Desde los evangelios hasta las comunidades utópicas, pasando por ideologías de corte fascista y recetas vegetarianas, todo vale en su intento por vender la idea de un nuevo advenimiento. Es comprensible: cuando se trata de forjar una profecía ningún dato resulta irrelevante.

 Por: Gustavo Colorado

Durante años tuve una vecina menuda, frágil y nerviosa, poseída por un miedo irrefrenable a lo desconocido, empezando por ella misma. Su vasto catálogo de  temores incluía a los hombres, los truenos, las arañas, los eclipses y las enfermedades, así como el pasado, el presente y el futuro.

 Como todas las personas de su tipo, conjuraba sus horrores diurnos y nocturnos con un conjunto de creencias adaptables a toda clase de situaciones cruzadas por un factor común: todas prometían conducirla a un estado de gracia reservado solo a los elegidos. Cuando creía en la reencarnación se suponía descendiente en línea directa de  Isabel II, Eva Perón o Catalina de Rusia. Nunca le pasó por la cabeza una eventual ascendencia de poco lustre.

En otras situaciones optaba por los extraterrestres.

 En ese caso los venusinos  vivían siempre a punto de recogerla en una de sus naves interestelares para conducirla a una suerte de Arcadia o Shangri- La situado allende las estrellas, donde  la esperaba para desposarla el más perfecto  de los ejemplares masculinos. Algo así como un cruce entre Brad Pitt, Cristiano Ronaldo y Justin Timberlake corregido y aumentado. Cuando le perdí el rastro, hace cosa de diez años, andaba en busca de la saga inmortal de los niños índigo y alguna otra sutileza de la nueva era.

 Un par de semanas atrás volví a encontrármela bajo un alero, mientras aguardábamos que pasara la lluvia. Estaba más encogida, más arrugada y convertida en un temblor viviente. Movido por la curiosidad morbosa de los de mi oficio le pregunté por esa vida suya hecha de agitaciones y espantos.

 -Los mayas, me dijo a modo de respuesta ¿No sabe usted que según sus profecías el próximo 23 de diciembre se acaba este mundo horrible y empieza una época de dicha y amor para la humanidad?

– Ah, creía que era el 21, repliqué, sorprendido y agradecido por esos dos días adicionales que  no estaban en mis cuentas. La mujer solo atinó a mirarme con expresión de lástima mientras sacudía el paraguas como quien intenta espantar un bicho de mal agüero.

 Pobres  mayas- suspiré- como les sucedió a los monjes budistas y a los santones indios en la década de los sesentas del siglo XX, el pasado de este pueblo ahora tiene que vérselas con el discurso de las sectas nueva era, empeñado en acomodarlo todo a su necesidad de búsqueda de consuelo para lo irremediable. Desde los evangelios hasta las comunidades utópicas, pasando por ideologías de corte fascista y recetas vegetarianas, todo vale en su intento por vender la idea de un nuevo advenimiento. Es comprensible: cuando se trata de forjar una profecía ningún dato resulta irrelevante.

 Poco afecto a los vaticinios, funestos o benévolos, acudí a mi consultor científico de cabecera, un profesor graduado en astronomía y matemáticas cuyo nombre mismo parece un designio: Euclides.

-Lo de la alharaca con los  mayas es tan elemental que lo entiende mi hijo de diez años, me advirtió mientras desplegaba la pantalla de su computador. Si yo le aseguro que el próximo 31 de diciembre a las doce de la noche es el fin del mundo le estoy  enunciando una verdad inapelable: ese día, a esa hora expira el universo comprendido en la convención temporal establecida de esa fecha hacía atrás. Lo mismo pasa con el  tal misterio maya. Con su asombrosa precisión matemática esos pueblos definieron lo que suele llamarse la Cuenta Larga, un periodo de tiempo colosal a escala humana, pero insignificante en términos del universo. Cálculos más, cálculos menos, según algunos analistas  ese periodo concluye el veintitrés de diciembre de 2012. Es el célebre 4 Ajaw 3 K´ank´ iin de los mayas.  Para ser precisos, eso equivale a decir que el día de hoy se acaba a la hora veinticuatro y el siguiente empieza a la hora cero ¿Usted dudaría de eso?

 Cuando abandoné la casa de Euclides recordé de súbito el nombre de la mujer. Ismenia, Ismenia, repetí, como  si esas tres sílabas contuvieran la clave de algo que los poetas y los matemáticos descubrieron hace mucho: que el mundo se extingue a cada segundo, porque el instante que acaba de pasar con su legado de sorpresas, crepúsculos, besos y temores no volverá a repetirse aunque nos fuera dado el don o la condena de vivir por los siglos de los siglos.