Yo voy a votar por Petro, sin la menor duda, aunque no soy activista, pues tengo problemas para socializar. Mi actitud es más bien contemplativa frente a las cosas políticas…

 

Por Martín Rodas

 y sobre esta piedra se edificará la Nueva Colombia”, me dijo en estos días mi amigo Cipriano El Escribano en una de las charlas que sostenemos de vez en cuando en el Parque Caldas de Manizales. Él es un entusiasta militante de la Colombia Humana de Gustavo Petro y dedica sus días a hablar con las gentes del común para exponerles los puntos de vista de la campaña.

Yo voy a votar por Petro, sin la menor duda, aunque no soy activista, pues tengo problemas para socializar. Mi actitud es más bien contemplativa frente a las cosas políticas, pero cuando tengo la oportunidad y hay empatía para la conversación, disfruto del diálogo sobre estos temas de elecciones que nos ocupan hoy en día, aunque confieso que también siento rabia con las posiciones de quienes sin análisis ni crítica apoyan el continuismo.

Muchas personas, de las que escucho comentarios, hablan muy en voz alta sobre cómo el gran líder, el de la mano dura, dará el golpe definitivo a los bandidos y que en su gobierno reinará el orden gracias al imperio de la ley y la fuerza. Ésos, que desafortunadamente son cantidad, los veo como borregos que tienen su alma vendida al diablo, un diablo que los alimenta con su dosis cotidiana de venganza, odio y miedo.

Después de tantos cientos de años de violencia y terror en nuestra América, desde que llegaron los conquistadores, todavía campea por valles y montañas el viento del avasallamiento, ese que se expresa en las opiniones de quienes miran con admiración y asombro al autoritario que los maltrata. Es como el caso de la mujer que es golpeada por el marido y cuando, por denuncias de ella misma, se lo van a llevar los policías, ella, entre lágrimas y gritos de angustia, pide que lo dejen quieto porque el pobre no sabía lo que hacía… pero el “pobrecito” lo hacía cada que le daba la gana… Creo que a eso se le llama “Síndrome de Estocolmo”.

Y me da rabia, en estas elecciones, la actitud de los “sepulcros blanqueados”, esos que se lavan las manos como Pilatos en la toalla del voto en blanco. En la primera vuelta electoral, mis amigos los hippies y los punkeros me habían dicho que don Fajardo era un caballo de Troya, y estaban en lo cierto, pues con su voto blanquecido ha conducido parte importante de su rebaño a las toldas del totalitarismo; ése y don Robledo, por el que yo había votado en anteriores elecciones, están cumpliendo la misión perversa para la que fueron destinados. Don Robledo, creo que mi votico por usted lo he botado durante el tiempo que lo apoyé, ahora partirá hacia otros horizontes en donde haya posiciones verdaderas y transparentes.

La gente ha comido cuento con lo de que nos vamos a volver como Venezuela (lean el programa de la Colombia Humana sobre esto y sobre la minería… es que hay que leer), que viene la expropiación (a la que tanto le temen los pocos terratenientes dueños del país)… y muchas otras mentiras que calan en el imaginario de las personas alimentado desde los medios masivos de comunicación, que también temen perder sus monopolios. El programa de Petro ni siquiera es de izquierda, es capitalista, como él mismo lo ha dicho, pues propone volver propietarios a los campesinos jornaleros, para que tengan un pedazo de tierra y la vuelvan productiva, lo que se ha hecho en muchos países del mundo como él lo ha dicho varias veces: Estados Unidos, Japón, China, por ejemplo.

Frente a esto, la otra propuesta, desde el punto de vista histórico, es feudalista, pues se basa en conceptos precapitalistas que tienen su fundamento en que unos pocos sean dueños de la tierra y de los bienes materiales, a sangre y fuego, y que el resto de la población sólo sirva como jornaleros, peones y mano de obra barata. Petro lo que propone es volver ricos a los pobres, no volver pobres a los ricos. Esto se ha hecho en otros países de América Latina, con gran éxito, por ejemplo Uruguay con Pepe Mujica y Brasil con Lula.

Dejémonos de creer en mentiras y tiñamos el voto de colores, que el voto sea un arcoíris que permita el cambio que nuestro sufrido país necesita. No votemos por el negro-blanco, votemos por la diversidad multicolor que es esta tierra rica y hermosa merecedora de paz, dignidad, y justicia para todos y todas.