Capítulo XII. Crepúsculo
Por: Martín Rodas
Al otro día, de madrugada, sintió que alguien le llamaba. Despertó trabajosamente. Se limpió las lagañas y entreabrió los párpados que le pesaban como si fueran de plomo. Alzó los ojos y distinguió una figura apenas esbozada. Los volvió a cerrar y agachó de nuevo la cabeza. Volvió a sentir de nuevo el llamado y unos empujoncitos en su espalda.
– ¿Qué pasa?
– Deambulante, soy yo.
– ¿Quién?
– Yo, Deambulante…
Antes de que el otro terminara la frase, El Deambulante levantó su cabeza violentamente y fijó en él su mirada penetrante.
– Hola Deambulante, hermano, ¿cómo está?
– ¿Quién es usted?
– Pues yo…
– Ah, sí…
– ¿Ya se acuerda?
– Sí… sí…
– ¿Está bien?
– Sí, hermano.
– Está muy borracho.
– Para nada.
– De pronto bota el cuento que me mostró el otro día, el que ha escrito en esos papeles sobre el otro papel que se encontró en la calle, ¿cómo es que se llama?… ¡Ah, ya!, El Bando…
– No creo hermano, aquí lo tengo todavía, en mi saco…
– Deje yo me lo llevo para que mi amigo el editor lo vea…
– ¿Y eso para qué?
– Pues hermano, no sé, a mí me gustó lo que me mostró…
– Son bobadas.
– No hermano, no piense eso.
– Estoy borracho, hermano…
– Váyase para la casa.
– No quiero.
– ¿Qué quiere hermano?
– Más trago.
– Hagamos una cosa hermano; le traigo una botellita de traguito del bueno y usted me da sus papeles y yo se los guardo para que no los bote.
El Deambulante, en medio de esa maraña de pensamientos y sensaciones difusas vio que era lo mejor, pues confiaba en su amigo.
– Listo hermano, tráigala.
El amigo se fue por el licor, mientras El Deambulante se quedó escribiendo en los papelitos que a veces cargaba como un atadito en el sobaco y que sacó del bolsillo del saco:
‘El Deambulante, sentado en el parque Los Fundadores, miró a su alrededor, no había nadie, sólo él. Así pasó mucho rato. No llegó ninguno de los contertulios amigos y eso lo extrañó más, pues ya era hora de que estuvieran allí los chirrincheros. Pasó el tiempo de esa mañana y sólo el sol lo acompañó rayando el cielo con su fuego ardiente. Tenía una botella de trago fino que no sabía de dónde había salido. Sorbía tragos pequeños, pensando que sus amigos vendrían a reunirse con él para iniciar las interminables charlas que alegraban un poco su vida y que le hacían mucha falta. Siguió el día y no pasó nada. Sólo el sol canicular que derretía su alma. Agachó la cabeza, vencido por la espera, la nostalgia y el abandono.
Durmió un rato.
Sin recordar qué había soñado, elevó lentamente su rostro, pálido y sudoroso, para olfatear nuevamente su soledad. Mantuvo la cabeza firme, mirando las montañas del fondo, altas e imponentes. En lo más alto de la cordillera, la luz mortecina del atardecer encendió el cono del volcán que parecía una antorcha gigantesca. Las columnas de mármol negro ya no eran tan grandes como a él siempre le habían parecido. El Deambulante, borracho y delirante en todo su ser, también tenía los ojos encendidos, como antorchas, fijos en el horizonte que se iluminaba más y más, hasta que una luz resplandeciente lo inundó a él, y en ese momento supo que había llegado la hora”.


