Quizá tardé dos semanas en leerla. La leí principalmente en el MIO, yendo a clase de siete. Debo confesar que me produjo unas erecciones dolorosas, que yo escondía un poco con el codo para que alguna señorita pudorosa no fuera a escandalizarse.

 

Por: Giussepe Ramírez

Hay personas que tienen una relación fetichista con las bibliotecas. Les encanta el silencio, el olor a papel viejo, el aire de intelectualidad que adquiere quien la visita y se sienta a leer bajo una lámpara verde. Mi relación con la biblioteca de mi universidad no fue de ese talante, más bien la definió el utilitarismo, la posibilidad de manosear, desorganizar y cargar con ocho libros de una vez para llevarlos de paseo, o meterme con devoción a descubrirlos.

Pedí prestados libros, vi películas y escuché música. En una época de paro estuve tan desocupado que madrugué a escuchar un álbum completo de Björk y otro de los Rolling Stones. Me sentí estafado cuando vi 2001: Odisea en el espacio y no entendí un carajo y debí esperar a que mi amigo que estaba al lado y ya se la había visto despertara y me la explicara. Hubo coqueteo con una bibliotecaria que nos ofreció, a un amigo y a mí, prestarnos su colección personal de Quentin Tarantino.  

El primer libro que pedí prestado fue sobre la voluntad de poder en la obra de Nietzsche, escrito por un profesor de la Universidad Nacional. Después, por compromisos académicos, saqué algunos de microeconomía, macroeconomía, cálculo, pobreza y desigualdad, álgebra lineal; cosas que uno debe hacer para parecer normal, como despertar por las mañanas. Pero lo que realmente me interesaba de la biblioteca eran los libros de literatura.

Recuerdo esa vez cuando, después de una clase de novela, madrugué al día siguiente para que nadie me quitara un libro que el profesor había comentado, pues solo había un ejemplar. Llegué antes de que abrieran la biblioteca. Abrieron y fui a los computadores donde uno hacía los pedidos. Escribí Sexus y Henry Miller, con temor de que ya estuviera prestado. Apreté los puños. Ahí estaba, esperándome. Subí con el turno uno. Me senté a esperar que me llamaran. Me llamaron pero no me entregaron el libro, sino que abrieron la puerta y me hicieron pasar. Vi todos los libros de la biblioteca. Doblamos hacia la derecha y después me pusieron ante una máquina que yo nunca había visto. Me felicitaron. Dijeron que yo era el primer usuario de la colección abierta, en la que uno recorre las estanterías, toca, mira, desorganiza, lee primeros párrafos y breves reseñas de contraportada y finalmente decide si lleva o no el libro, y en caso de llevarlo solo hay que pasar el carné por el lector del código de barras y poner el libro y listo. El ejemplar era de tapa dura, color azul turquí, con el logo de la universidad en el ángulo superior izquierdo, y el título en letras doradas. Me tomaron una foto con los bibliotecarios, y yo, con cierto pudor por el título y las cosas que intuía iba a leer en la novela, escondí un poquito el libro para que en la foto no se viera el Sexus y en la universidad no fueran a pensar que yo era un joven obsceno y pervertido.

Quizá tardé dos semanas en leerla. La leí principalmente en el MIO, yendo a clase de siete. Debo confesar que me produjo unas erecciones dolorosas, que yo escondía un poco con el codo para que alguna señorita pudorosa no fuera a escandalizarse. Sufría mucho cuando me acercaba a la estación donde debía bajarme, porque de pie era más difícil disimularla. Por fortuna nunca fui acusado de nada. A Miller no hay que rotularlo de erótico. Las escenas sexuales eran excesivamente gráficas, con lenguaje procaz y sin elipsis ni sobreentendidos. Pero los instintos no entienden de arte. Disfruté mucho la novela. Además del placer sexual, me reí mucho y me hizo pensar en muchas cosas. Aunque Miller se había muerto antes de que yo naciera, lo sentí muy cercano.

Pero hablaba de mi relación con la biblioteca. Nunca me gustó leer en ella, me daba sueño y aburrimiento. Pero me emocionaba mucho cuando preparaba una excursión para ir a sacar libros. Tengo una agenda donde apunté las signaturas de todos los libros que saqué. Una noche antes de la excursión por la colección abierta entraba al catálogo en línea y empezaba a buscar autores y a leer resúmenes y biografías. Después apuntaba los libros que me interesaban y al día siguiente debía escoger solo ocho, que era el máximo préstamo permitido. Recorría las estanterías con placer, sin culpa por coger y desechar, que es algo que en las librerías se paga caro.

Pero ya no podré usar más este servicio. Ya no podré entregarme con saña a apuntar signaturas y buscar títulos extraños y leerlos sin sacar plata del bolsillo. Ahora ya no soy estudiante, ahora soy Economista y eso me pone triste.

@Animalmoribundo