CARLOS VICTORIALo que fuera, pero el nombre de Guadalupe Zapata fue borrado de la lista oficial de quienes participaron en la ceremonia religiosa. No fue suficiente su  devoción ni su ascendencia entre los primero habitantes de la villa.

Por: Carlos Alfonso Victoria Mena

Tuvieron que pasar ciento cincuenta años para que la negra Guadalupe Zapata pudiera entrar a la historia del proceso fundacional de Pereira. Tan solo fue el sábado en la mañana, cuando sus restos mortales fueron trasladados del cementerio San Camilo al osario reservado a las familias acomodadas de la ciudad, en los sótanos de la catedral de Nuestra Señora de la Pobreza.
A las 10 y 48 de la mañana y cuando discursos iban y venían, para reivindicar este acto simbólico de justicia y memoria, el lugar quedó a oscuras: una falla en el fluido eléctrico le puso más emotividad a la sesión a la que asistieron sus familiares, un puñado de afros y miembros de la Academia de Historia. “Todos quedamos del mismo color…”, dijo jocosamente Carmen Emilia Zapata, tataranieta de la cofundadora de Pereira.
Sonó el himno de la ciudad, se invocó a Hugo Ángel Jaramillo y su Pereira, espíritu de libertad. Álvaro Zuluaga, miembro de la Academia reivindicó a Rigoberta Menchú, cuando la premio Nobel de la Paz dijo: “El racismo ha sido históricamente una bandera para justificar las empresas de expansión, conquista, colonización y dominación (…) de la mano de la intolerancia, la injusticia y la violencia”. Hubo aplausos y sonrisas cómplices.
El 30 de agosto de 1863, Guadalupe se levantó más temprano que de costumbre. Descalza y con su pañolón negro que le cubría su pelo quieto se dirigió hasta la improvisada capilla donde el padre Remigio Antonio Cañarte ofició la misa protocolaria, con la que iglesia y feligresía legitimaban el proceso de poblamiento iniciado por colonos de todos los colores treinta años atrás, según admiten los historiadores Víctor Zuluaga y Sebastián Martínez.
Los más conservadores dicen que se trató de un olvido. Lo más liberales que exclusión. Lo que fuera, pero el nombre de Guadalupe Zapata fue borrado de la lista oficial de quienes participaron en la ceremonia religiosa. No fue suficiente su  devoción ni su ascendencia entre los primero habitantes de la villa. Desde entonces los negros quedaron vetados de hacer parte de la memoria narrativa de la ciudad.
Guadalupe murió de 103 años de edad en 1933. Fue sepultada en el cementerio de San Camilo. Hacia 1958 su nombre fue rescatado del olvido y con él bautizaron el parque de la naciente Cuba, un barrio –hoy ciudadela- fruto de la lucha popular por la vivienda, transformado en la actualidad en un “parque sin alegría”, como tituló un periódico local, por las obras del Megabus.  
“Ahora queremos que su  imagen presida el parque”, clama su tataranieta. El monumento de la negra Guadalupe ya está listo. Fue elaborado por el escultor negro Pedro Pablo Segura. Los familiares están pendientes que el senador Soto “dé la orden y autorice”, según dice Carmen, quien luego de peregrinar por los laberintos oficiales logró que los huesos de sus tatarabuela estén junto a los del padre Cañarte, el mismo que borró su presencia en la misa fundacional de Pereira.
La entrada de Guadalupe al panteón de los patriarcas no acabará con el racismo, menos con la discriminación, la negación y el olvido, pero de todos modos, como se dijo este 12 de octubre de 2013 en la cripta de la oligarquía local, “los tiempos de Dios” se encargan de hacer justicia, y sobre todo de develar la verdad sobre el papel de los negros, mulatos, pardos, tercerones y cuarterones en la construcción social de este territorio llamado Pereira.
Guadalupe Zapata, junto a otros tantos afros descendientes, representa a esa nación que aún está por construir en medio de la exclusión, la violencia y el olvido, fruto de la racialización de la sociedad y la opresión sobre las mayorías subalternas. La memoria de esta negra grande de Pereira abre el camino hacia una sociedad más pluralista, democrática y justiciera en el siglo XXI. “La lucha continúa con dignidad como Guadalupe lo hizo”, dijo uno de los voceros del colectivo Cimarrón.
Sí, porque como ella hoy por hoy deambulan miles de afros por nuestras ciudades estigmatizados no solo por pobres sino por negros y para quienes la  esclavitud solo ha cambiado de modales. Incluso, como le ocurrió a una de mis estudiantes de San Andrés y Providencia, cuando fue víctima de la xenofobia en el ascensor del edificio donde reside. “Fue la peor humillación de mi vida”, recuerdo que dijo.
Mientas Guadalupe entra a la historia de Pereira miles de afros e indígenas han sido expulsados de sus territorios ancestrales por la voracidad capitalista que dinamiza la guerra por la apropiación de los recursos del suelo y el subsuelo de la nación. Por eso mismo traigo a colación a F. Dostoieswski, quien en Memorias del subsuelo, dijo “el romanticismo anula en mí el sentido de la realidad”.
Gracias al profesor e historiador Jaime Ochoa Ochoa por promover este acto de elemental justicia. Pereira no solo es la villa de Cañarte, sino también la villa de Guadalupe Zapata y su descendencia que ayer se zafó una de las tantas cadenas que la atan al olvido y la humillación. Más que en un panteón donde reposan los huesos de sus amos, Guadalupe vivirá por siempre en el corazón de quienes amamos la libertad.