La irracionalidad del fútbol

 

SIMON BLAIRNo es extraño que a los colombianos se les suban los ánimos cuando su equipo pasa un buen momento, hasta el punto de llegar a degradar a las personas de otros países que no tienen nada qué ver con el equipo de fútbol y que seguramente harán lo mismo con nosotros

 

 

Por: Simón Blair

 Se ha hablado demasiado sobre la irracionalidad que recrea los deseos humanos, el placer, nuestra relación con la naturaleza y la religión. Pero pocas veces se ha mencionado, o por lo menos con tanta propaganda, la irracionalidad que demandan los deportes, especialmente el más popular en el mundo: el fútbol.

Tiene las mismas características que le atribuyen -estupidez e irracionalidad- a las otras actividades como la religión: se basa en patrones de tradición, de cultura, de nacionalidad, de traspaso de generación en generación. El fútbol funciona exactamente igual; yo soy hincha de determinado equipo porque mi padre lo amaba. Todo esto en el sentido más general, pues así como se crece en un hogar católico, alguno habrá -aunque las posibilidades no sean mayores- que opte por el budismo o el ateísmo.

Como en todas estas creencias, se desprenden problemas mayores que no solamente ultrajan la posibilidad de disfrutar más la vida de quien practica o es partícipe del espectáculo del fútbol sino que crea ambientes de zozobra como las barras bravas e incluso el nacionalismo extremo. No es extraño que a los colombianos se les suban los ánimos cuando su equipo pasa un buen momento, hasta el punto de llegar a degradar a las personas de otros países que no tienen nada qué ver con el equipo de fútbol y que seguramente harán lo mismo con nosotros. Toda la vida se ha escuchado decir que los argentinos son unos pedantes y que no toleran nada que no esté por fuera de su esfera deportiva; esto es falso porque explícitamente está conformado de generalidad (y de su suposición) y si el caso fuera cierto no hay otro motivo que atribuirle el mismo patriotismo absurdo por un equipo de fútbol que ni en un centímetro de metro cuadrado podría representar un país.

Y es ridículo pretender que un equipo -un banal, triste y efímero equipo de fútbol- nos generalice a todos como seres profundamente patrióticos y que buscan la revancha más allá de poner todos nuestros ánimos en un campo de fútbol cuando estamos en un verdadero campo de batalla. Pero en este país de símbolos no hay nada más por que alegrarse.

Algo que resulta todavía más dramático pero igual de insípido es la afición que generan en mayor proporción los equipos de futbol regionales que el mismo equipo que “representa” a una nación entera. Por simple observación se puede conjeturar que, por permanencia y acción sobre el escenario deportivo nacional, se llega a querer más a un equipo que a la misma selección futbolística que aparece cada cuatro años. El problema llega a ser tan cercano que ya no se matan entre países sino entre ciudadanos de una misma nación y cuando la irracionalidad y el fanatismo corroen el cerebro de los jóvenes es poco lo que se puede esperar.

Este es el amor que entienden ellos: nacionalismo, pureza, única dirección en el pensamiento, pero libertad para expresarse ¿por qué sino, cómo, contra quién nos enfrentamos? Y ya no se matan Romeo y Julieta, sino Pedro y Atlético Nacional, Juana y la Selección Colombia. Claro que la muerte de los personajes de Shakespeare es tan ridícula como la de los espíritus efervescentes del deporte, pero ellos no dan para escribir libros.