Ex-libris-Martín-ChocoloCapítulo VIII. Delirio

El papel deambulante

Los chirrincheros se limitaban a despertar en un mundo que les daba más de lo mismo. Sólo esperaban una mano amiga que les brindara un trago o una ayuda económica para hacer el ‘preparo’.

 Por: Martín Rodas

Locos, putas, maricas, gente de ‘bien’, policías, delatores, vendedores, jugadores de ajedrez, artesanos y chirrincheros se confundían en una marea humana delirante. Así era todos los días, hasta bien entrada la noche, porque los controles todavía no habían podido hacer que la gente dejara de amar, salir a la calle, al parque, aun asumiendo los riesgos que en esta época iban en aumento.

 -¡El papel, Deambulante!

Gritó alguien en medio de la algarabía. El Deambulante ya entrado en las delicias del alcohol, sacó del bolsillo de su saco la hoja maltrecha y amarillenta. La desarrugó lentamente, con ceremonia, como si fuera un objeto sagrado al que se debiera dedicación y atenciones. Lo miró fijamente, durante largo rato, como hipnotizado por aquel pedazo de papel que había encontrado extraviado en La 23.

Sí, el papel era también un deambulante, como él. Sus destinos se habían encontrado para seguir una misma ruta que sólo consistía en peregrinar eternamente, hasta el fin de los tiempos. Él lo había encontrado, lo había recogido y ahora era responsable de su suerte. Se podría decir que el papel también lo había encontrado a él.

-Oiga Deambulante, usted sí es mucho hijueputa, para qué saca ese papel si no lo comparte… mire cómo lo toca, lo acaricia… y nosotros aquí como con ganas de que nos diga otras cosas de ese papel…

-¡Ahhh… manada de malparidos, no jodan!, ese es un papel de mierda y no más; borrachos hijueputas como yo… bobos.

Nunca antes, El Deambulante había sido tan efusivo y tan grosero con sus amigos. Éstos intentaron comprender lo que le pasaba, pero en aquel ambiente de alcohol y delirio los asuntos del mundo se enredaban. El Deambulante había perdido el rumbo.

La noche entró en su momento más intenso mientras los chirrincheros caían rendidos, uno a uno, a sus encantos de ensueño.

Al otro día, varios del combo se encontraban dispersos en las mangas del parque, durmiendo la rasca. Muy temprano los feligreses se persignaron al observar aquellas almas que estaban en pena: ‘pobrecitos, han caído en las garras del diablo, ojalá mi dios los perdone’, y luego ingresaban a la iglesia para que ese mismo dios les perdonara sus culpas, no cometidas en el parque, sino en el hogar o el trabajo.

El Deambulante hacía parte de los que estaban tirados en la manga. El delirio no lo dejó llegar hasta la casa de su madre en el barrio viejo. Sintió que el abrigo de la luna y de las estrellas era más confortable que la cobija mugrienta y el colchón duro que diariamente lo acogían.

Hacia las ocho de la mañana aparecieron unos muchachos y muchachas con desayunos para repartir a los indigentes, que consistía en pan con chocolate. La fila en el parque se hacía interminable, personas menesterosas llegaban de todas partes y a veces se generaba una que otra trifulca en la repartición de alimentos. El Deambulante no hizo cola, porque le daba pena, a pesar del hambre aterradora que asolaba su estómago. Se incorporó lentamente, limpiándose las lagañas que afloraban en sus ojos y empezó a revisar el panorama.

A su alrededor había un montón de cuerpos tirados como si estuvieran muertos. Él sabía que estaban vivos, pero la imagen era sobrecogedora. Parecía una imagen televisiva de las que muestran masacres. Era un montón de cuerpos tirado a la mano y gracia de dios.

El Deambulante esperó sentado durante largo rato, no se atrevía a pararse del todo. Pensaba que sus amigos en cualquier momento dejarían aquellas posiciones dantescas para también incorporarse y empezar de nuevo el ciclo de ese día.

‘Hombre Deambulante, ¿qué hora es?’, preguntó de improviso Pescuezo.

Uy hermano, pensé que nunca iban a despertar, estaba asustado.

-Tranquilo Deambulante que estamos vivos; cuando estemos muertos no nos vamos a dar cuenta, afortunadamente.

Ojalá hermano.

-La hora, Deambulante.

Son como las ocho, hermano.

-Ay, hijodeputa, pero si es bien temprano.

Pues sí, hermano.

-¿Y los tragos?

No quedó nada.

-Grave la cosa.

Poco a poco, todos se fueron levantando hasta formar un cuerpo informe, desorientado e inconsciente. Parecían zombies. La otra gente los miraba y opinaban lo mismo que decían todos los días: que ‘pobrecitos’, que ‘borrachos hijueputas’, que ‘desechables’…

Los chirrincheros se limitaban a despertar en un mundo que les daba más de lo mismo. Sólo esperaban una mano amiga que les brindara un trago o una ayuda económica para hacer el ‘preparo’.