Ni las hormigas, ni cualquier otro animal basta, en cualquier uso de la metáfora, para definir completamente la capacidad aniquiladora que tenemos. Hemos acabado, incluso, con nosotros mismos.
Por: Santiago Ramírez
Somos como hormigas que, como el tiempo, lo devoramos todo. Trabajando como máquinas, hacemos de la vida un destino. Sirviendo a los líderes de este capitalismo consumista, nos trazamos un camino que seguimos con total falta de vehemencia. Sin pasión. Es esa falta de pasión la que se ha vuelto una característica nuestra. Nuestra especie ha pasado a ser un artilugio: Trabajamos y trabajamos para suplir las necesidades que realmente no necesitamos, pues son una creación ilusoria de la sociedad. ¿Necesidades? Las biológicas.
Al pasar el tiempo, esa fuente fluvial, los humanos han ido evolucionando, a la vez que fueron acabando con el planeta, hasta terminar en lo que los científicos llamaron Homo Sapiens Sapiens.
¡Qué barbaridad, qué definición tan embustera! Dizque Sapiens, que proviene del latín y significa, en nuestro raído y tergiversado idioma, sabio. Y para colmo se repite. Sabio un humano (!), eso es imposible, es como si en una oración tuvieran cabida la verdad y la mentira. La sabiduría en la ficción y que de ahí no salga.
Ni las hormigas, ni cualquier otro animal basta, en cualquier uso de la metáfora, para definir completamente la capacidad aniquiladora que tenemos. Hemos acabado, incluso, con nosotros mismos. Así no es la vida, lo que se le llama vida, no en medio de hambrunas, guerras y asesinatos. Todas las infamias en una misma era, en la nuestra. Ya no podemos vivir; si lo hacemos nos matan y si no lo hacen, no nos percatamos de ello. Es el tiempo, ese río que fluye y fluye sin parar, el que nos arrolla, nos derriba, nos mata. De eso no nos damos cuenta. Estamos muertos y es el tiempo quien llevará nuestros cadáveres a su desembocadura: al mar de la desmemoria, al completo olvido.


