Y cuando alguien pide ayuda no tarda en aparecer el salvador. Así ha sido siempre desde que los humanos descubrimos la desesperación. Da igual si es desesperación económica, política, religiosa, moral o sexual. Quien desespera ha perdido toda esperanza, y por eso mismo está dispuesto a echarse en brazos del primer redentor.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

En los días de gloria de las radionovelas se hizo célebre una suerte de oráculo o de autoridad que siempre les daba una respuesta precisa a las cartas  remitidas por mujeres atribuladas bajo el peso de sus desencuentros sentimentales.

A los pocos días el oráculo, amparado bajo el nombre de Doctora Corazón, leía las cartas de agradecimiento de sus corresponsales, más que complacidas por haber sido salvadas de un final a manos del veneno, la horca, la cuchilla de afeitar o el viejo conocido pistoletazo en la sien.

Salvación: Esa era la palabra mágica.

Evoco esa imagen, abrumado por la cantidad de veces que he escuchado pronunciar el vocablo  salvación durante la última fase de la campaña electoral que ahora  tiene a los colombianos ante una  disyuntiva desesperanzadora: Votar por Iván Duque para “salvarse” de Petro o votar por Petro para “salvarse” de Uribe.

Soteriología llaman a eso los teólogos cristianos. Es decir, Doctrina de Salvación.

¡Ahora  si nos llevó la Petrona! Exclamó mi mamá Amelia al enterarse de que el candidato de izquierda -o del comunismo puro según los azuzadores de la paranoia- había pasado a la segunda vuelta.

¡Nos  tragó la tierra con un tercer gobierno de Uribe en cuerpo ajeno! Gritó mi vecino, el poeta Aranguren, blandiendo su sempiterna botella de ron Tres esquinas.

A su manera los dos están pidiendo ayuda: Eso es lo que buscan las personas cuando hablan o escriben entre signos de exclamación.

Y cuando alguien pide ayuda no tarda en aparecer el salvador. Así ha sido siempre desde que los humanos descubrimos la desesperación. Da igual si es desesperación económica, política, religiosa, moral o sexual. Quien desespera ha perdido toda esperanza, y por eso mismo está dispuesto a echarse en brazos del primer redentor.

Y los políticos parecen dotados de un sentido adicional para captar esos síntomas.

El escritor Gore Vidal, cuya familia frecuentaba la Casa Blanca durante los días de  Franklin D. Roosevelt, cuenta que los líderes del Partido  Demócrata le dedicaban más tiempo y energías a intrigar para que los republicanos eligieran al peor candidato imaginable, que a la escogencia de su propio representante en la  contienda electoral.

El truco hizo carrera. Al final, la gente acaba votando para evitar que el perverso candidato rival acceda a la presidencia. Si el del propio partido es bueno o malo resulta secundario.

Con algunas variantes, Álvaro Uribe se jugó esa carta en 2002 y su gran contendor, el Partido Liberal, escogió como su candidato a Horacio Serpa, asociado con los escándalos de corrupción conocidos como Proceso 8000.

La victoria fue demoledora.

Como si no bastara con eso, el caudillo llegó al poder con la  promesa de aplastar la cabeza de una serpiente a  la que bautizó como Lafar, en un deliberado giro de su dicción de terrateniente iletrado.

Con esos ingredientes, sumados a un caballo y un sombrero caros a nuestra ascendencia campesina, las agencias de mercadeo político fabricaron un redentor a la medida de los miedos de la gente.

Desmovilizadas las Farc había que forjar a la carrera una encarnación del mal. Alguien capaz de concitar con su sola presencia la imagen de todas las calamidades.

Y he aquí que a la derecha colombiana -la ilustrada y la de motosierra- les cayó del cielo la figura y el programa de gobierno de Gustavo Petro.

Directo, retórico y  pendenciero, Petro devino muy pronto espejo invertido del uribismo.

O al menos así lo postularon los expertos en publicidad.

¡Que vuelve el comunismo! ¡Que vuelve el comunismo! Gritaron en coro desde todos los rincones de un país conservador hasta el tuétano.

Cosa curiosa: cuando se trata de descalificar a los opositores se dice que el comunismo es una cosa trasnochada, un anacronismo, una entelequia que murió en 1989 con la caída del Muro de Berlín.

Pero nada mejor que esa palabra si se trata de asustar al electorado para volcarlo en favor de una propuesta salvadora. Una doctrina de salvación.

En ese estado preapocalíptico nos encontramos por estos días en la tierra de Nairo, Shakira y James.

En los estratos altos preparan las valijas para escapar a Miami a la menor señal de peligro

castrochavista.

Los demás apretamos los dientes y templamos los huesos por si vuelve el cepo uribista.

Y todos, cada quien a su manera, aguardan por la carta de la Doctora Corazón que no acaba de llegar.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada