GUSTAVO COLORADO IZQ“Una pereirana ganó un reality. Mañana a las 2 p.m. habrá caravana desde el aeropuerto y luego será condecorada en la Gobernación, según anuncia la jefe de prensa de ese ente territorial donde manda el señor Botero”.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Activo  como se mantiene en las redes sociales,  el periodista Abelardo Gómez  me envió el mensaje apenas supo la “noticia” el lunes 28 de septiembre. El hombre conoce mis obsesiones con la banalización de la vida cotidiana y concluyó -con razón- que allí habría un buen filón para un artículo.

Al principio fue una sospecha. Después se convirtió en una certeza: la publicidad, el mercadeo  y los medios de comunicación crearon una realidad paralela en la que la gente  se instala como una manera de hacerle el quite a la vida de todos los días. En esa lógica resultan más importantes los detalles sobre la lencería que utilizará la actriz  Sofía  Vergara en su noche de bodas, el próximo episodio de la telenovela de turno o la evolución de la rodilla de Lionel Messi.  Exiliados en esa burbuja, renunciamos a cualquier posibilidad de abordaje crítico del mundo y por ese camino eludimos la responsabilidad de intervenir en él.

No sé a ustedes, pero desde su aparición, siempre me han inquietado los múltiples y ambiguos matices del concepto de reality show  ¿Es  la realidad convertida en espectáculo  o éste último vuelto realidad? Por lo visto, el fenómeno funciona en ambas direcciones. De un  lado,  están las personas que se someten a la humillación de   contar sus miserias ante millones de televidentes a cambio de unos cuantos pesos. Situado en los límites de la alienación, el público se solaza en el dolor del otro, no por un talante malévolo, sino porque  carece de los elementos para  elaborar un juicio crítico y por lo tanto para entender y valorar la compleja trama de contradicciones sobre la que se teje una vida. Es más: ni siquiera es capaz de establecer distancia entre los comerciales y  la narración. Para él todo es ya un solo producto en el que las lágrimas se mezclan con la fragancia del último perfume de Shakira.

En el otro frente  el espectáculo se ofrece como sucedáneo de la vida. Reunidos en una isla desierta donde se simula el mito de Robinson Crusoe o en un país exótico donde los rigores del clima y el rostro áspero de la naturaleza  forman parte del catálogo, un grupo de individuos  juega enfrentarse a situaciones extremas.  Juegan: porque a diferencia de los antiguos héroes de los viajes  iniciáticos, los exploradores modernos viajan con seguro de vida, se vacunan contra enfermedades tropicales y disponen de socorristas  escondidos tras bambalinas, dispuestos  a auxiliarlos cuando las cosas pasan de castaño  a oscuro.

Por todo eso me impactó el mensaje de Abelardo Gómez. Que un ama de casa, un oficinista o una colegiala  crean sufrir con las vicisitudes de la estrella de su reality favorito resulta más o menos comprensible. Pero que un gobernador piense de veras que hay algo heroico en ganarse un reality show es indicio de grandes fisuras en la manera de ver el mundo. Me alegra mucho que la señora Vanessa Posada se haya ganado su  buen fajo de  billetes,  aunque sean devaluados. Pero eso de armar caravanas, entregar condecoraciones  y decir que ese hecho representa no sé qué cosas sobre la mujer pereirana, resulta no solo una muestra de frivolidad tropical -lo   que no constituye novedad alguna- si no el indicio  de que  alienados, controlados y empujados por los medios de comunicación, hemos aprendido a  interpretar un peligroso baile en el vacío.