Por la mañana me miraba al espejo con los ojos cansados y el acné poblando poco a poco mi cara. Algunos granos podían extirparse, pero la mayoría eran pequeños chichones rojos sin salida que al desafiarlos con una pequeña presión de dedos crecían un poco más.

 

Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

La gente que me conoce sabe que me encanta la comida. En las mesas soy la salvación para que mucha no vaya a la basura. Con pequeñas excepciones, recibo cualquier tipo de plato que me sirvan. Siempre, como todo, porque considero un acto de mala educación dejar sobras, incluso si uno está pagando por la comida. A pesar de comer un poco más que el promedio mi peso nunca ha sido un problema con el que tenga que vérmelas. Corro o salto la cuerda para mantenerme. Incluso cuando paso meses de inactividad física mi cuerpo sigue siendo casi el mismo.

Sin embargo intenté hacer una dieta rarísima en mi adolescencia. No tenía que ver con mi peso, que en aquella época era un poco bajo para mi estatura. Tuvo que ver principalmente con mi rostro. Creo que fue en décimo. En aquella época realizaba un ritual en las noches. Me duchaba, preparaba una taza grande de café y me iba a la cama a escuchar y grabar un programa de radio juvenil. Me gustó hasta que supe que decían muchas mentiras al aire y hacían montajes para impactar a la audiencia. El programa terminaba a la una de la madrugada y despertarme para ir al colegio era motivo de animadas peleas con mi mamá por sus inusuales maneras para levantarme.

Por la mañana me miraba al espejo con los ojos cansados y el acné poblando poco a poco mi cara. Algunos granos podían extirparse, pero la mayoría eran pequeños chichones rojos sin salida que al desafiarlos con una pequeña presión de dedos crecían un poco más. Al inicio intenté con cremas y jabones comerciales pero me resecaban y quemaban la piel sin ver resultados. Nunca tomé pastillas porque tengo cierto recelo con las medicinas. Tampoco fui al médico porque desconfío de su criterio en este sistema. 

Busqué distintas recetas en internet para deshacerme de los granos. Creo que encontré algunas preparaciones con sábila, tomate o baños de vapor para abrir los poros y extraer más fácil las impurezas. Hasta que encontré una curiosa receta que no dudé en practicar a pesar del sacrificio que demandaba. Consistía en comer manzanas por tres días, una clase especial de manzanas. Pero no comer manzana con el desayuno, el almuerzo y la comida. No. Las manzanas serían el desayuno, el almuerzo y la comida.

Puedo decir que a pesar de aquella experiencia siempre he contado a la manzana entre mis frutas favoritas. Incluso me como las semillas. No comenté la dieta con nadie de mi familia. Decidí salir un domingo a comprar la clase de manzanas que exigía la dieta en una cantidad considerable para combatir el hambre ante la monotonía que representaría el sacrificio.

El lunes a la mañana la inicié. Me hice el desentendido con el desayuno en la casa y empaqué varias manzanas para el colegio. Desde la primera clase pensé en comida. Ya tenía mucha hambre aunque había comido dos manzanas. Alguien me hablaba y yo pensaba en el despropósito de aquel sacrificio. En el primer descanso soporté con tenacidad mientras observaba el refrigerio de los otros. Creo que vieron algo raro en mí porque empezaron a burlarse de mí y de mis manzanas.

El resto de la jornada seguí pensando en comida y me sentí estúpido. Me importaron tres bledos mi cara. Solo quería comer. Abandoné la dieta en el almuerzo, seis horas después de haberla iniciado. No recuerdo con exactitud el plato con el que rompí tal quimera porque fue hace mucho tiempo, pero seguro era algún estofado preparado por mi mamá, con aguacate y jugo de lulo, o unas lentejas con huevo.

Con los años el acné fue desapareciendo aunque de vez en cuando surge uno que otro grano. A mí me hubiera gustado leer en esa época un manifiesto a favor del tiempo. Quiero decir, un manifiesto para reducir ese peso de la adolescencia únicamente apelando al tiempo. Un acné normal, no quístico como el de Bukowski, tiende a desaparecer con los años. Para este tipo de casos los dermatólogos no deberían recetar pastillas ni jabones, ni en internet recomendar dietas de manzanas, pues es un ejemplo clásico de recetar tiempo. Tiempo, querido adolescente, que el tiempo, en este caso, cura el mal y sin secuelas. Lo complicado de obtener es la paciencia.        

@Giusseperamirez