Como los tabúes humanos ordenan que se debe creer en algo para que las cosas sucedan -y yo creo en el evangelio que ella profesa- estoy en la obligación de interceder por ellos…

 

Por: Juan Alejandro Echeverri

Los veo sentados en esas sillas descoloridas –monolíticos, imperturbables, seguros- arrullados por el barullo del acordeón, mirando el infinito, sin otra aspiración que esquivar la canícula sentados en esas sillas descoloridas debajo del árbol esponjado del antejardín. ¿A cuál secta extravagante pertenecen esos mansos humanos que solo los preocupa tener tanto tiempo para desperdiciar? ¿Serán, acaso, un empeño de natura por desquiciar los frenéticos átomos que Octavio Paz veía correr “tras quimeras que se deshacen”? ¿De qué están hechos esos destinos indiferentes a la seductora imprudencia? Dice una deidad del periodismo que ella escribe “para entender cómo se vive sin pies ni manos ni cara encerrado en un hospital durante medio siglo por obra y gracia de una sociedad, de la que formo parte, que dictaminó que así es como se curan esas cosas. (…) Para entender cómo alguien que podría pagar la vida de familias enteras vendiendo tan solo sus camisas, no lo hace”. Como los tabúes humanos ordenan que se debe creer en algo para que las cosas sucedan -y yo creo en el evangelio que ella profesa- estoy en la obligación de interceder por ellos; de desechar cualquier idea que me lleve a pensar que esas almas estáticas desmerecen el aire que respiran por hacer lo mismo todos los días, por sentirse satisfechos haciendo lo que hacen, por no querer intentar hacerlo de otra forma. Pero mi fe no alcanza para entender cómo una sociedad permite que tres señores decidan el destino de miles de millones –y de otros cuantos que están por nacer. Ni cómo esa misma sociedad se empeña en convencer a muchos de esos miles que su único fin en esta “cáscara planetaria” es poner una carne entre dos panes o esperar el día que la selección natural prescinda de ellos. Cuando no hay maneras de entender la realidad, supongo, lo mejor es sentarse en la silla descolorida debajo del árbol esponjado del antejardín.