Entre conjuros y talismanes

La clave. Los cabalistas hebreos lo llaman el Tetragrammaton, es decir, las cuatro letras que forman el nombre secreto de Dios. He visto a muchos poner los ojos en blanco, como si en  lugar de un pasaporte a la esclavitud  redimible en cuotas mensuales tuvieran en sus manos las llaves del paraíso.

Por: Gustavo Colorado Grisales 

Cuando escucho el estribillo de ese comercial experimento la vieja conocida sensación de deja vu. Ustedes también están familiarizados con ella: esto lo he visto o sentido antes. Quienes creen en la reencarnación ven en ello una prueba de sus vidas pasadas. Los más escépticos confirmamos una antigua sospecha: el mundo no para de dar vueltas en redondo, como un animal ansioso.

En fin. El mensaje en cuestión dice así: “Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás existe Master Card”. No me van a negar que hay algo de místico en una persona capaz de depositar todas sus esperanzas en una  tarjeta de crédito. Basta contemplar el aire extático de algunos consumidores cuando la introducen por la ranura y digitan  su clave. La clave. Los cabalistas hebreos lo llaman el Tetragrammaton, es decir, las cuatro letras que forman el nombre secreto de Dios. He visto a muchos poner los ojos en blanco, como si en  lugar de un pasaporte a la esclavitud  redimible en cuotas mensuales tuvieran en sus manos las llaves del paraíso.

Fue la expresión del rostro de un amigo al utilizar su tarjeta para pagar un boleto de avión la que me condujo a indagar en viejos libros, hasta encontrar  una frase parecida a la del comercial en un  texto sobre los mitos y leyendas del rey Arturo. “Aquél que saque esta espada de esta piedra y  de este yunque, será rey de toda  Inglaterra” ¿Les suena familiar?  De no ser así les ruego me disculpen. Ya lo dijo un escritor latinoamericano: “También los paranoicos tienen enemigos”.

En mi interpretación, el truco no puede ser más evidente. Buenos hijos de la revolución industrial, los primeros publicistas no tardaron en descubrir el camino para exacerbar de una vez y para siempre los apetitos de los consumidores, esa versión laica de los antiguos feligreses de las iglesias. Se trataba de apelar a los estadios primarios de la mente humana, cuando los anhelos se materializaban y los peligros se neutralizaban pronunciando la  frase mágica y esgrimiendo el objeto tocado por la gracia. Este último podía ser una vara, una piedra, una cruz o una espada. En nuestros días, más asépticos al  fin y al cabo, esos objetos  se ofrecen plastificados y están asegurados -otra palabra cargada de sentidos- por un código de barras. Además, los conjuros vienen con música incorporada. Esto último es  esencial.

El  individuo con capacidad adquisitiva o de endeudamiento es devuelto de golpe, por obra  y gracia de un estribillo pegajoso,  a los tiempos cuando los más viejos lo adormecían con cuentos de hadas y lo enviaban de viaje a  las praderas del sueño. Solo que  en nuestro caso las propagandas le encienden los deseos y lo mandan de peregrinación a los pasillos del centro comercial.

De modo que, varios miles de años después, el Homo sapiens  sigue en el reino de los talismanes y conjuros.  “Señora, no le quite años a su vida: póngale vida a sus años”, predicó un publicista guatemalteco con ínfulas de poeta y cantante. Acto seguido, varias empresas de cosméticos y cientos de grupos de la tercera edad hicieron suya la frase y salieron a recorrer los caminos con el absurdo propósito de demostrar que ni la edad, ni el envejecimiento ni la muerte existen si se tiene a mano una buena  provisión de fórmulas mágicas  para reavivar la pasión y cremas para  esconder las  arrugas.

Una vez más, los adultos jugamos a seguir siendo niños para  no enfrentar el lado más devastador de la realidad. Además, ¿a cuento de qué preocuparse si todas nuestras tribulaciones pueden ser resueltas con una simple llamada al vendedor de productos por catálogo?

Si ustedes se han fijado, esas empresas han conseguido traducir el perdido espíritu religioso al mundo de los negocios. Las comisiones son bienaventuranzas. Las transacciones son conversiones. Los  ahorros son indulgencias. La pobreza es un castigo divino por no atender el evangelio del consume y cállate. Nada de preocupaciones entonces. La derrota y el fracaso han sido abolidos. Y como gran banda sonora  de esa puesta en escena de la dicha terrenal disponemos de un arsenal completo de conjuros y talismanes. Como el mensaje  dirigido a las muchachas en flor a través de Internet con imágenes en tres dimensiones y música de saxofón: “Eres joven, eres bella, eres única y mereces lo mejor . Por  ejemplo: Un   hombre capaz de cambiar su reino  por un  Ferrari para llevarte  a tu disco favorita”. ¿Quieren más?