Las democracias contemporáneas están forjando su paso a través del consenso, tal vez comienza el momento de construirlo en el país y alinderarnos contra la peor representación de la humanidad colombiana: el uribismo.

 

Por: Adriana González Correa

Martha Nussbaum afirma –y con razón– que la política se nutre de las emociones, y en este sentido admito que Gustavo Petro no logra mover las mías. Su temperamento dista de lo que para mí debe ser un líder político. Tampoco desconozco el autoritarismo que le ronda, su mesianismo y caudillismo que por obvias razones no puedo compartir; creo que la política debe ser, además de emocional, producto del pensamiento racional que lleve a la ciudadanía a optar por las conveniencias propias y las colectivas.

Pero lo que hoy está en juego en el país no es el temperamento de los dos candidatos para la segunda vuelta. Hoy está en entre dicho la vida democrática de Colombia.

La contraposición de dos propuestas que, vistas en contexto, son diametralmente opuestas en el ejercicio de los derechos, me llevan a tomar una decisión de votar en segunda vuelta a Gustavo Petro.

Mi apuesta inicial fue Sergio Fajardo, apoyada en una lógica elemental que era comprender la estratagema del “uribismo” para lograr su paso a la segunda vuelta.

La estrategia uribista –esa misma utilizada en el referendo para la paz–, no era otra que mantener la polarización del país. Por eso la opción posible para vencer a Duque era Fajardo, quien lograba desbaratar esa polarización y enfrentamiento, pues Petro representaba el candidato más funcional para la macabra intención de la extrema derecha. Pero ganó el candidato de la Colombia Humana y es una realidad que no se puede cambiar.

La foto de quienes hoy rodean al candidato de Uribe es clara. La corrupción extrema personificada en un partido como Cambio Radical, el manzanillismo propio de la U, el oportunismo histórico del partido Liberal, los fieles exponentes del pensamiento premoderno de la Europa inquisidora: Morales y Ordóñez junto al partido Conservador y las fuerzas oscuras del narco-paramilitarismo encarnadas en Popeye, son la representación clásica de la derecha y la extrema derecha que se unen para aceitar la maquinaria que siempre ha detentado el poder corrupto y exterminador en Colombia.

Por eso Duque es el candidato del “establecimiento”, el que continúa el statu quo que no ha dejado avanzar al país durante toda su historia republicana.

El proyecto de Uribe ya lo conocemos, somos testigo/as y víctimas de su visión despótica del poder. La concentración de los poderes públicos, el terrorismo de Estado, la arbitrariedad institucionalizada, la pérdida de derechos fundamentales, el modelo de inversión extranjera a costa del desarrollo empresarial endógeno y hacer trizas los acuerdos, son entre otras las características de la encarnación de Uribe en su pupilo Duque.

Por su parte, Petro representa –hoy– el otro proyecto de país: el de los negros, los indígenas, las mujeres, las comunidades LGTBI, los campesino/as, los estudiantes y todos aquellos que han sido los excluidos históricos.

No creo que logre hacer grandes transformaciones si llegara al poder –revertir el neoliberalismo en 4 años es imposible–, pero sí estoy segura que frente a su carácter mandón o arbitrario, a veces imposible de dominar, estará el sistema de pesos y contrapesos diseñado por la Constitución Política, pues el Congreso de la República, conformado mayoritariamente por esos degradados sectores que acompañan a Duque, se opondrá al gobierno Petro.

Lo que no sucederá con Duque a la cabeza del país, porque precisamente el Congreso elegido el pasado 11 de marzo tiene una composición mayoritariamente de derecha, lo que, contrario a Petro, le permitirá a Duque y su mentor hacer de la Constitución y la ley un traje a su medida, pues sus opositores son minoritarios y no cuentan con los votos suficientes para evitar las andanadas de la represión.

No comparto la satanización que del voto en blanco se está haciendo en las redes sociales, a veces se piensa con el deseo o simplemente los candidatos no entran ni atornillados entre los electores, es legítimo el voto en blanco y es la sincera expresión de quien no se logra identificar.

Incluso, los resultados de la “Gran Encuesta” demuestran que la suma del voto en blanco y el de Petro, con 14% y 34% respectivamente, no alcanzan a superar el 52% de Duque, por lo que la descalificación pierde sentido y ahonda la división del país.

Pero en mis convicciones más profundas creo que este momento requiere una decisión contundente, y para mí esto se convierte en un imperativo moral o ético, pues vuelvo a repetir: está en juego la vida democrática del país.

Hace cuatro años no voté en segunda vuelta, porque sabía que Santos no necesitaba de mi voto, él era el “establecimiento”, el democrático y el corrupto, por lo tanto, ese dilema moral al que cada cuatro años nos llevan quienes tienen control sobre el tablero del poder, no era tal, no existía, pues la disputa no era entre modelos de Estado, era entre sutiles diferencias del mismo poder.

Pero esta vez sí tengo claro que el dilema moral existe y Petro dentro de sus mil y una promesas, posibles o imposibles de llevar a cabo, promete que el proceso de paz no se hará trizas al mejor estilo de Fernando Londoño.

Las democracias contemporáneas están forjando su paso a través del consenso, tal vez comienza el momento de construirlo en el país y alinderarnos contra la peor representación de la humanidad colombiana: el uribismo.

@adrigonco