El ámbito de la sexualidad sentimental no puede ser un privilegio exclusivo de los monógamos. No debe reducirse el sexo casual, la poligamia y otras formas antitéticas a la monogamia, a la mera categoría animal del sexo, a la más primitiva y la menos amplia. 

 

Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

Los catedráticos de la poligamia, del sexo casual (su himno es este fragmento de poesía posmoderna cantado por Till Lindemann con riguroso acento alemán: «You’ve got a pussy, / I have a dick / So what’s the problem? / Let’s do it quick.»), aconsejan sabiamente que, si uno no pretende ser más que un ave de paso en el lecho de las damas que lo atraen, no mezcle sexo con sentimientos. Pontifican y dicen: prohibido. Pero algunos se niegan. No están interesados exclusivamente en el acto animal de meter-sacar, meter-sacar, eyacular, volver la espalda, irse. El sexo, al igual que el lenguaje, es de las cosas que más podemos adornar de humanidad, deslindándonos de un comportamiento salvaje. Lo adornamos de humanidad al no seguir el plan ciego de reproducción que los animales no pueden evitar conscientemente. O cuando después de un polvo épico, malo, mediocre, impotente, decidimos quedarnos abrazados al otro, en silencio o conversando. Y no todos estos comportamientos entran en la tradicional clasificación de amor monógamo.

Quizás esos comportamientos traigan problemas y complicaciones en una relación que no esté interesada en trascender en el tiempo. Pero las relaciones que trascienden también se vuelven un lío, un gran lío, ¿acaso no es una condición sine qua non de las relaciones humanas los malentendidos? Sin embargo, algunos tercos desdeñan los sabios consejos de los avezados polígamos y siguen siendo humanos, demasiado humanos, y se enredan la vida intentando explicar sus motivos.

Siguiendo la lógica de los catedráticos, es incoherente ser polígamo declarado, desinteresado totalmente por las manifestaciones egoístas de afecto, y albergar sentimientos (de la índole que sean) por las parejas de paso. Cuando alguien no aspira a la monogamia, pero peca al decir cosas bellas en la cama, o al hacer algún gesto cariñoso, es tildado de ambiguo y generador de falsas expectativas. Sí, algunos cometen el error de decir mentiras tipo “te amo”, meloserías insinceras e innecesarias, impulsados por el delirio del placer. Otros, simplemente acuden a la palabra o a los gestos para hacer del instante algo grato, sin ningún tipo de motivación instintiva, más bien como el reflejo de algo razonado, de un hábito que agrada y no hace daño —la prostituta más profesional sería aquella que esté equipada de lujuria y buena conversación—.

El ámbito de la sexualidad sentimental no puede ser un privilegio exclusivo de los monógamos. No debe reducirse el sexo casual, la poligamia y otras formas antitéticas a la monogamia, a la mera categoría animal del sexo, a la más primitiva y la menos amplia. Quizás, siendo humanos, demasiado humanos, lo accesorio no sean las conversaciones y las caricias, sino el sexo a secas, el sexo por el sexo.

Tal vez la poligamia sea la salvación para esa numerosa cofradía que nunca conocerá el dolor y el éxtasis que produce el amor. Porque al igual que Antonio Alvar, protagonista de Para otros es el cielo de Piedad Bonnett, para ellos «…el amor, con sus ansiedades y exigencias, era algo que no podía soportar»; tampoco el sexo por el sexo.