Lograron darle un toque contemporáneo a la obra del poeta inglés, sorteando el riesgo de caer en la caricatura o en la banalización. Primer punto a favor. Pero el segundo es todavía más importante: con su puesta en escena consiguieron atraer la atención sobre la obra de un artista que, como corresponde a todos aquellos cobijados bajo la etiqueta de clásicos, son más citados que leídos.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

Con una beca de creación otorgada por el Ministerio de la Cultura, el grupo teatral El Paso se aventuró en el montaje de una versión libre de Ricardo III, de William Shakespeare. Se trata del que es tal vez el más devastador abordaje literario a la naturaleza del poder, visto como resultado de un complejo entramado de pasiones capaces de destruir todo lo que encuentra en el camino.

Así que estamos hablando de palabras mayores. Para empezar, el concepto de versión libre en el teatro ha servido tanto para enriquecer y ampliar el universo de la propuesta original como para estropearlo por completo. Y a fe que los integrantes de El Paso han conseguido lo primero. Lograron darle un toque contemporáneo a la obra del poeta inglés, sorteando el riesgo de caer en la caricatura o en la banalización. Primer punto a favor. Pero el segundo es todavía más importante: con su puesta en escena consiguieron atraer la atención sobre la obra de un artista que, como corresponde a todos aquellos cobijados bajo la etiqueta de clásicos, son más citados que leídos. En este caso, volver a Shakespeare es regresar al nudo mismo de la condición humana. No existe una sola faceta de la existencia que haya escapado a su agudo y mordaz escrutinio. El mito amoroso enfrentado a las contradicciones de clase en Romeo y Julieta. La fuerza creadora y destructora de los instintos en Otelo. La pregunta por el sin sentido de todo en Hamlet. La codicia sin límites en El mercader de Venecia. Los malentendidos y juegos de intereses que gravitan sobre la institución familiar en El rey Lear y, por supuesto, la que nos ocupa hoy, que nos invita a seguir el errático y tortuoso camino de Richard Gloster, atrapado en esa forma suprema de locura que es la búsqueda, conquista y defensa del poder en todas sus manifestaciones. Búsqueda que, en últimas, se resume en una frase afortunada del poeta Darío Jaramillo Agudelo: “El poder es el poder de matar”.
Revisitar a Shakespeare es desandar un camino que nos remite tanto a los relatos homéricos como a las tradiciones celtas, al ciclo de mitos artúricos, a las leyendas árabes y al romancero medieval. Desde luego, también circula por sus versos la idea cristiana de la culpa y el castigo. Al fin y al cabo, fue en sus feudos donde se produjeron las disputas que al final dieron lugar a la reforma anglicana. Eso para no hablar de las revoluciones que desencadenó su irrupción en el universo literario. No exagera el crítico Harold Bloom cuando afirma que todos los caminos de la literatura conducen a Shakespeare. En esa medida, la vieja discusión acerca de si el fue realmente el autor de sus obras resulta tan banal como inútil. Qué más da si su copiosa producción está allí para ayudarnos en la tarea de entender- si tiene alguno- el sentido de nuestro tránsito por la tierra. La fuerza centrípeta de sus ideas es tal que, así como en música se habla de variaciones para referirse a la recreación emprendida por un compositor sobre la base de una partitura ajena, en el campo que nos ocupa podríamos decir que la literatura moderna constituye en la práctica una infinita suma de variaciones a la obra del poeta.
Tengo viva en la memoria la imagen alucinada de un Al Pacino entregado en cuerpo y alma a revivir el espíritu de ese rey jorobado a quien sus contemporáneos describieron con aspecto de sapo. Algunos de ustedes recordarán también la película. Se trata de En busca de Ricardo III. En ella, el actor que encarnó a otro obsesionado con el poder, Michael Corleone en la saga de El Padrino, más que a un recuento biográfico se dedicó a explorar las pulsiones más secretas de ese hombre que no dudó en exterminar a buena parte de sus familiares y allegados con tal de alcanzar sus propósitos. Por ese camino nos devolvió a una de las certezas más recurrentes de los sabios antiguos: que la historia se repite, no por alguna ley indescifrable del destino, si no porque está amasada con la materia misma de que estamos hechos los humanos. Es decir, una suma de anhelos, miedos y ambiciones sin medida. Mientras la volvemos a inventar no hacemos nada distinto a poner una vez más en escena la intuición del genio de Strafford: que la vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furor.