Ivan Rodrigo GarcíaPienso que la Constitución y la ley o el fallo, debieran preocuparse primero por las condiciones, compromisos y responsabilidades de quienes van a ser o son padres, sin importar su sexo, que antes que por el sexo de los miembros de la pareja.

Por: Iván Rodrigo García Palacios

Acabo de leer las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana, cardenal Rubén Salazar, las que me hacen pensar en por qué las cosas son como son: una maraña de intereses particulares apoyados en engaños y contradicciones que ni los mismos interesados se preocupan por ocultar y desenmarañar… y tan frescos o tan cínicos.

El asunto es que la jerarquía eclesiástica quiere presionar a la Corte Constitucional con su oposición a cualquier fallo contrario a su rechazo de las adopciones de niños y niñas por parte de parejas del mismo sexo.

Voy a desgranar, muy brevemente, mis confusiones respecto a los tres puntos de esas declaraciones que el periódico El Colombiano publica en una pequeña nota en la página 6 del 20 de noviembre 2013:

El primero, expresa su oposición a que los niños y niñas “puedan ser confiados en adopción a parejas conformadas por personas del mismo sexo”.

En principio, esa oposición está clara, pero lo que no entiendo es si el jerarca católico considera y reconoce que ya es un hecho legal el que existan parejas del mismo sexo, pero a las que no se les puede confiar en adopción niños ni niñas, lo que ya sería un asunto de discriminación que la Constitución no permite.

El segundo, y más lamentable, advierte el cardenal Salazar que el fallo debe tener en cuenta, prioritariamente, “la integridad física, psicológica y moral de los menores”.

Y con este punto si me quedo aturdido. ¿Será que la preservación de esa integridad depende y es exclusiva según el sexo de los padres? O, por el contrario, ¿depende de las cualidades, calidades, responsabilidad y naturaleza humana de esos padres sin que importe su sexo? Pienso que la Constitución y la ley o el fallo, debieran preocuparse primero por las condiciones, compromisos y responsabilidades de quienes van a ser o son padres, sin importar su sexo, que antes que por el sexo de los miembros de la pareja. ¿Cuántas son las parejas de distinto sexo, unidas en “santo matrimonio”, que son un peligro para los niños y las niñas, sus propios hijos o los ajenos?

Me pregunto: ¿está científicamente comprobado que las parejas de homosexuales crían hijos homosexuales y las de heterosexuales hijos heterosexuales? Entonces, ¿de dónde salen los hijos homosexuales de las parejas heterosexuales? Y ¿de dónde los enfermos físicos y mentales y los pervertidos?

Y el tercer punto me retorna al anterior y a preguntarme: ¿qué quiere decir el cardenal con eso del “problema de discriminación” con relación a lo que dice el Código de la infancia con respecto al derecho de adopción, porque la adopción es “una medida de protección del menor”?

En el contexto de lo que dijo el cardenal en sus declaraciones, supongo que para él son solo las parejas de distinto sexo las únicas que pueden ofrecer protección al menor. Eso sí que es discriminación de la mala, maliciosa y malintencionada. Lo que entiendo por esa protección es precisamente eso, que el menor sea protegido de ser adoptado por parejas legalmente reconocidas, cualquiera sea su sexo, que no ofrezcan las más mínimas condiciones favorables para “la integridad física, psicológica y moral de los menores”.

Y lo otro y reitero, la adopción no es un derecho unilateral de parejas adoptantes del mismo o distinto sexo. Es un derecho tanto para adoptantes como adoptados, en el que priman los derechos del niño o niña por sobre cualquiera otra condición o discriminación.

En fin y como dice Erasmo en su Elogio de la estulticia, “…porque la vida humana no es absolutamente nada más que un juego de necios”.