Comentario a ortografía sin otro adjetivo

…Una pedagogía engolosinada con los medios audio visuales tiene muy buena acogida, está en boga, puede ser facilista y responde a lo que llaman los lenguajes de los y las jóvenes, niños y niñas,  es muy entretenida…

 

ANDRES CALLE (MAMBRE)Por: Andrés Calle Noreña 

Quiero hacer un comentario al artículo de Héctor Abad Faciolince, “Los maestros de dudosa ortografía”, publicado en El Espectador. Esto lo hago con respeto y admiración por los pedagogos que siguen siendo estudiantes durante toda su carrera, que son buenos lectores;  por los que usan diccionarios (en soporte físico o digital);  por los que escriben y publican, y por los que transmiten amor por los libros, y en general también por los educadores que no son mediocres y que se esfuerzan por entregar lo mejor de sí mismos, en cada clase, en los diálogos y en la vida cotidiana. Qué bueno que los docentes tengan  la sencillez de ir a buscar una palabra de la que dudan, de reconocer que la han escrito mal en el tablero, en un email. A los profesores y a los estudiantes, a todos les viene de maravilla mejorar la gramática y enriquecer el léxico.

Cuando se hace énfasis en la enseñanza y práctica de la ortografía, no se trata de un afán anticuado de dedicarse a pulir un verso, como era la devoción de los ‘maestros y poetas’ de Popayán. La puntuación, contrario a lo que afirma García Márquez, no se puede evadir, porque  ésta determina la lógica y el sentido de las oraciones. Entonces, lo que afirma Héctor Abad Faciolince no es sólo una manía. 

Se podría aludir aquí a la necesidad de insistir en la escritura manual, como lo reclama Piedad Bonnet en otro artículo de la misma edición, pero lo dejaremos para después.

Los invito a leer la “Historia de la Lectura”,  de Alberto Manguel (hermosa, por demás), o la homónima que compila textos de Roger Chartier y  otros estudiosos. Así mismo, pueden remitirse al  libro de Walter Ong, “Psicodinámicas de la oralidad”.

En estas obras se puede profundizar y entender por qué tener la oportunidad de adentrarse en la cultura de la literalidad, aprender a leer en silencio, diferenciar entre pensar para hablar pensar para escribir, no son asuntos vanos. Cómo esto fue definitivo para consolidar la Modernidad, para alimentar al individuo, al sujeto moral, al ciudadano,  quienes dudan, disienten y critican,  y a quienes se dirigen y animan Descartes, Kant,  Voltaire, Rousseau, y tantos maestros del pensamiento.

Una pedagogía engolosinada con los medios audio visuales tiene muy buena acogida, está en boga, puede ser facilista y responde a lo que llaman los lenguajes de los y las jóvenes, niños y niñas,  es muy entretenida.  Está por verse cómo  transforma el pensamiento y si de verdad  prepara para la abstracción. Porque, son totalmente diferentes la recepción de medios, la comprensión, que hace una persona lectora, formada en la decodificación gramatical, y  la que hace un hábil chateador o un analfabeta funcional. Porque el estudio, apoyado en los medios, tendrá que tener diferentes resultados si ha pasado por la reflexión, el silencio, la concentración que requieren los códigos alfanuméricos y no sólo por la exposición a los códigos oral-icónicos.

Ahora, se impone el multilingüismo, si no queremos quedarnos por fuera de un mundo globalizado, neoliberal o lo que sea, pero abierto, descentrado. Quien no tiene cultura de lectura puede aprender a hablar al escuchar (si tiene oportunidad de vivir en otro país, si posee buen oído y está joven), pero no puede estudiar las gramáticas.

Ramonet habla de una nueva categoría de sujetos, los infopobres. Son las personas que no tienen acceso a los medios, a las gramáticas de los sistemas informáticos, los que no reciben la información. Todo esto acentúa la pobreza y la insignificancia. Pero no es sólo esto, sino que estarán excluidos  porque no saben procesar la información, porque no está en su propia lengua y porque tiene un grado de complejidad que sólo alcanzan los buenos lectores, los que abstraen y manejan los lenguajes formales, en conclusión, quienes han tenido una excelente educación. 

En últimas, es un asunto político. Quienes detentan el poder, querámoslo o no, tienen grandes ventajas si han alcanzado una tradición de lectura y escritura. Puede suceder que también sujetos iletrados lleguen al poder, pero sí que son graves los resultados.

Por lo demás, la educación formal, la lectura y escritura, la comprensión de los lenguajes formales, tampoco son garantías éticas. Se puede constatar que los grandes corruptos y ladrones de este país, la derecha recalcitrante, sobre todo la de otra época, era ilustrada (como Álvaro Gómez, como Londoño Hoyos y Santofimio).

Pero es mejor tener gente formada con lecturas, reflexiva, y no un rebaño, la oclocracia,  o la militancia de quienes se expresan con la emotividad y las pancartas anacrónicas, los que propician la rabia y la desinstitucionalización,  y que en últimas, perpetúan la ignorancia.

No se puede despreciar a ningún ciudadano  por su baja escolaridad, o poco capital cultural. Todos los ciudadanos tienen derechos. Que salgan a la calle, que marchen, que participen.

Pero si de maestros se trata, por lo menos se esperaría que renovaran los sistemas de signos, que tuvieran mayor creatividad e ingenio, argumentos contundentes. Claro, para el activismo no se precisa gramática. Por ahora, nos ocupa insistir en la importancia de la ortografía, de la cultura de la lectura y la escritura, después vendrán otros debates. 

¿Cuál es la diferencia entre los países protestantes del norte de Europa, y los del sur, católicos, icónicos y barrocos, premodernos? Entre otras cosas, la tradición de la lectura y la escritura, como modus operandi, como construcción de la persona, como fundamento del Estado moderno y la ciudanía.

No es una campaña de la ortografía por la ortografía. Además, la palabra griega ortografía viene con su adjetivo Orto es recto, correcto, por esto no hay buena y mala ortografía.  Entonces, se insiste en la ortografía para pensar con lógica y sentido.

Hay culturas gramaticalizadas y textualizadas,  híper e hipo codificadas, como las llama Eco, esto es un hecho. En todas se aplica lo que afirma Wittgenstein: los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje.

La democracia es del pueblo, pero si una nación está conformada por ciudadanos  alfabetizados, lectores, escritores, tendrá mejores herramientas para espantar las tiranías, los caudillismos y para enfrentar a los que abusen del poder. Esto no se resuelve en la negociación de un paro de maestros, no se define por la opinión de las mayorías, es otra manera de ver, de pensar, de reflexionar el mundo y de estar en el mundo, lo que está en juego.