Ex-libris Martín-ChocoloCapítulo V. Ritual y contemplación

El papel deambulante

 Por: Martín Rodas

Al otro día, sentado en una de las sillas del Parque Los Fundadores, El Deambulante miraba fijamente las grandes montañas que se perfilaban al fondo. Eran como una secuencia de pirámides que iniciaba en el morro Sancancio, instalado en el centro de la ciudad y que la desafiaba, pues los habitantes de esta veían en él un ‘accidente’ geográfico que les molestaba, que obstruía el desarrollo.

Nunca había pensado en la connotación de esa palabra, ahora tenía tiempo para hacerlo: ‘Accidente. Claro, es que el lenguaje expresa toda una carga ideológica y política. Se les da el nombre de accidentes a los fenómenos de la naturaleza porque se consideran aberraciones’, pensó. Miró largamente sus zapatos desgastados y continuó en las disquisiciones mentales. ‘O sea que estamos enfrentando a la naturaleza con nuestra idea de un mundo que debe ser plano, transitable y cómodo, y estos… accidentes… impiden que transitemos libre y soberanamente sobre nuestros territorios’. Volvió a mirar las montañas que le daban el fondo perfecto a lo que pasaba por su mente. ‘Esta ciudad siempre ha conservado ese carácter de lucha entre sus habitantes y la naturaleza. Desde sus inicios, los colonizadores intentaron, después de destruir la selva, aplanarla para someterla a los cánones impuestos por los planificadores, la modernidad y el desarrollo. Querían una ciudad cuadriculada, controlable, y ese desorden topográfico era una aberración que debía ser extirpada’.

El Deambulante, inmerso en estos pensamientos, no escuchó el saludo que le hacían.

¡Hola Deambulante!… Deambulante… Deambulante… ¿Qué le pasa?…

¿Ah?… ¡Hola hermano!, qué pena, estaba meditabundo, ¿qué más?

Pues no hermano, que lo vi y pensé que de pronto podíamos hacer la vaquita para el chirrinchi.

¡Uy hermano, qué bacano!…, pero ¿cómo estamos de denarios?

Pues ahí verá, tengo mil.

Yo tengo también mil.

Eso hermano, compremos el ‘Cristiano’ y nos preparamos un coctelito.

Era muy temprano, como las siete de la mañana. El Deambulante sabía que los chirrincheros llegaban muy temprano, como él, pues el insomnio no les dejaba quedarse más tiempo durmiendo. Quien había llegado era Pescuezo, a quien le había cogido mucho cariño, y se alegró de iniciar la jornada de ese lunes con él.

Ajustaron entre los dos mil trescientos pesos: mil para la botella de alcohol Cristy a la cual donominaban cariñosamente Cristiana y el resto para dos bolsitas de yogurth de mora y fresa con el cual le daban un toque de coctel al preparo.

Fueron a la tienda de Josías, quien ya sabía a qué iban. Éste sacó una botella del alcohol de noventa grados y dos bolsitas de yogurth, todo lo cual metió en una bolsa negra para disimular. Josías los estimaba y a veces les fiaba cuando no tenían ni para el alcohol, pues él mismo de vez en cuando frecuentaba las tertulias del parque ya que era también un solitario empedernido, abandonado y bohemio que eran los requisitos implícitos para pertenecer al club de los chirrincheros.

Cuando regresaron al parque encontraron a Olafo, quien celebró la llegada de El Deambulante y Pescuezo con inusitada alegría:

Hombre muchachos, mi diosito sí es muy bueno, pensé que me iba a quedar hoy solo, pero vea, que aparecen ustedes y todo se ilumina.

A Olafo también le decían ‘El Alquimista’, pues era el experto en la preparación del licor  o chirrinchi propio del parque y al que bautizaron como “El Repotente”. La fórmula consistía en:

Ingredientes y elementos:

Una botella de alcohol Cristy o ‘Cristiano’, como ellos lo llamaban,

Dos bolsitas de yogurth de mora o fresa,

Una botella de aguardiente, de litro y vacía,

Agua.

Preparación:

Se echa agua en la botella de aguardiente vacía hasta las tres cuartas partes, se le agrega media botella de alcohol Cristy, una bolsa de yogurth y luego se agita hasta obtener una especie de coctel.

Nota: queda todavía alcohol y yogurth para preparar otra botella de Repotente.

Todo el ritual de la preparación de este licor, lo ejercía Olafo ‘El Químico’ de una manera ceremoniosa, como si estuviera oficiando misa y el licor fuera la sangre de Cristo. El último acto de este ritual consistía en levantar la botella a contraluz del sol o de algún farol cuando era de noche (a no ser que hubiera luna llena), y revisar con ojo clínico su color; luego El Químico olía su contenido y sorbía un poquito catándolo en su boca con unos buches rápidos sucedidos de un… ‘¡Aaaahhh!’… deleitoso que daban el toque de aprobación de la calidad del producto espirituoso.

El estilo para servirlo lo tenía Pescuezo, quien era especialista en coger las copitas con mucha delicadeza como si estuviera brindando el más exquisito trago del mundo; vaciaba en cada una de ellas el apetecido Repotente, para luego repartirlo con todos los honores del caso.

‘Hombre, eso sí me quedó muy bueno, ¿o qué muchachos?’. ‘Pues hombre Olafo, para qué que sí, usted le da una sazón especial’. ‘Muchas gracias, ustedes lo merecen… ¡salud!’, para luego sorber con placer extremo el contenido del recipiente plástico que había servido Pescuezo.

Oiga, Deambulante, qué pasó con el papelito que leímos anoche.

Aquí lo tengo hermano, ¿le gustó lo que dice?

Pues hermano, anoche después de que usted se fue, nos quedamos hablando de eso y nos pareció que ahí hay cosas que lo ponen a uno a pensar mucho. Sobre todo como en el caso de nosotros que mantenemos en el parque bebiendo y la gente piensa que somos unos desechables y nos tienen rabia o a veces pesar, pero no tienen en cuenta que de pronto es una actitud también como de rebeldía frente a esta mierda de sistema que es opresivo y nosotros encontramos la libertad aquí, bebiendo todo el día en un espacio abierto, en donde podemos hablar lo que nos dé la gana sin la presión de unos hijueputas encima de uno diciéndole qué tiene qué hacer…

‘Claro hermano, eso es clave’, dijo El Deambulante, mientras acomodaba sus gafas y miraba las montañas a lo lejos. ‘Nosotros no tenemos el problema de los otros, pobres seres que están sometidos al sistema y sus subsistemas, llámese familia, empresa, escuela y no sé cuántas más aberraciones para que uno no se atreva a salirse, a descarrilarse…’

Podemos ser borrachos, pero dignos, ¿cierto Deambulante?, dijo Pescuezo.

Claro Pescuezo, somos los más dignos.

Mientras tanto, Pescuezo ya había servido otro trago del elíxir, del Repotente, y los tres al unísono exclamaban un soberbio ‘¡Salud!’

Capítulo VI. Represión

Eran como las 10.30 a. m. y el grupo de contertulios se había ampliado notablemente. La mayoría esculcaba sus bolsillos buscando las moneditas que necesitaban para ajustar cada que se acababa El Repotente. El traguito así no faltaba, salía casi que regalado.

Los transeúntes pasaban. Algunos, distraídos en sus preocupaciones no notaban la presencia de los chirrincheros. Otros, con lástima, pensaban en estos pobres seres que habían caído a lo más bajo de la sociedad y musitaban una oración por ellos. Los más, observaban de soslayo con desprecio y repugnancia; para ellos eran la escoria que debía ser eliminada; muchos pensaban que solo una labor de ‘limpieza ciudadana’ podía extirpar este mal.

Tres policías que estaban de ronda, se acercaron al grupo.

Oiga, ustedes, ¿es que no saben que aquí no se puede beber?

Dijo uno, alto, moreno y con cara de escopeta que continuó:

Borrachos hijueputas, ¿cuándo será que los desterramos del parque?… ¿No les da pena?

En esas Pescuezo, que se encontraba de pie meditabundo, reaccionó espontáneamente y le dijo al policía:

Pena es un bolero.

¿Este borracho malparido fue que me vio cara de qué?

El policía sacó su bolillo (bastón de mando) y lo levantó con intenciones de descargarlo sobre Pescuezo, pero los compañeros se interpusieron solicitando al agente del orden para que comprendiera que… ‘Hombre señor policía, no le pare bolas que él está borracho y no se da cuenta de lo que dice’. Pero la voz de Pescuezo, potente y estentórea, sobresalía en medio de la algarabía y del parque, sacando a relucir sus conocimientos y su autoridad en los temas jurídicos, pues era un discurso que ya se sabía de memoria en estos casos que le sucedían a diario en el parque. ‘Es que ustedes no saben, señores agentes, con quién se están metiendo’, mientras tomaba impulso para continuar. ‘Yo soy abogado titulado’, gritaba a voz en pecho. ‘A mí nadie me gana, porque yo estudié leyes y conozco cuáles son mis obligaciones, mis deberes… pero también mis derechos como ciudadano, señores agentes’. Alzaba la barbilla, levantaba la mano derecha como si fuera a jurar sobre la Biblia y continuaba argumentando, sin importarle el bastón amenazante que todavía tenía levantado el policía: ‘Es que ustedes me tocan un pelo y su demanda la tienen hoy mismo, porque la ley es para todos, y más para ustedes que son quienes deben protegerla’.

Los policías se habían calmado un poco y decidieron retirarse, no sin antes sentenciar uno de ellos que era bajito y regordete:

De esta se salvaron, pero que no vuelva yo a pasar y los vea aquí, porque los levanto… ¡Se me van ya!

Y acomodándose la gorra y el uniforme instó a sus dos compañeros a la retirada, la cual hicieron con pasos lentos y firmes, mirando de vez en cuando y de reojo a los borrachitos que empezaron a empacar sus corotos: unas cuantas botellas del Repotente y las copitas de plástico que cada uno guardó delicadamente en los bolsillos.

De allí se dirigieron al otro parque que quedaba cerca, eludiendo cualquier encuentro con los policías. Era un desfile funambulesco de hombres y mujeres que se bamboleaban por el andén en una peregrinación desde la Meca a un sitio alternativo que les permitiría, si no los molestaban, continuar rumiando las horas de ese día que era como todos los anteriores y los que seguirían hasta que algún dios se acordara de ellos.