Ya era un muchacho con inquietudes intelectuales y me sentí, sin tener militancia alguna, un joven de izquierda, vinculado no de forma total al movimiento ANDES, un capítulo colegial de juventudes de izquierda con presencia en todo el país. 

 

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

Tengo 33 años y mi primer recuerdo de una campaña política es la de Andrés Pastrana contra Horacio Serpa en 1998; Pastrana había dado de qué hablar, no solo por ser hijo de expresidente, delfín político que llaman, sino, sobre todo, por haber sido quien destapó el escándalo de los narco casetes, que incriminaba al gobierno de Ernesto Samper en el delito de financiamiento de su campaña política con dineros provenientes del narcotráfico, en concreto, del cartel de Cali.

Para entonces, yo era solo un preadolescente de 14 años, sin conciencia política y en plena construcción de mi identidad y personalidad.

Pasó el gobierno de Pastrana, difícil política y económicamente hablando, pues la insurgencia fariana para entonces había puesto en jaque la legitimidad del estado, con pescas milagrosas, masacres, secuestros, etc., y mientras tanto Pastrana se dedicó a hacer lobby internacional, buscando apoyos económicos y militares para fortalecer el ejército y consiguió –quizá el único logro de su gobierno– gestionar el dinero del llamado Plan Colombia, con el que modernizó la fuerza pública.

Pastrana en el campo internacional se dedicó a mostrar la poca voluntad de paz de las FARC, quienes, en cabeza de su comandante Manuel Marulanda, en la plaza de Los Fundadores de la población de San Vicente del Caguán, dejaron la silla vacía en el acto inaugural, como señal del mal comienzo de los diálogos con ese gobierno.

Sobre el final del mandato de Pastrana había yo empezado a despertar a la vida política, y ya empezaron a barajarse nombres de probables candidatos a ocupar la silla de Bolívar en el periodo 2002-2006: Noemí Sanín por el Partido Conservador, Horacio Serpa por el partido Liberal, Lucho Garzón por el Polo Democrático, Álvaro Uribe Vélez se lanzó desde una disidencia Liberal, y una incipiente, corta y frustrada aspiración de Ingrid Betancourt, quien fue secuestrada por las FARC al inicio de su campaña y liberada mucho después, en el 2008.

Para entonces, aun cuando no podía votar, pues me faltaba algo de edad, tomé mi primera decisión política y apoyé como joven entusiasta, más emocional que racional, al exalcalde de Bogotá Luis Eduardo Garzón.

Ya era un muchacho con inquietudes intelectuales y me sentí, sin tener militancia alguna, un joven de izquierda, vinculado no de forma total al movimiento ANDES, un capítulo colegial de juventudes de izquierda con presencia en todo el país.

Esta coyuntura electoral fue ganada por el exgobernador de Antioquia Álvaro Uribe Vélez, un fenómeno político que ganó la presidencia en la primera vuelta, contra Horacio Serpa. Finalizando el primer año de la presidencia de Uribe, tuve ya la cédula y era un potencial votante.

Pasaron los primeros cuatro años de la presidencia del exgobernador de Antioquia y empezando la vida universitaria y académica, se lanzó a la presidencia en el año 2006 el exmagistrado Carlos Gaviria Díaz, quizá el hombre más interesante que haya dado la izquierda colombiana en los últimos 25 años y quien compitió contra el Presidente candidato Uribe Vélez en una contienda que le dio una votación histórica y que fortaleció al Polo Democrático como la fuerza política alternativa de Colombia.

Sin embargo, no le sirvió para ganar la presidencia; en esta ocasión también apareció, con una propuesta  distinta, el candidato Antanas Mockus, quien por la Alianza Social Indígena aspiró al primer cargo del país. En esta ocasión mi voto fue por el exmagistrado Gaviria, hombre de izquierda y de una claridad total sobre el diagnóstico del país de entonces, que no dista mucho del de hoy.

En esa época me dejó inquieto intelectualmente el Profesor Mockus y ya en las segundas elecciones en las que pude votar, las del 2010, me decidí por la opción académica, espiritual, simbólica, alternativa y ambiental de Antanas, desmarcándome un poco de la izquierda polista, por aquello del desprestigio que vivía ese partido por el escándalo del inescrupuloso alcalde Samuel Moreno. Para ese entonces el candidato de la izquierda era el excongresista Gustavo Petro, quien se echó al hombro la aspiración de su partido, con problemas de  corrupción a cuestas.

El país requería una campaña con bálsamo moral y quien solamente podría representar dicho propósito era Mockus. Era yo un joven activista de 25 años y decidí no solo darle mi voto al exalcalde de Bogotá que había mostrado el culo a los estudiantes de la Nacional siendo rector, sino que además me involucré como miembro de su campaña, de tiempo completo y perteneciendo a varios frentes durante el desarrollo de la misma.

Mockus no ganó, era su segunda aspiración y la derrota fue una lección política de la que aprendimos la serenidad, la seriedad, la verdad del ejercicio político, se decantaron amistades furtivas, se consolidaron posiciones ideológicas y se asumió la desesperanza de vivir en un país que no sabe elegir a sus gobernantes.

Pasó la elección del 2010, sin pena ni gloria. Juan Manuel Santos quedó de presidente reelecto en una campaña aburrida en 2014, contra Zuluaga. El proceso de paz hervía de odios y amores, entre varios sectores de la política colombiana, Petro era alcalde de Bogotá –perseguido y destituido– y la crisis venezolana llegó a su máximo nivel, lo que generó una postura sectaria contra todo lo que oliera a izquierda en Colombia… lo demás ya lo conocen ustedes de sobra.

Y acá estamos, nuevamente en el asunto político, y después de hacer un balance de lo que ha sido mi encuentro con la política, que apenas inicia, vuelvo a lo que me animó siempre: la izquierda progresista de Gaviria, la izquierda ambientalista y popular de Petro. La posibilidad de un país más justo, humano, equilibrado, democrático, culto, pluralista, ambiental, multicolor.

Petro es el único candidato alejado de la élite, la misma que durante más de 200 años ha gobernado este país y la que, revisando la historia de Colombia, le ha negado oportunidades, no a la izquierda, no a la UP, le ha negado la esperanza al país profundo, al país de a pie, de ser una patria que, como Macondo, no esté condenada a cien años de soledad….

Me decidí por Petro, porque me han bastado 16 años de nefasta política liberal y conservadora para entender que votar por los mismos, que apoyar a los mismos, que no tomar postura frente a temas coyunturales, no va a lograr generar los cambios que necesita Colombia.