GUSTAVOCOLORADOEs el abismo del desarraigo que nos empuja a aferrarnos al primer madero susceptible de salvarnos de la disolución como individuos y como sociedades. Este es el drama real de los países llamados en vías de desarrollo, aunque a la mitad de  sus habitantes les cueste lo suyo ganarse el pan de cada día.

Por: Gustavo Colorado Grisales 

La escena tenía algo de irreal. En una tarde calurosa de febrero, los integrantes de  dos barras de aficionados al fútbol levantaban los puños y se insultaban en dialecto de los bajos fondos mientras agitaban sus banderas y bufandas. Hasta allí no había nada inusual. En cualquier lugar de la tierra donde se desate la sobrenatural pasión por este deporte ocurren cosas similares. Pero hay un detalle: no se trataba de la confrontación entre hinchas del  Deportivo Pereira, el Deportes Quindío o el viejo Once Caldas que otra vez cambió de nombre. Nada de eso, los energúmenos, de rostros marcadamente mestizos, mulatos, indígenas o negros, como somos casi todos por estos arrabales de Dios, esgrimían banderas y entonaban estribillos. ¡Del  Real Madrid y el FC  Barcelona!

Como la estupidez y el esnobismo también  tienen sus límites, se hace ineludible la pregunta por las razones  del despropósito. Claro, es apenas  comprensible que alguien  simpatice con el exquisito juego del Barca  o la contundencia del Madrid. ¿Cómo no admirar la genialidad de Messi o el virtuosismo de Ronaldo? Pero de allí al fanatismo por dos clubes ubicados  a miles de leguas de distancia de la historia personal y sentimental de los involucrados media una distancia insalvable, que no es solo la del océano Atlántico. Es el abismo del desarraigo que nos empuja a aferrarnos al primer madero susceptible de salvarnos de la disolución como individuos y como sociedades. Este es el drama real de los países llamados en vías de desarrollo, aunque a la mitad de sus habitantes les cueste lo suyo ganarse el pan de cada día. Con ese estado de cosas, volverse hinchas de alguno de los grandes equipos europeos los acerca de manera simbólica a la promesa siempre aplazada de subirse al tren de los ricos.
En  ese  mismo febrero, el lluvioso jueves 14, para ser exactos, los vendedores de rosas al menudeo salieron a rebuscarse la vida desde muy temprano. Según me contaron, algunos restaurantes  y centros nocturnos agotaron las reservas de mesas. Algo parecido sucedió con los moteles, que es como llamamos en Colombia a los sitios periféricos donde la gente se concede el alivio del sexo por horas ¿La razón? Sucede  que desde hace  una década a los habitantes de estas tierras les dio por celebrar el Día de San Valentín, una costumbre de incierto origen anglo sajón, introducida de a poco entre nosotros por las canciones, las películas y esas revistas llamadas “del corazón”. Ignoro si celebrar esa fecha con cenas, velitas, baladas melosas y polvos furtivos nos hace mejores amantes y compañeros. En cambio, sé que, en una salida saludable, un grupo de cultores del cómic y la caricatura decidió  festejar el día de San Violentín, en una referencia al creciente índice de violencia entre parejas registrado en varios países de América Latina, entre ellos Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela  y México.
Ya habíamos  tenido a mediados del siglo pasado la incursión del Halloween, esa antiquísima tradición  de la víspera del Día de todos los santos, destinada a suplantar entre nosotros la vieja fiesta de los niños, celebrada hace muchos años a lo largo del mes de octubre y secuestrada por los adultos en busca de un antídoto contra su aburrimiento: ahora estos organizan sus propias fiestas y se disfrazan de las cosas más absurdas, en un intento tan desesperado como inútil de dejar de ser ellos mismos enfundándose en un traje de Batman, Homero Simpson o Lady Gaga.
Es  la globalización, nos dicen  en coro los teóricos  de las ciencias sociales, en el colmo de la  perogrullada. Pero el asunto no es ese. Nuestras inquietudes deben dirigirse a preguntarnos por qué no aprovechamos ese diálogo con el mundo facilitado por las tecnologías de la comunicación para incorporar lo mejor del acervo de instrumentos forjados por los humanos a lo largo de la historia. El rigor, la disciplina y la curiosidad en la  búsqueda del conocimiento. La apertura mental para comprender y asimilar las ventajas de la diversidad. La disposición al diálogo y a la discusión respetuosa como claves de la convivencia son apenas algunas entre las muchas cosas buenas prodigadas por el acortamiento de las distancias y la velocidad de la información. Mucho más buenas, en todo caso, que estas tristes y vanas caricaturas de colombianos festejando a San Valentín o peleándose en las calles  del barrio por dos equipos de fútbol situados  a años luz de distancia de sus   realidades más certeras.