“Segundo Quijano”

o la mirada extática de Carlos Villegas

 

MARTÍN RODAS IZQPor Martín Rodas*

 

 “Por la calle voy dejando algo que voy recogiendo: pedazos de vida mía venidos desde muy lejos.”

Miguel Hernández

 

 

 

CUADRO PRIMERO

 

(Cazando “pispirispis”)

 Siempre lo veo por las calles de la ciudad agitando los brazos y cogiendo entre sus manos objetos invisibles. Es un ritual que me asombra por lo meticuloso y refinado. Primero fija la mirada en algo que aparentemente flota en el aire y luego se queda observando los movimientos del supuesto objeto, movimientos que imita con su cabeza; a continuación inicia una danza en donde sus brazos y sus manos se estiran y encogen siguiendo las fluctuaciones de lo que él está mirando, lo cual puede durar mucho tiempo, incluso horas. Por último, con un movimiento de arponero rápido y certero, agarra con su mano izquierda el objeto de sus deseos.

Lo que sigue es un ejercicio de interminable voyerismo en donde su ojo derecho ausculta el puño cerrado de su mano ahuecada, en la cual deja un pequeño orificio por donde mira intermitentemente el tesoro que ha cazado, un “pispirispis”.

Al final de su actuación, Carlos, exhibiendo una amplia sonrisa en el rostro, observa de nuevo su mano a manera de caleidoscopio, en una última mirada al pispirispis que ha cogido. Luego alarga el brazo lentamente, como si sostuviera el objeto más precioso y delicado del mundo… y con un gesto fugaz y poderoso despliega sus dedos como pétalos que se abren a la luz del sol… y sopla con fuerza, en un acto tremendo de liberación; a continuación empieza a aplaudir frenéticamente mientras brinca de un lado a otro cantando una canción de lenguaje desconocido.

Nunca veo lo que sale de la palma de su mano, pero siempre una brisa suave me acaricia el rostro en ese preciso momento y un leve sobresalto acelera los latidos de mi corazón. Me siento libre por un instante breve.

 

 

 

CUADRO SEGUNDO

 

(Volutas como espirales al más allá)

 En el café de la esquina, la mesa del fondo está ocupada por Carlos, quien con la mirada fija en el cigarrillo que se consume lentamente entre los dedos de su mano, parece una escultura de Rodin. La ceniza se ha acumulado hasta casi tocar su piel, formando un arco imposible que se resiste a la fuerza de la gravedad. El humo lánguido sube en volutas y trepa por su rostro pétreo y nietzscheano para luego dibujar amplias espirales que chocan contra las paredes y el cielorraso. Sobre la mesa redonda, una taza de café vacía y una hoja de papel completan el bodegón que ocupan la atención del artista.

Como siempre y en los casos en que él se encuentra extasiado, yo me ubico en otra mesa cercana a la suya, procurando no interrumpirlo, para contemplar su trabajo que consiste en trazar rápidas y fuertes líneas que representan, más allá de las apariencias, los rasgos de un mundo que sólo su mirada puede intuir. Una mano, un cigarrillo moribundo, una taza de café vacía, un papel con el boceto y su lápiz, constituyen la simpleza y la profundidad de la nueva creación.

anacrónica

Ilustración: Chucho Barrera Henao

Cuando termina, guarda cuidadosamente su obra en la carpeta que siempre lo acompaña, repleta de dibujos, y sale nuevamente a la calle satisfecho con el trabajo realizado. Después de esto, a mí me queda la sensación de haber sido testigo de la proeza de un sabio taoísta que algún día me narraron, porque tuvo la paciencia de años para trazar en un segundo con su pincel la obra maestra.

 

 

CUADRO TERCERO

 

(Tratados de vidalogía)

 

–          ¡Cierto, cierto que sí!

–          ¡Claro Carlos, estoy de acuerdo con usted!

–          Porque como decía el maestro…

Y empieza una larga perorata en torno a sus lecturas de los poetas malditos, de Nietzsche, de Van Gogh y otros de los cuales no tengo memoria. Rememora los detalles mínimos de sus obras y los ilustra con ejemplos propios que están en la carpeta que nunca abandona y siempre lleva bajo el sobaco. También acompaña sus palabras con escritos que ha garrapateado en hojas amarillentas que cuida como tesoros. Carlos nunca calla mientras siente que alguien lo escucha y sus ojos de mirada transparente y poderosa son el reflejo de lo que yo pienso que sólo él puede ver. La vida para Carlos es el saber de la mirada, el asombro permanente frente al mundo, el compromiso permanente con cada detalle, con cada gota de tiempo; su angustia es el sentirse en el centro de un torbellino vertiginoso y desbocado sobre el cual cabalga buscando eternamente el punto definitivo de la creación.

 

 

 

CUADRO CUARTO

 

(El deseo)

Señorita, niña hermosa, no me mires, no quiero que sepas que te amo, sólo pretendo trazar en mi bitácora el deseo que siento por ti, sólo eso, esbozar en mis papeles y con mi lápiz las huellas que dejas en mi alma. Por favor, no te muevas, deja que tu rostro permanezca un poco en mi memoria y que mi mano no olvide el suave contorno de tus mejillas. Así, así, poco a poco y lentamente saborea el elíxir negro que besan tus labios de la taza de café… así, así, no pares… que mis manos como arañas están retratando tu alma… Déjame presentir el tamaño de tus senos y el color de tus pezones… Déjame pensar que estoy entre tus piernas durmiendo el sueño más húmedo y el más profundo… Déjame abandonarme en ti sin tenerte… Déjame tatuar con mi firma este dibujo que para mí es como tu piel.

 

 

 CUADRO QUINTO

 

(Diatriba a los letrados)

Es que la inmundicia se pone corbata y habita los salones y los recintos de la hipocresía, porque si usted los ve actúan como muñecos de cuerda y sus rostros son máscaras inexpresivas y tristes, pero también temibles porque pueden aniquilar y en efecto aniquilan a quien se atreva a ser diferente… Es que la sociedad es cruel y el mundo tirano y por eso yo no creo en el sistema y me resisto a estar en el sistema y prefiero mi lápiz a cargar un fusil y pelié con mi papá y hasta peleo conmigo mismo porque a veces pienso que hubiera seguido la carrera que mi familia quería para mí, pero no, no es eso, yo quiero ser yo mismo… no quiero ser como esos intelectuales que son los títeres y que se juntan con los políticos y dicen qué es cultura y qué no es cultura… Yo no quiero eso ni estar con esos hijueputas, porque yo quiero ser yo mismo y que me dejen ser…

 

 

 CUADRO SEXTO

 

(El nacimiento de Segundo Quijano)

 El maestro Leonardo Quijano, el “primer Quijano”, iba siempre con su atado de periódicos bajo el brazo y también ofrecía sus libros, de los cuales uno en especial me impresionó cuando era niño: “Manuelito hermano suicida”. También vendía retratos por la calle de las personas que se los solicitaban. El viejo, durante mucho tiempo, recorrió la carrera 23 de cabo a rabo en interminables jornadas que le dieron a esta vía el sello característico del más irreverente de los irreverentes, el maestro Leonardo Quijano.

Mucho tiempo después de haber muerto el “primer Quijano”, apareció por las calles Carlitos, con su vestir particularmente elegante que siempre adornaba con un corbatín que todos los días reinventaba con infinidad de materiales y colores. Se convirtió en el contertulio de las personas que también dedicaban gran parte de sus días a recorrer la 23 de arriba abajo, de las cuales yo hacía parte. Su oficio era el de artista ambulante.

Siempre se reconoció como heredero de la tradición cultural de Leonardo Quijano y firmaba sus obras como “Segundo Quijano” y quiso seguir las huellas de su gran maestro. Esas mismas huellas han permanecido en mi alma por el resto de mi vida y son las huellas que de cierta manera sigo rastreando porque considero que en ellas está lo más auténtico de mi existencia creativa, porque tanto al primer “Quijano” como al segundo, los considero a su vez mis maestros.

 

 CUADRO SÉPTIMO

 

(Muerte y renacimiento de Segundo Quijano)

 Son las tres de la tarde y el parque Caldas rebosa de gente; el calor es sofocante. La escena es multicolor y niños, ancianos y personas del común se dedican simplemente a conversar o a mirar la gente que pasa. Parece un carnaval. De pronto, en medio del bullicio, se distingue un corrillo de personas que escucha a alguien que, en el centro, se dirige al auditorio.

Me acerco y pregunto por el personaje y me dicen que es un loco que se hace llamar Cipriano El Escribano y que está hablando pestes del sistema. Trato de seguir el hilo del discurso mientras observo detenidamente al hablante y de quien me sorprende su parecido con Carlos Villegas “Segundo Quijano”, que había fallecido unos años atrás. En ese momento, sus palabras invadieron mi memoria y tuve una profunda sensación de nostalgia por Carlos mientras desfilaban por mi mente y mi corazón instantes de encuentros y desencuentros con él… Pero ahora, en ese preciso instante y viendo ante mí a Cipriano El Escribano, me alegré en una especie de reencuentro con un ser que parecía extinto y olvidado… y que ahora renacía con gran fuerza… porque esa era la locura que hacía tiempo también había perdido.

Escuché largo rato a Cipriano El Escribano y desde esa misma tarde la mirada extática de Carlos Villegas “Segundo Quijano” volvió a surgir de la mano de este personaje que de nuevo deambula por la carrera 23 soñando con mundos mejores y utopías posibles.

 

* Poeta, escritor y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.