Pues yo le quisiera decir a este señor que debería pensar en sí mismo cuando alguien lo tratara de la misma manera, pues él también, según la edad que debe tener y en el sentido qMARTÍN RODAS IZQue habla de la vieja casona, ya habría cumplido también “su ciclo”

Por Martín Rodas*

 Cerca a Manizales, vereda Pueblo Rico, existe una región en las bellas laderas de la cuenca del río Guacaica que tiene un nombre evocador: “Casas Viejas”. Su dueño, don Samuel Valencia, murió hace poco a una edad casi centenaria y tuve la oportunidad de conocerlo porque me vendió una cuadrita de su finca en la cual he emprendido un proyecto ambiental acompañado de personas interesadas en la coexistencia con la naturaleza desde el arte y la cultura. Don Samuel fue una persona excepcional, además heredero de una tradición fundamental en la formación de nuestra identidad, pues era constructor de casas de bahareque. Gracias a sus habilidades y las de otras personas, Pueblo Rico es hoy uno de los asentamientos de la arquitectura de la colonización antioqueña más grande y preservado de la región. Don Samuel también era dramaturgo y de él conservo manuscritos de composiciones, que en épocas lejanas se denominaban sainetes,  muy populares entre los campesinos de la época colonizadora.

Estos comentarios los realizo con el fin de contextualizar el debate que hay en Manizales sobre la preservación y recuperación de la inmensa casona que se levanta centenaria en el Parque Fundadores y que durante mucho tiempo se ha llamado Juan XIII. Gracias a una tutela de Enrique Arbeláez Mutis, se obligó al Ministerio de Cultura a reconstruir el edificio para convertirlo en una sede cultural de artes y oficios, lo que permitiría que este importante monumento a nuestra memoria arquitectónica no se pierda, pues es el último que nos queda en la ciudad de esas características y dimensiones.

 

Las opiniones en torno a su conservación están divididas entre quienes defendemos su preservación y quienes opinan que es un desperdicio destinar un presupuesto grande en su remodelación. Esto me hace pensar en lo que me sucede a nivel personal con la vivienda que habito desde hace cuarenta años en el barrio Hoyo Frío y que para mi familia se convirtió en un “rancho” que había que tumbar, a lo cual me opuse con determinación, pues como amante de las técnicas constructivas autóctonas de guadua, tierra, cagajón y otros materiales nuestros, considero que es una tradición que no se debe perder y que debemos aprender a apreciar como uno de nuestros valores más importantes.

 

La experiencia, producto de los viajes que he hecho me ha demostrado como en muchos países la preservación de las construcciones tradicionales es clave en el desarrollo cultural y económico de sus comunidades y a ello dedican proyectos educativos y recursos económicos fuertes que se recuperan con creces gracias al turismo. Esas sociedades se forman en la valoración de sus tesoros culturales y patrimoniales y los convierten en motor de desarrollo.

 

En Manizales no pasa lo mismo, pues hay posiciones como la de un arquitecto de “vieja data” y mucha trayectoria en la región  de apellido Barreneche, que se atreve decir que ese rancho hay que tumbarlo porque ya cumplió su ciclo y en ese “lote” se debe construir algo moderno. Pues yo le quisiera decir a este señor que debería pensar en sí mismo cuando alguien lo tratara de la misma manera, pues él también, según la edad que debe tener y en el sentido que habla de la vieja casona, ya habría cumplido también “su ciclo” y la sociedad tendría derecho a mirarlo de la misma forma que él trata a esta antigua construcción; mi pensamiento es que su opinión sobre la Juan XXIII, debe reflejarse en sí mismo, o sea, al no valorar la vieja casona, no se valora él mismo.

A la Juan XXIII hay que defenderla de la depredación de la mal llamada modernidad, que está mandada a recoger, y convertirla en un símbolo de nuestra relación mimética con el entorno, pues está construida con materiales naturales que después de tantos años  han resistido terremotos y el paso del tiempo, mucho más que otras construcciones “modernas”, además de que su arquitectura es hermosa en majestuosidad y sencillez. Ahora que tenemos el reconocimiento de la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad, es importante retomar experiencias de otros sitios que también tienen este aval mundial, lugares en donde una de las cátedras base de la educación de sus ciudadanos es la recuperación patrimonial. No conozco un solo sitio en el mundo en donde las construcciones “modernas” sean patrimonio de la humanidad, pues uno de los componentes fundamentales de este reconocimiento de la Unesco es el arraigo cultural manifestado, por ejemplo en la arquitectura tradicional.

 

La Juan XXIII es lo único que nos queda de aquella monumental arquitectura que ha sido destruida casi en su totalidad (Teatro Olympia, Instituto Manizales, La Normal Superior, etc.,etc., etc,…) por personas con mentalidades retrógradas y que están anquilosadas en el pasado pétreo de una “modernidad” mandada a recoger, pues afortunadamente la tendencia contemporánea es hacia culturas biomiméticas y sostenibles que no dañen la naturaleza sino que convivan y aprendan de ella.

 

* Poeta, cronista y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”.