idioma, el 23 de abril, al escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor para una lectura en voz alta, complementada con charlas en establecimientos educativos, de su novela La ceiba de la memoria.

Justo en ese punto comencé a extraviarme. Durante años, las quejas fluyeron en sentido inverso: Jamás íbamos a mejorar la propia obra si no teníamos oportunidad de entablar un diálogo fructífero con el mundo a través del conocimiento de autores de otras latitudes. No sobra precisar que la premisa era y seguirá siendo coherente. El concepto mismo de cultura implica el intercambio permanente con las expresiones de los otros. Así se enriquecen las músicas, las literaturas y las artes plásticas en todos los rincones de la tierra. Ya lo sabemos: sin las pinturas de anónimos artistas africanos no tendríamos hoy la obra de Picasso. Para llegar al rock, pasamos primero por el jazz, el soul, el gospel, el blues y la llamada música clásica. En ese sentido, hablar de culturas híbridas resulta redundante: Lejos de ser un resultado, la mezcla es una necesidad. O si no que lo digan la cantidad de hijos tarados engendrados por las familias endógamas.

En uno de los apartes del texto de Henao puede leerse: “No alcanzo a comprender cómo en el marco de la celebración del Día del Idioma, en la ciudad de Pereira se debe leer una novela de un escritor ajeno a nuestros intereses”. ¿Los intereses de quienes? Sería la primera pregunta a resolver. En lo que me toca, me interesa leer los libros de autores chinos, polacos, rusos, gringos, ingleses, argentinos, nigerianos, mexicanos, españoles, italianos, colombianos y todos los demás. Mientras me ayuden a conocerme y a entender el mundo serán todos bienvenidos y si les pagan buenos honorarios, mucho mejor. La verdad, no veo porqué los pocos lectores de esta ciudad tendrían que resignarse a leer solo a los escritores locales con quienes, para acabar de completar, se encuentran en la calle varias veces a la semana, lo que ya es demasiado para un pobre mortal. Por lo demás, no solo me interesa la gran literatura. Fiel a mi condición de adicto, también leo las notas deportivas, los registros judiciales, las páginas de sociedad ( no sea que la mujer que me abandonó se haya casado y sea yo el último en enterarme) y, por si las dudas, el horóscopo.

En el último párrafo, el autor del artículo cierra su catilinaria con la siguiente declaración: “Me gustaría una explicación sobre semejante insulto. En lo particular, me siento agredido…” Mientras los funcionarios públicos aludidos le responden me adelanto a precisar que en el caso del escritor invitado, lejos de verlo como un insulto, me sentí halagado de tener en casa un huésped de su talante, como me alegra que por aquí pasen autores de la talla de Alberto Salcedo Ramos, Antonio Caballero, William Ospina, Darío Jaramillo Agudelo, Germán Castro Caycedo o Alfredo Molano. La prosa y la poesía de algunos de ellos no son de mi predilección. Pero en todo caso su presencia entre nosotros resulta más saludable y refrescante que esa insólita invitación a mirarnos el ombligo.

Enlace al artículo citado :
http://www.eldiario.com.co/seccion/CULTURA/por-la-inclusi-n-de-la-literatura-pereirana120421.html