SIMON BLAIRLas creencias religiosas no nos hacen siempre buenos obradores en este mundo de pecadores, sino que, por lo contrario y la gran mayoría de las veces, lleva a sus practicantes a un estado de contradicción, como Ordóñez da testimonio.

Por: Simón Blair

Es gracioso que a su Majestad el doctor Ordóñez se le escapen de seguido (mucho, tal vez), esas palabras tan elocuentes, tan sabias, tan prósperas, constructivas y tibias con las que tiende a dirigirse al público en la vida pública y privada. Es gracioso ver como un angelito de dios (de esos que comen uvas al lado de dios padre) utilice las más bajas y desprestigiosas palabras para atacar a sus contradictores.

Resulta esto muy contradictorio y ayuda a reivindicar lo que ya sabemos sobre cómo debemos definir la moral de una persona o mejor, desde qué punto se puede definir.  Nos damos cuenta, con las sucias palabras de Ordóñez y su bajeza argumental, que eso del más religioso, el más educado en cuanto a referencias teológicas se refiere, ya no es válido (o quizá nunca lo fue).  Ordóñez, con su fanatismo a ultranza, nos muestra una vez más que las creencias religiosas que se dicen dueñas de la verdad llevan quizá a los caminos más dispares y sin sentido que nos podamos imaginar. Las creencias religiosas no nos hacen siempre buenos obradores en este mundo de pecadores, sino que, por lo contrario y la gran mayoría de las veces, lleva a sus practicantes a un estado de contradicción, como Ordóñez da testimonio.

Esas incongruencias se basan en criticar las ideas del otro con insultos contra el otro.  Petro propuso un centro de consumo controlado de drogas y el señor procurador no dudo en manifestarse diciendo que se la “había fumado verde”.  Y así muchísimos más ejemplos.

Es más, ni siquiera sus más acérrimos contradictores lo tratan del modo denigrante en el momento que él tiende a manifestarse ante personas o hechos.  Una vez más, ¿dónde quedaron las tan amadas y difundidas creencias religiosas que lo acreditan como portador de la moral? Recuerde, señor procurador, que  en la Biblia nos enseñan que el pecado no sólo puede ser una manifestación física, sino también mental. ¿Recuerda lo del poder de la palabra, procu?  También se obra mal de pensamiento… y no lo digo yo, sino su tan amado libro.

Por supuesto, lo del pecado de pensamiento me parece absurdo, pero como el señor procurador no sólo piensa, sino que dice lo que piensa, el problema ya tiene otras consecuencias.

Los comentarios dirigidos a periodistas, al marco jurídico para la paz, a los homosexuales, a los marihuaneros, a las mujeres que desean abortar, implica además de su típica oratoria excluyente, un pensamiento basado en la denigración del otro. Nadie impide que este señor crítique las ideas de los otros, pero lo que él además hace es agredir la integridad del oponente argumentador. Si no fuera así, ¿por qué no debatir concienzudamente las ideas, por ejemplo, del alcalde Petro, en vez de lanzar una falacia ad hominen?

El señor procurador Ordoñez crítica algo sin darse cuenta -quizá- de que el uso de sus palabras son precisamente a lo que él se opone; es decir, como si todo lo que no está entre sus ideas se convirtiera en un problemático juego de palabras donde rebaja al otro al estado primitivo de sus palabras, hasta el punto de degradarse él mismo.

Ni con un gran tapón de vaselina que logremos ponerle dejará de filtrarse su arsenal ofensivo.