GUSTAVOCOLORADOAlentados por el lenguaje de los tecnócratas, periodistas y medios de comunicación hemos contribuido a multiplicar el vicio hasta la exasperación. Así, cluster acabó por suplantar a cadena productiva, marketing a mercadeo y tip a consejo o recomendación. En cualquiera de los casos el recurso del  vocablo anglosajón resulta innecesario.

Por: Gustavo Colorado Grisales
En inglés existe un bello vocablo, tan lleno de matices, que solo puede ser traducido mediante un concepto. En principio se utilizó casi de manera exclusiva en el lenguaje de la investigación científica, para extenderse después a  otras facetas de la vida. Se trata de serendipity. En un sentido amplio puede  traducirse como un error afortunado o un accidente feliz. ¿Cómo es eso? Al emprender su trabajo los científicos  se formulan un conjunto de preguntas, seguidas a su vez de una serie de hipótesis. Mediante el desarrollo de estas últimas intentan responder a las primeras. Pues bien, en su recorrido, muchas veces por distracción o  manejo erróneo de un experimento, suelen encontrar algo que no buscaban pero al final resulta ser más provechoso en términos personales, profesionales y sociales. Así se han descubierto vacunas, adelantos tecnológicos y métodos de gestión social. Aun sin su traducción, la palabra serendipity contribuye  a enriquecer nuestro universo mental, así en lo individual como en lo colectivo: nos ayuda a ver el mundo de otra manera. Es en ese punto donde los lenguajes se fortalecen unos a otros. La presencia de los árabes en España durante ochocientos años  es pródiga en ese tipo de ejemplos. Parece una simple anécdota, pero la noción moderna de almohada se la debemos a ellos. El castellano la incorporó a su acervo por física necesidad
También en inglés existe una palabreja, utilizada hasta el abuso por técnicos, periodistas, expertos y académicos. En español tiene al menos tres sinónimos o expresiones que se aproximan a su sentido último. Entre ellos están: listado, escalafón o clasificación. Sin embargo, por físico esnobismo, muchos prefieren utilizar la cacofónica ranking para aludir a la publicación de los resultados de una encuesta o a la posición de  un seleccionado de fútbol en el concierto mundial. “Colombia,  cuarta en el ranking mundial” o “Ranking de noticias”, leo en el periódico La Tarde, medio que me acoge como columnista desde hace más de una década. Alentados por el lenguaje de los tecnócratas, periodistas y medios de comunicación hemos contribuido a multiplicar el vicio hasta la exasperación. Así, cluster acabó por suplantar a cadena productiva, marketing a mercadeo y tip a consejo o recomendación. En cualquiera de los casos el recurso del  vocablo anglosajón resulta innecesario.
Cosas inevitables de la globalización, dirán algunos lectores y les asiste mucho de razón. Solo que en el intercambio de bienes, ideas y servicios  facilitado por la apertura de fronteras no todo resulta bueno. En lo tocante a  la lengua utilizada para comunicarnos y entender el mundo, el fenómeno puede enriquecer o empobrecer. En el primer caso, la década de los sesentas legó para la antropología y la sociología un término tomado de la nomenclatura del jazz. Se trata de hip, que significa sabio o iniciado. Incorporado al  idioma español, contribuyó a poner en situación un fenómeno cultural surgido a modo de protesta frente a las aberraciones de la sociedad de consumo: el “hippismo”. En el segundo, las palabras utilizadas  sin  necesidad en la comunicación diaria ya bastan para editar un diccionario completo del absurdo. “Twitear” podría encabezar la lista sin problema alguno. Después de todo, el verbo trinar  existe en castellano incluso antes de la evolución de los canarios. En segundo término propongo outlet. En mi ya lejana juventud se hablaba de “imperfectas” o “saldos de fábrica”, para referirse a las tiendas donde uno podía adquirir  mercancías a menor precio por la misma razón enunciada en el aviso. Hoy en los outlets le venden lo mismo pero con apariencia de mejor familia. Si no estoy mal, a eso lo llaman publicidad engañosa.
No me refiero aquí, desde luego, a esas espontáneas adopciones y modificaciones de palabras  extranjeras  acuñadas por el lenguaje popular. Todavía me parece hermoso  eso de “guachimán” para nombrar a los  viejos vigilantes de cuadra. Como ustedes bien lo saben, proviene de la expresión inglesa  watchman que, transmutada,  le dio  un toque romántico al oficio de esos hombres que fingen vigilar mientras duermen el sueño de los justos. Ese tipo de apropiaciones pasa por un meridiano distinto del que separa de modo irremediable a las siempre bienvenidas palabras ajenas  de las palabrejas inútiles  ¿Okey?