La espalda de Neymar no resistió, con apenas 22 años tuvo que soportar la carga emocional, política, económica y sistemática de su enorme y confundido país que deja el peso de su destino en un jugador de fútbol.
La sonrisa pícara de este jugador cuando hace un sombrero, un amague, una anotación y vuelve al centro de la cancha, es en verdad sublime, porque seguramente sabe que todo se trata de un juego y nada más, espíritu lúdico que comprende que el resultado, más allá de un gol es el goce. Pero Neymar cayó en cuenta, de la manera más dolorosa, que este mundial de Brasil no se trata de un juego nada más, sino de sostener los cimientos de una patria que se desmorona como sus puentes, y que trata de tapar a toda costa, con los triunfos de su selección, las imperfecciones políticas de sus dirigentes. La única forma de ocultar tales fallas era descargándolas sobre los hombros de este jugador, logrando así que el ciudadano inconforme aplacara con cada triunfo de su selección las marchas y protestas en las calles. Pero allá, en el centro del coliseo, su héroe de cristal se quebraba a pedazos con cada partido, su niñez, su goce, su sonrisa se derrumbaba de la manera más infame, porque finalmente él fue el único capaz de dar su vértebra a la causa, mientras que en los palcos, los políticos y dirigentes se frotaban las manos, relamiéndose con gusto… ¡Eso es el fútbol! Coliseo romano, sangre en la arena. Que nadie culpe a Zúñiga, él es solo otro gladiador del circo.
Colombia logró la mejor hazaña de nuestra vida futbolera, y aunque disfruté hasta las lágrimas de la ilusión, ahora mismo, cuando despierto del sueño, solo le pido a Dios, que no permita la tragedia ya antes vivida con Andrés Escobar a manos de una mafia apostadora, o ver dilapidar a un James Rodríguez entre las fauces delmarketing de un real Madrid que todo lo endiosa, lo estropea, o peor aún, que solo en estos jugadores recaiga el peso político de nuestra anhelada paz, porque ahora son un símbolo muy gráfico de unidad y trabajo en equipo. No les quiebren las espaldas, déjenlos jugar, ellos son niños que uno contempla y nos recuerdan la felicidad.
Lamento lo que le sucedió a Neymar, pero qué más se podía esperar ante tanta presión, tanto peso histórico representado en puentes y estadios sin verdaderas columnas, un árbitro permisivo, un contrincante con hambre de triunfo, unos políticos con miedo y una FIFA putrefacta y descarnada. El niño somatizó la carga, y fue su tercera vértebra, la de la patria, la que se fracturó ante la mirada atónita de un coliseo que se da por satisfecho. Al final, ya pasaron a la siguiente fase, Brasil se salvó… por ahora.



