Esto de las modas administrativas ha seguido un curso paralelo al de la obsesión con los productos naturales: cada diez años aparece una planta capaz de prevenirlo y curarlo todo: la Uña de gato, el Noni, el Confrey, la Flor de Jamaica.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Mi vecino, el poeta Aranguren, empezó el año 2019 bastante inquieto.

No sé: puede ser alguna alineación de los astros o los efectos colaterales del ascenso de su amado Unión Magdalena a la primera división.

El mismo día en que apareció en mi casa con una antología de versos  de Fernando Pessoa, Aranguren se despachó contra esa moda administrativa que todo lo asocia al funcionamiento del sistema neuronal.

“¡Ñeeeeerdaaaaa, compadde, ahoda no van a dejad tanquilaj a laj pobrej neudonaj, que no  han hecho nada dijtinto  a trabajad en jilenjio pa que ejta vaina funjione!”, exclamó, señalando una revista de administración en la que un tal Benito Mendieta explicaba por qué las empresas deben funcionar tal cual lo hace el cerebro: como circuitos o redes de neuronas cuyo contacto genera permanentes actos creadores de realidades.

En el caso de las empresas, los individuos son las neuronas.

Tranquilo poeta, tranquilo, le dije, antes de sentarme a echarle un vistazo al artículo en cuestión.

El primer desafío consistió en sobrevivir a la obviedad del título: La inteligencia de las neuronas.

Como si alguien hablara del carácter acuático del agua.

Las neuronas son lo más parecido a un milagro: todo el tiempo trabajan para garantizar nuestra supervivencia.

Así de simple.

Debe ser esa sencilla complejidad lo que seduce tanto a los gurús que van por el mundo patentando fórmulas para todo.

“Cualej  gurúj, cooññoo, ji jon on como culebledoj con computadod y pdejentación en poued poin”

“Culebreros con computador y presentación en Power Point”, este Aranguren se las arregla para presentar las cosas con una capacidad de síntesis abrumadora.

Esto de las modas administrativas ha seguido un curso paralelo al de la obsesión con los productos naturales: cada diez años aparece una planta capaz de prevenirlo y curarlo todo: la Uña de gato, el Noni, el Confrey, la Flor de Jamaica.

Una buena campaña de promoción, unos cuantos testimonios dudosos y la gente se arroja en masa a consumir la fórmula mágica.

Varios años transcurridos y una docena de intoxicados provocan un repentino cambio de parecer.

Lo mismo pasa en el campo de los negocios y la administración. Desde los tiempos de El vendedor más grande  del mundo hasta hoy, las teorías y fórmulas para alcanzar el éxito no cesan de multiplicarse.

“Me puedej dejid quién je acuedda del tal Miguel Ángel Codnejo? Haje  veinte añoj, la gente je babeaba y laj empresaj pagaban millonadaj pod su cháchada”.

Tienes toda la razón, poeta. En esa época supe de ejecutivos que experimentaban orgasmos múltiples con solo escuchar las conferencias del Cornejo en cuestión, le dije.

Una pizca de economía por aquí, un par de frases tomadas de Cristo, Platón y Buda por allá, una sentencia del refranero popular y ¡Ábrete Sésamo! Ya tenemos una nueva teoría destinada a revolucionar el mundo de los negocios.

Así que no sorprende que les haya tocado el turno a las neuronas. Cuando uno lee lo que científicos como Rodolfo Llinás dicen al respecto entiende su poder de seducción: son tan bellas que constituyen en sí mismas una metáfora  del acto creador.

Es más: las neuronas están inventándonos a cada segundo.

Todo el tiempo están urdiendo un relato: el de nuestra propia vida.

Es lo que sugiere Llinás en su libro El cerebro y el mito del yo, una obra alentada a partes iguales por la ciencia y la poesía.

Intento explicárselo a Aranguren de esta manera: bien sabemos que las modas obedecen a la necesidad que los humanos tenemos de experimentar la ilusión de lo nuevo, ya se trate de vestidos, de canciones o de ideas.

En el caso de la más reciente moda administrativa anclada en la imagen de las neuronas, se trata del viejo y conocido trabajo en equipo presentado con otra etiqueta.

Trabajo en equipo: desde el comienzo de los tiempos esa ha sido la clave del desarrollo económico y empresarial.

Cruzar océanos, edificar templos, fundar factorías: nada de eso es posible sin trabajo en equipo.

Y las neuronas sí que saben de  eso. Sin ese trabajo en equipo yo no podría estar aquí conversando con ustedes.

Pero Aranguren es obsesivo y no quiere atender razones:

“¡Ñeeerrrdaaa, que neudonaj pod aquí, neudonaj  pod allá!”

Calma, calma, poeta, le digo. Como todas las modas, ésta también pasará y ya les tocará el turno a otros.

A las termitas, por ejemplo.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada