Me remite al viaje, también a la transición. No puedo evitar el recuerdo del sueño. De la parálisis. La composición se disemina por el lienzo y yo me adentro.

 

Por / Mateo Ortiz Giraldo

“Mamá tengo miedo”. No puedo gritar. ¿Qué ocurre? Veo formas inmóviles o solo móviles por el pavor de la inmovilidad. Es un sueño, está claro. A pesar de saberlo, de tener consciencia de ello, tengo miedo. Se lo grito a mi mamá que está junto a mí, pero el sonido se ahoga, como si estuviéramos bajo el agua. Sigo viendo esas formas móviles y mamá no hace nada.

Cada vez que veo una pintura de Pollock pasa lo mismo: me sobreviene ese recuerdo de mi primera parálisis del sueño. Claro, nunca he visto una pintura de Pollock de frente y espero que cuando lo haga, no pase por el ridículo de desmayarme. Ese recuerdo se adhiere a las formas y las formas, fijas en su movilidad congelada, me devuelven la mirada con una risita cínica.

A saber. Paul Jackson Pollock nació en 1912 en un pueblo llamado Springs (la primavera, el color y el hastío). Tuvo una vida plácida, aparentemente. Pero, como toda placidez, la tormenta se desataba dentro. Las crisis neuróticas lo acometían y el joven Pollock ya famoso, sufría y se constreñía como un poseso. De allí la angustia de sus pinturas; sensación que se oculta y juega entre los golpes del pincel.

Un juego que llega en forma de mirada sarcástica hasta a mí ahora que detallo, haciendo zoom, el mural que Pollock realizó en 1943 como pedido para Peggy Guggenheim. El pincel describe movimientos sueltos, como de agua que se mezcla con aceite y se estanca. Me remite al viaje, también a la transición. No puedo evitar el recuerdo del sueño. De la parálisis. La composición se disemina por el lienzo y yo me adentro. Pongo mis piernas dentro de la pintura y me consume. Es ácido, Pollock es lisérgico, es corrosivo.

Me repito: “Mamá, tengo miedo”. Muchas veces, Pollock en un mural que se recrea en la pantalla que se transforma en miedo en mi recuerdo. Me repito que tengo miedo, así como el pintor lo tuvo cuando los accesos de neurosis le sobrevenían. Un miedo inerme y profundo. Entrelazado con las formas de sus pinturas, con las manchas, las salpicaduras; esas figuras que cada vez se hacían más complejas e inimitables.

Me adentro en Pollock y así me adentro en la sensación futura del despojo.