Doña Helena, la señora que vende golosinas de sal en una esquina de la carrera diez, en el barrio Berlín de Pereira, está a punto de revolucionar uno de los productos claves en la identidad gastronómica de la región andina colombiana: la arepa, esa especie de pan de maíz, que al lado de los fríjoles y la panela fue la única fuente de sustento para tantas generaciones.
Por Gustavo Colorado
Lo suyo es simple: dentro de poco empezará a vender arepas transparentes, por obra y gracia de los precios del maíz, que convirtieron en objeto de lujo un alimento que desde hace siglos acompaña la dieta diaria de millones de personas en Colombia. Además, lo dice con un invencible humor negro: para comprar sus insumos a unos topes que se incrementan cada mes y seguir sosteniendo el precio para sus clientes, sus arepas tendrán que hacerse cada vez más delgadas, al punto que amenazan con alcanzar los límites de la transparencia. “Al menos así pueden mantener la ilusión de que están comiendo, como el que se conforma con mirar la foto de la novia ausente” sentencia con una lucidez que ya desearían para sí los tecnócratas que diseñan las políticas agrarias y firman los tratados comerciales en esta tierra del nunca jamás.
Ya los mexicanos lo habían sufrido tanto que organizaron protestas para defender el derecho a la entrañable tortilla que constituye la base de su dieta diaria. Lo más grave de todo es que en ambos casos no se podrán sustituir esos alimentos con pan fresco, porque los derivados del trigo hace tiempo se convirtieron en una exquisitez impensable para esa mayoría de la población que se ejercita en el milagro diario de la supervivencia. Así van las cosas en el que, según los ministros de economía de los países más ricos, es el mejor de los mundos posibles: un paisaje donde la opulencia de unos contrasta con el drama de millones que deben renunciar al disfrute de las cosas que durante mucho tiempo produjeron en sus huertas caseras.
“Ese es el mundo”, responde- cínico- un administrador recién graduado. A la frase le falta, por supuesto, el complemento: “Ese es el mundo que nos interesa”, debería decir. Ese mundo se expresa en acuerdos que poco tienen de tratado y mucho de imposición. Al tenor del discurso de la globalización desactivan y paralizan la producción en países enteros, garantizando así mano de obra, materias primas y condiciones tributarias enfocadas a asegurar las ganancias.
A ese panorama debemos sumarle la última conquista del capital: resulta que los productos de la tierra ya no se destinan a alimentar a la gente, si no a llenar los vientres de los automóviles y las máquinas que se multiplican a un ritmo demencial, propiciando que los mismos gobiernos y sus aliados en el sector privado estimulen la apropiación de la tierra para destinarla al negocio de los biocombustibles. Por ese camino, además del maíz, productos como la yuca y el arroz han pasado a formar parte del catálogo de privilegios monárquicos, al lado del faisán, el caviar y las trufas.
Los resultados de esas decisiones letales saltan a la vista: los granos dorados que aparecen en los mitos fundacionales de tantos pueblos como el origen mismo del hombre americano y que le han servido a sucesivas generaciones para sobrevivir y alegrar la existencia con la diversidad de pequeños prodigios que van de la tortilla a la arepa, pasando por las cremas, las tortas y la mazamorra, acabaron por volverse tan costosos que en su puesto del barrio Berlín doña Helena decidió recurrir a la última y desesperada fórmula de amasar arepas transparentes.


