los ateos creen tanto en Dios que pueden pasarse la vida entera peleando con él. Tanto, que llegan incluso a formar asociaciones para conseguir su propósito.
Escuchando al señor Abraham – curioso nombre para un ateo declarado- orientador de la charla convocada por una asociación con sede en Cali, no tardé en fijar mi atención en el oxímoron: para ser ateo confeso y practicante se precisa de una forma especial de la mística: una fe ciega y a rajatabla enfocada a explicar el mundo y sus misterios a través del lenguaje y los métodos de la ciencia, siguiendo los principios básicos que el movimiento de la Ilustración postuló desde el siglo XVII. En su vehemencia, el expositor no dudaba en tildar a los creyentes de infantiles, supersticiosos, ingenuos y hasta estúpidos, según concluyó en medio de una salva de aplausos. Esa falta de respeto ante las creencias y opiniones ajenas me llenó de dudas acerca de la naturaleza y motivaciones de una cosmovisión que se dice fundada en la razón y el pensamiento libre.
Ah, de modo que los ateos operan al modo de cualquier congregación religiosa, pensé. Tienen un sumo sacerdote, unos acólitos, una ortodoxia, unos feligreses y hasta un infierno al que van a parar todos los no creyentes en su doctrina. En lugar de una biblia o un texto sagrado se remiten todo el tiempo al pensamiento y la obra de autores sacralizados como Voltaire, Diderot o Karl Marx, este último fundador de una singular religión en la que la sociedad comunista hace las veces de paraíso terrenal.
El escritor Gustavo Arango se preguntaba una vez en qué momento el ateísmo a ultranza devino prueba de inteligencia. La proposición es la siguiente: los no creyentes serían los dueños de la lucidez. En el otro extremo los creyentes habitarían las tinieblas de la ignorancia, para utilizar un viejo tópico.
¿Dónde quedan en ese esquema de raciocinio nociones como la autodeterminación y el libre albedrío, tan caras al legado de la misma Ilustración? Según esa lógica, un individuo libre no puede escoger el camino o las prácticas que considere necesarias para otorgarle un sentido a su vida, lo que nos deja frente a un callejón sin salida en el que las reivindicaciones de la racionalidad se niegan a sí mismas. En últimas, ¿una persona es libre o no de creer en lo que quiera, anhele o necesite?
La fe ciega en la ciencia como único método para interrogar el universo, abre además la puerta hacia múltiples inquietudes. Una de ellas apunta al valor de otras formas de conocimiento, claves para las relaciones entre el individuo y el mundo. La intuición poética en particular y la creación artística en general son dos entre muchas de esas expresiones. Un gran poema, por ejemplo, puede ayudarnos a comprender mucho mejor facetas inexploradas de nosotros mismos que una ecuación matemática o una fórmula química. ¿Quedan esos supuestos invalidados por no participar del lenguaje de la ciencia?
Llegamos aquí a un punto que los místicos del ateísmo prefieren obviar: hasta ahora no he escuchado a ningún creyente decir que la existencia de su divinidad particular precise de una demostración: le basta con intuirla. Sin embargo, sus detractores se obstinan en afirmar que la consistencia de ese dios no puede probarse mediante una prueba científica, cosa que el creyente no le está pidiendo. Aferrado a su certeza de que todas las cosas de este mundo son aprehensibles desde la razón instrumental, el ateo se arroja entonces en brazos de lo que la filosofía y la ciencia conocen con el nombre de aporía, es decir, el callejón sin salida mencionado unos párrafos atrás.
Como suelo acostarme temprano, no esperé el final de la intervención del señor Abraham. Pero, eso sí, de lo escuchado durante noventa minutos saqué una conclusión: los ateos creen tanto en Dios que pueden pasarse la vida entera peleando con él. Tanto, que llegan incluso a formar asociaciones para conseguir su propósito.




