A punta de convites y espíritu cívico -nos dicen- se levantaron obras tan importantes para el desarrollo de la ciudad como el aeropuerto, el hospital y la villa olímpica. En parte eso es cierto, pero en su propósito de reforzar el mito omiten mencionar las inversiones públicas y privadas que hicieron posibles esas obras.
Por: Gustavo Colorado Grisales
Las palabras discurren por terrenos insospechados. En Colombia, por ejemplo, utilizamos el vocablo guayabo para aludir a una forma especial de la añoranza, ese sentimiento de pérdida ante el carácter irrevocable de los tiempos idos. En portugués, una lengua mecida por cadencias marineras y cantos de pastores, acuden a la expresión saudade para referirse a ese estado del espíritu que no es del todo tristeza: en realidad es una manifestación alegre de la melancolía. “Tenho saudade”, exclaman los pescadores gallegos cuando cuelgan las redes y se sientan a la puerta de sus casas a contemplar el mar dador de vida y olvidos.
“Tengo un guayabo…” suspira mi mamá cuando un ramalazo de la memoria la devuelve a momentos esenciales de su existencia. No por casualidad guayabo es también entre nosotros el estado infernal en que nos dejan sumidos los excesos alcohólicos. Resaca le dicen a eso en otras latitudes. “Guayabo eterno”, le decimos al borrachín impenitente.
Metáforas aparte, es bien poco lo que podemos hacer frente al pasado. Por hermoso que haya sido, no podemos recuperarlo. Tampoco si ha sido terrible podemos hacer mucho al respecto. A lo sumo asumirlo, asimilarlo y convertirlo en parte del acerbo de experiencias que nos ayuden a recorrer el resto del camino. Si no lo hacemos así, corremos el riesgo de convertirnos en víctimas eternas en el primero de los casos o en llorones perpetuos en el segundo. Mis abuelos campesinos resumían ese estado de cosas en una frase inapelable: “Pare y vuelva y monte que nadie lo vio”.
Como los individuos, las sociedades también tienen sus fórmulas para glorificar o lamentar el pasado. Uno escucha el himno de una ciudad o un país y se sorprende de la proliferación de gestas y héroes inventados por los autores para consolarse de la prosaica realidad. Ese es el truco de gobernantes como Hugo Chávez, que explica en buena medida su vigencia política en Venezuela: su capacidad para presentarse como versión rediviva de un Simón Bolívar irreal, fabricado a la medida de las frustraciones de su pueblo. A un presente oscuro se opone un improbable pero sugestivo pasado glorioso.
Es hora de decirles a cuento de qué viene todo este rodeo. Con motivo de los preparativos para la celebración de los ciento cincuenta años de Pereira, distintos columnistas y comentaristas de prensa han dedicado sus espacios a invocar una época heroica signada por el civismo como una de las señas de identidad local y regional, responsable de hipotéticas grandezas pasadas. A punta de convites y espíritu cívico -nos dicen- se levantaron obras tan importantes para el desarrollo de la ciudad como el aeropuerto, el hospital y la villa olímpica. En parte eso es cierto, pero en su propósito de reforzar el mito omiten mencionar las inversiones públicas y privadas que hicieron posibles esas obras. Convencidos así de su idea, nos invitan e recuperar el civismo como fórmula para enderezar el rumbo. Pero olvidan un detalle. Esas prácticas son posibles -y admirables- en sociedades pequeñas donde los habitantes se reconocen en los quehaceres diarios: la siembra, la compra venta, las muertes o el juego. Por eso mismo se sienten partícipes de un destino común. A lo anterior se suma la presencia de líderes fáciles de identificar: el cura, el alcalde, el médico, el boticario, la matrona inspirada en los principios de la caridad cristiana.
La voluntad colectiva se expresa así en acciones dirigidas a resolver problemas puntuales: falta de puentes, vías, puestos de salud o medios de transporte.
Para bien o para mal nuestra sociedad de hoy es otra. Por eso mismo se enfrenta a desafíos y oportunidades distintas a las descritas por quienes cantaron y contaron sus primeros tiempos. No será entonces con invocaciones nostálgicas como podremos mejorar las cosas. Tendremos que revisar nuestro sistema de valores, para incluir entre ellos el respeto a las diferencias y la noción de justicia social en un medio signado por desigualdades ofensivas y exclusiones mal disimuladas. En caso contrario estaremos destinados a despertarnos cada día en medio de un guayabo eterno.

