Desmanes en el Paisaje Cultural Cafetero

Tal vez fue prematura la iniciativa liderada por los gobiernos regionales de Caldas, Quindío, Risaralda y Valle del Cauca, el Ministerio de Cultura, la academia y algunas organizaciones locales para conseguir que la Unesco incluyera el Paisaje del Eje Cafetero en la lista de sitios que merecen ser considerados como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad.

 

MARGARITA-CALLE-1Por Margarita Calle

Y digo prematura, porque a la fecha ha sido más demagógica que proactiva, la intervención de los responsables de desplegar acciones concretas, orientadas a proteger, promover y salvaguardar tal patrimonio.

Razón tiene la ONU al hacernos saber que si para 2017 no se presentan avances significativos en la conservación de nuestro paisaje, el reconocimiento podría ser retirado, como lo anunció LaTarde el 4 de febrero.

La falta de planeación de los gobiernos locales y la poca claridad del sentido que cobija la idea de “paisaje cultural”, que es la que le da cohesión y pertinencia a la Declaratoria, se refleja en el empobrecimiento acelerado que ha sufrido el entorno y la pérdida de la calidad de vida de los habitantes de la zona, especialmente de quienes han tenido la mala suerte de vivir en aquellos municipios que han sido tomados por el turismo, sin ninguna regulación o control.

Desde hace cinco años escuchamos hablar de proyectos e iniciativas que usan la idea del PCC como un comodín, para responder al requerimiento de algún ente promotor, sin que se proyecte una intervención significativa del contexto. Mientras tanto, acosados por el pragmatismo del progreso, los habitantes de esta región vamos perdiendo familiaridad y confianza con nuestro entorno. Las prácticas que nos han identificado y que son, las que le han conferido valor a nuestro hábitat, ya no constituyen el parámetro adecuado para mediar nuestra relación con la naturaleza, ni para construir los límites del comportamiento social y cultural que nos corresponde asumir.

Si bien el advenedizo o el turista están en condiciones de vivir en cualquier lugar, pues su naturaleza es nómada y aventurera, con el lugareño no sucede lo mismo. Este requiere cultivar su hábitat de manera constante. Al tiempo que se nutre de la tierra y sus bondades, asume la responsabilidad ética y afectiva, de devolverle al terruño lo que ha tomado, con laboriosidad y amor.

Por eso, los entes encargados de salvaguardar el PCC deben empezar por valorar esos modos particulares que tienen las personas de cuidar sus entornos, sin someterlos a la presión de los foráneos o a la eficiencia de quienes miran sus propiedades con los ojos de la rentabilidad.

Salento y otros municipios de la zona, ya no se pueden visitar, las ciudades se han vuelto invivibles por la movilidad que están estimulado. Así que, aunque resulte descabellado, uno podría pensar que la mejor manera de preservar nuestro entorno puede ser salvaguardándolo de las aberraciones que está creando la declaratoria del PCC.

* Directora Maestría en Estética y Creación UTP.