La razón es simple: a la mujer históricamente se la ha despojado de toda dignidad al convertirla en un objeto, en una herramienta para el disfrute y solaz del hombre. Reducir a la mujer a un par de tetas y una vagina, no ha hecho más que degradarla.

 

Por: Gloria Inés Escobar

Utilizar el cuerpo desnudo de la mujer para publicitar todo tipo de mercancías es ya una lamentable costumbre, lo más reciente ha sido utilizarlo para protestar: para demandar servicios como luz, agua potable…, para exigir titulación de tierras, para rechazar políticas y gobiernos, para solidarizarse con causas de múltiples propósitos… No importa la edad ni el aspecto físico, lo importante es mostrar el cuerpo para llamar la atención.

Hoy en día esto se ha vuelto tan popular que muchas, inspiradas en el “exitoso” ejemplo de las 11 mujeres inglesas mayores de 50 años quienes en el 2000 se fotografiaron desnudas para un calendario con el fin de obtener recursos a beneficio de la lucha contra la leucemia, han dado continuidad a esta iniciativa llamada chicas del calendario, en el que mujeres posan desnudas para todo tipo de causas.

Un cuerpo desnudo en verdad no debería ser motivo de crítica o escándalo, menos cuando su propósito no es prohijar o promover la pornografía, práctica esta muy censurable en la medida que cosifica al extremo a la persona despojándola de toda dignidad. Sin embargo, considero nefastas todas esas estrategias publicitarias que utilizan el cuerpo desnudo para obtener algo, aunque sean causas “nobles”, especialmente si se trata del cuerpo de la mujer.

La razón es simple: a la mujer históricamente se la ha despojado de toda dignidad al convertirla en un objeto, en una herramienta para el disfrute y solaz del hombre. Reducir a la mujer a un par de tetas y una vagina, no ha hecho más que degradarla. Cosificar la mujer de esta manera ha facilitado el que socialmente se la haya considerado como un ser inferior, cuyo valor reside en lo que puede ofrecer su cuerpo.

Es por esto que obras como Climaxxx, una apología al placer del grupo Diabolique Cabaret, dirigida por Elvira Lavey, resultan irritantes y contraproducentes. El interesante propósito de desafiar una moral que consuetudinariamente ha censurado y, en muchos casos vetado, el placer sexual de la mujer, es opacado a mi juicio, por la forma.

Estoy de acuerdo en que hay que buscar la manera de debatir sobre el tema, de denunciar la imposición de una sexualidad centrada en el placer masculino, de zafarnos de tantos tabúes y tantos prejuicios en torno a la sexualidad de la mujer, de la necesidad de reivindicar nuestro derecho al placer, de vivir la sexualidad sin culpas, pero no utilizando las mismas armas con las que nos han sometido: convertir nuestro cuerpo en meros cascarones en los que no habita nadie. Cuerpos sin cabeza. Objetos descartables.

“Se trata de dar un grito de libertad”, afirma la directora del colectivo cuando defiende su obra. El problema es que la libertad no se consigue reiterando, reforzando, resaltando aquello que se ha sido utilizado para dominarnos. La libertad debemos buscarla destruyendo precisamente la idea de que las mujeres somos cuerpo y no mente, somos objeto y no sujeto.

Sí, somos cuerpo y no queremos negar el erotismo y la sensualidad que de él se derivan, queremos cuidarlo y mantenerlo en forma, pero no somos solo eso. No somos un cuerpo decapitado, no somos muñecas, no somos el adorno ni el premio de gratificación de nadie, somos mucho más: seres con pensamiento, con capacidades, con sueños, con proyecciones, con sed de conocimiento, con inquietudes intelectuales… Si en ese molde nos ha metido la cultura patriarcal hay que salir de él, hacerlo estallar en pedazos y tal cosa no vamos a lograrla exhibiendo nuestro cuerpo y concentrándonos en él, convirtiéndolo cada vez más en trofeo, en mercancía sexual.

Claro que hay que reivindicar una sexualidad femenina diferente, libre, como pretenden las integrantes del grupo Diabolique Cabaret, pero no a través de formas equivocadas.

Repito, eso no se va a lograr utilizando fórmulas tan poco creativas y tan alineadas con el modelo que se pretende derribar: “a los que se atrevan a censurarnos, acallarnos o juzgarnos, les responderemos con tetas erectas, culos jugosos, coños en llamas y vergas chorreantes”. No, definitivamente no es ripostando de la misma manera vulgar y burda en que se ha tratado a la mujer como vamos a lograr cambiar las cosas.